– La inevitable crisis generada por parásitos

Original en català aquí

Sandra Ezquerra|Públic. La crisis celebra su tercer aniversario: tres años de incremento dramático del paro, de desahucios y precarización de nuestras vidas, tres años de respuestas políticas cada vez más orientadas a satisfacer a los mal llamados mercados y menos eficaces en combatir los impactos sociales de la situación económica, tres años también de mitos que, con el objetivo de inyectar cierta dosis de legitimidad a reformas y decretos que nunca pasaron por las urnas, han desviado la atención de las verdaderas causas de la recesión y han jugado a confundir el sentido común con la razón de estado.

El primer mito fue el de la negación de la evidencia. Inicialmente el gobierno de Zapatero desmintió la gravedad de la situación económica hasta que las cifras oficiales y el aumento del paro la hicieron innegable. De esta manera, medidas como el famoso Plan EEE o el Plan 2000E, cuestionables tanto por su vacío estratégico como por su ineficacia, pasaron sin pena ni gloria con un incremento en las tasas de desempleo de un 5% y un descenso similar del Producto Interior Bruto durante el período de su implementación.

El segundo gran mito ha sido el de la inevitabilidad. La centralidad que la crisis fiscal ha tenido en el debate político durante el último año ha servido para situar la reducción del gasto público, así como la enésima precarización del mercado laboral, al frente de las medidas aplicadas. La dimensión de los recortes sociales y laborales, sin embargo, no ha ido acompañada de una discusión abierta sobre los orígenes de la crisis fiscal ni ha respondido a una demostración empírica de la relación causa-efecto entre las dimensiones del estado del bienestar y la preocupante situación de las cuentas públicas.

En claro contraste, el voluble estado de ánimo de los misteriosos mercados se ha convertido en la excusa constantemente esgrimida para justificar los constantes ataques contra las clases populares, y los gobiernos del PSOE, el Tripartito y CiU se han escondido de forma reiterada tras su supuesta impotencia para llevar la contraria a las agencias de calificación de la deuda, los bancos, el Fondo Monetario Internacional o Bruselas. El mensaje es claro: somos conscientes de que lo está pasando mal pero no hay mucho que podamos hacer mucho al respecto. Así es el juego del capitalismo y su gestión: el mito de la inevitabilidad nos intenta hacer creer que medidas como el famoso tijeretazo, la privatización de edificios, cajas y empresas públicas, la reforma laboral, de las pensiones y de la negociación colectiva, así como los recortes en sanidad, educación, servicios sociales, cooperación, inmigración, medio ambiente y cultura, no son más que el producto del inexistente margen de maniobra que tanto los gobiernos de derechas como los que se hacen llamar de izquierdas dicen tener en un contexto como el actual.

El tercer gran mito ha sido brillantemente añadido hace poco al repertorio por el Gobierno de Artur Mas. Los catalanes y catalanas empezábamos el mes de agosto enterándonos de los cambios en la forma de entrega de la Renta Mínima de Inserción, que han provocado un retraso generalizado en el cobro y graves problemas a miles de personas que dependen de una ayuda de 400 euros mensuales de media para sobrevivir. Muchas siguen, aún a día de hoy, sin haber recibido el dinero. Más allá de las imperdonables disrupciones causadas en las vidas de todos estos individuos y familias, cabe destacar aquí el mito con que el Gobierno ha explicado su actuación: el fraude y la picaresca de miles de receptores justifica las molestias causadas al resto. Este discurso, que no es muy diferente al utilizado para defender el copago en sanidad, ha servido para endurecer, a su vez, los requisitos para recibir la prestación y se basa en la falacia, junto con la de la inevitabilidad, más peligrosa de todas: los orígenes de la pobreza no radican en un sistema económico y social que genera desigualdades y exclusiones sociales de manera inherente y patológica, sino que se pueden atribuir a un grupo supuestamente marginal y parasitario que o bien no se esfuerza lo suficiente para salir adelante o nos está estafando al resto. Como si los escasos impuestos gravados a las rentas más altas y del capital o el fraude y los paraísos fiscales, entre otras muchas cuestiones, no tuvieran nada que ver. El gran triunfo de este mito, enarbolado por la derecha catalana, la española y la de todas partes, consiste en individualizar las causas de una crisis sistémica, estigmatizar a los pobres por perezosos o mentirosos y culpar a las principales víctimas de los recortes sociales y la crisis presupuestaria en lugar de señalar a los verdaderos responsables.

[1] Artículo aparecido el miércoles 7 de septiembre en el diario Públic en la pàgina 5.

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