– Nuestro burka

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Desde hace unas semanas se puede ver en diferentes lugares del centro de Barcelona la instalación fotográfica “Repressió i resistència”. La exposición consta de doce imágenes de diversos autores que registran diferentes episodios y expresiones de represión, resignación y resistencia durante las décadas de Franquismo en la ciudad de Barcelona. La historia que la exposición se propone explicar es que las dictaduras no sólo tienen lugar en los despachos, en las prisiones o en los cuarteles, sino que también, y particularmente, en las calles y en los espacios públicos que, a pesar de que la dictadura empezó a morir hace muchos años, son los mismos por los que transitamos hoy en día.

Si bien no he visto la mayor parte de las fotografías, un par de ellas se exhiben muy cerca de mi casa, en la plaça de la Catedral. El domingo por la noche, mientras contemplaba desde los bancos de piedra una imagen enorme de Porcioles y Franco, mi madre me señaló otra fotografía situada a unos 50 metros de distancia y me dijo, “mira, una de mujeres con burka”.

Descolocada, me levanté y empecé a acercarme. A medida que acortaba la distancia que me separaba de las mujeres cubiertas de negro, preguntándome sobre la posible justificación política de su presencia en el centro de la ciudad teniendo en cuenta los debates y conflictos entorno esta cuestión en diferentes lugares de Catalunya durante los últimos meses, la fotografía empezó a tomar claridad y mostrar- más allá de las asunciones y prejuicios detrás de los ojos de mi madre, los míos o los de miles de personas que pasan delante de la catedral cada día- sus verdaderos contornos y, a pesar de las piezas de ropa negra escondiendo los rostros de las protagonistas, su cara real.


Y unos cuantos pasos más …

Al lado, unas líneas: “1957. Penitentes de Semana Santa. Durante cerca de 40 años las festividades y celebraciones religiosas eran de las pocas autorizadas al espacio público”. Nuestros ojos buscan, tras el negro que todo cubre, que todo esconde, que todo oprime, los ojos de las mujeres víctimas de la barbarie, la irracionalidad, el patriarcado eternos. Mientras transitamos por las calles de nuestra ciudad, mientras construimos al otro y la otra como todo aquello que nunca seremos y que nunca hemos sido, no se nos pasa por la cabeza mirar atrás, mirar hacia adentro: nuestro burka es nuestra incapacidad de leer “nuestro ahora” como continuidad de “nuestro ayer” y, de esta manera, la pervivencia silenciosa y silenciada de las cadenas y la intolerancia propias. Nuestro burka es el oscuro espacio en el que nos escondemos cada día de una realidad cada vez más adversa; desde el cual nos sentimos seguras y seguros frente unos cambios que a menudo nos hacen oír que hemos perdido el norte. Nuestro burka es el objetivo de la cámara que retrata las culpas por nuestra creciente sensación de desamparo, de inseguridad, de pánico, y las externaliza a responsables sin voz. Nuestro burka es nuestra rendición, nuestra preocupante incompetencia para reconocer los propios errores y las grietas propias; de mirar a nuestro alrededor y admitir que nos estamos equivocando de “otro”, de culpable, de enemigo. Y así, desde una amnesia prepotente e impotente al mismo tiempo, como no podría ser de otra manera, nuestro burka es nuestra desidia y nuestra incapacidad de admitir que, al equivocarnos de lucha, no estamos librando las verdaderamente importantes.

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