– Contra la falacia de la inevitabilidad

Sandra Ezquerra|Públic [1] Original en català aquí La necesidad de reformar las pensiones no es ninguna novedad en el panorama político del Estado español. Hace un par de décadas que oímos que el envejecimiento de la población hace aumentar la tasa de dependencia, y el carácter supuestamente neutral y científico de esta afirmación ha dificultado la articulación de una respuesta capaz de rebatir la aparente inevitabilidad de reformar (es decir, reducir y hacer más inaccesibles) las pensiones. Esta dificultad de réplica argumental se agrava en un contexto protagonizado por la crisis fiscal, donde los recortes en gasto público social cada vez más son presentados por el gobierno como la única e indiscutible solución.

Si nos detenemos a desgranar el argumento de la supuesta inevitabilidad de la reforma descubrimos, no obstante, que en él se conjugan dos elementos. El primero reside en que, como resultado del crecimiento de la esperanza de vida durante las últimas décadas fruto de importantes avances médicos y tecnológicos, dentro de unos años no habrá suficientes personas cotizando para soportar el peso de las que por edad ya no lo hagan. Esto se verá reforzado por el declive en las tasas de fertilidad en Catalunya y el Estado español, que últimamente se han situado entre las más bajas del mundo. Las mujeres actualmente en edad reproductiva no sólo hemos pospuesto la edad de tener hijos sino que además hemos reducido su número en una proporción considerable en relación a las generaciones anteriores. Esto está teniendo un impacto indiscutible sobre el crecimiento de la tasa de dependencia.

Sin embargo, las ecuaciones matemáticas utilizadas por los políticos no derivan necesariamente ni en la insostenibilidad de uno de los pilares fundamentales del Estado del bienestar ni en la inevitabilidad de la reforma de las pensiones. Tampoco incorporan toda la complejidad del panorama social actual. La pregunta que en realidad deberíamos estar formulando es, ¿por qué deciden las mujeres tener pocos hijos o no tener ninguno?

La respuesta radica principalmente en el desfase existente entre nuestra incorporación generalizada en el mercado laboral durante las últimas décadas y la escasa creación de oportunidades para compatibilizar esta nueva presencia con el rol de madres y cuidadoras que se nos impone socialmente. Este desfase hace que a menudo las mujeres tengamos que elegir entre la maternidad o el trabajo remunerado fuera del hogar. No escoger a menudo significa enfrentarse a kafkianos malabarismos para poder conciliar y, teniendo en cuenta la debilidad de las políticas públicas actuales de apoyo a las familias, esto hace que muchas acabemos decidiendo o no ser madres o no ser trabajadoras remuneradas. El enquistamiento de este dilema se encuentra profundamente relacionado con el hecho de que la tasa de actividad femenina en España se sitúa en estos momentos entre las más bajas de la Unión Europea, lo que afecta negativamente tanto a la competitividad de la economía como a las arcas públicas y, de esta manera, la financiación, entre otras cuestiones, de las pensiones.

Si realmente queremos dar una respuesta a la crisis de dependencia que se nos viene encima empecemos por visibilizar que se puede y hay que hacerlo desde la izquierda: fortaleciendo el Estado de bienestar y no encogiéndolo lo cada vez más. Apostemos por una reducción de la jornada laboral que permita tanto a mujeres como a hombres disfrutar de tiempo para tener hijos y cuidar de ellos; exijamos una red de servicios sociales financiada por el Estado que garantice el apoyo a la maternidad y la paternidad y que acabe de una vez por todas con el perverso binomio trabajo-familia; invirtamos recursos públicos en la creación de empleo de calidad que favorezca la incorporación laboral de las mujeres sin que por ello tengamos que renunciar a tener una familia; creemos un modelo de bienestar que defina la reproducción social como responsabilidad de hombres, de mujeres, del Estado, de la economía. Todo ello tendría un importante impacto a medio plazo en uno de los principales factores tras el tan temido problema demográfico sin tener que reducir por ello ni un euro del gasto en jubilaciones. También significaría un giro sustancial respecto a la espiral de medidas neoliberales en la que llevamos dos años atrapados para apaciguar la cólera de los mercados.

Frente a la falaz inevitabilidad de la reforma de las pensiones la única respuesta sostenible y valiente pasa por aumentar derechos y no por recortarlos. Nos queda poco tiempo pero vale la pena intentarlo. Hay demasiado en juego como para no hacerlo.

[1] Traducción del artículo aparecido en la edición catalana de Público el 11/1/2011

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