– Por el derecho a no tener que escoger

Sandra Ezquerra|Públic [1] En unas fechas en que se vuelve a visibilizar el trabajo de los feminismos para alcanzar una sociedad donde las mujeres podamos ser plenamente autónomas y libres, no está de más detenerse a examinar la evolución de sus reivindicaciones durante las últimas décadas para evaluar si existe o no una necesidad de revisarlas.

Una de las demandas vertebradoras del feminismo de los años setenta se dirigió contra la reclusión de las mujeres al papel de madres o esposas de y a favor de su entrada en el espacio público. En aquellos tiempos la tasa de empleo femenino en España se situaba por debajo del 30% y el porcentaje de estudiantes universitarias no superaba el 31%. Desde entonces las mujeres hemos ido incrementando nuestra presencia en ámbitos que nos habían sido tradicionalmente vetados: en la actualidad el número total de mujeres matriculadas en la enseñanza universitaria catalana sobrepasa el de los hombres en más de un 17% y la tasa de empleo femenino en Catalunya se ha incrementado en más de un 33% en los últimos 35 años.

Desde entonces la esfera privada de la familia heteronormativa también ha sido objeto de denuncia y ha estado sujeta a cambios: el número de hogares catalanes liderados por figuras femeninas, incluyendo los monomarentales, ha aumentado de forma exponencial, los nacimientos fuera del matrimonio han pasado de un ínfimo 2,2% en 1975 al 34,5% del año 2009 y las mujeres lesbianas han visto recientemente reconocido su derecho formal a casarse y ser madres. Por otra parte, la tasa de fecundidad de 2,72 hijos por mujer del año 1975 se ha visto reducida hasta menos de 1,5 en la actualidad.

Lejos de eliminar las viejas desigualdades, sin embargo, el nuevo escenario las transforma y las actualiza. Más allá de la indudablemente positiva diversificación de las trayectorias vitales de las mujeres, resulta imprescindible interrogarse sobre las formas en que la sociedad, la patronal y las administraciones asisten a nuestra creciente presencia en la esfera pública ¿Se ha visto ésta acompañada de una asunción equitativa de los hombres de las responsabilidades de cuidado? ¿Se ha visto validada por la eliminación de la discriminación laboral de las mujeres? ¿Se ha visto certificada por una reducción de las jornadas de trabajo remunerado de todas y todos para garantizar el tiempo y la energía a la familia? ¿Se ha visto apoyada por la creación de una red pública gratuita y de calidad de servicios que permitan una verdadera conciliación de vida laboral, familiar y personal? ¿Se ha dado, a su vez, una transformación de las nociones socialmente predominantes de lo que significa ser una madre, una mujer o incluso un hombre como dios manda? ¿Se ha garantizado que todas las mujeres, independientemente de nuestra opción familiar, afectiva y/o sexual, así como de nuestro nivel socioeconómico, podamos acceder en igualdad de condiciones a la reproducción asistida y a la adopción? ¿Tenemos las mujeres en la actualidad la opción de ser trabajadoras de pleno derecho sin tener que renunciar por ello a la maternidad? ¿Disfrutamos en definitiva de plena libertad y autonomía para decidir ser madres sin tener que renunciar a ser, estar o hacer cualquier otra cosa?

Hemos desbordado las universidades, hemos entrado en el mercado laboral, hemos cuestionado modelos familiares, afectivos y sexuales y hemos separado la sexualidad de la reproducción. Pero también hemos sufrido la reformulación y actualización de viejas renuncias y nuevos obstáculos económicos, laborales, administrativos, ideológicos y políticos nos siguen obligando a elegir: ¿trabajadora o madre? ¿Lesbiana o madre? ¿Sola o madre? Descubrimos que nuestra insumisión frente a jaulas, dualismos y paradigmas pretéritos no ha derivado en una verdadera capacidad de elegir. A pesar de que público y privado se encuentran íntimamente ligados por el hilo invisible de la sostenibilidad, hemos accedido al primero sólo para presenciar el tambaleo de nuestro derecho a disfrutar del segundo en nuestros términos y según nuestras propias reglas. Frente a ello, las mujeres del nuevo siglo exigimos poder realizarnos en absolutamente todas las vertientes de nuestras vidas sin tener que elegir previamente desde donde o en base a qué premisas lo hacemos ,ya que, en definitiva, lo queremos todo, lo queremos pronto y lo queremos para todas y todos.

[1] Traducción del artículo aparecido en catalán en Públic el 8 de marzo de 2011. Versió original aquí

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