– Apología del miedo

Original en català aquí. Cuando militas en la izquierda radical llega un momento en que inevitablemente empiezas a dudar de si tu visión fatalista del mundo es compartida por más que un puñado de miles de personas. Tu realidad no está exenta de tintes esquizofrénicos fruto de tus saltos constantes entre la burbuja militante y la “vida real”.

Durante las últimas semanas he dudado de esa duda. O quizás debería decir que me he olvidado de ella. Hoy, sin embargo, por alguna razón, vuelvo a ser consciente de la bipolaridad y, ¿por qué no decirlo?, siento unas enormes ganas de llorar.

Me llamo Sandra, tengo 34 años y mucho miedo. También tengo una historia laboral registrada oficialmente de menos de 365 días cotizados. Sé que también tengo rabia, pero ahora mismo no la encuentro. A veces pasa: en el constante y precario equilibrio entre los múltiples, y a menudo contradictorios, sentimientos que nos hacen levantarnos cada mañana, a veces ganan unos, aunque nunca los mismos. Ganan, pero, para ser vencidos, afortunadamente, por otros al día siguiente. Y así vamos avanzando, hasta que se desmorona el frágil equilibrio o hasta que se enquista para volver a estallar el día después.

Hoy, sin ningún tipo de duda, está ganando el miedo. Ya sé que muchos de vosotros a menudo me oís hablar y sonreís con escepticismo cariñoso. Otros con escepticismo a secas. Nunca me he acostumbrado a que me llaméis “utópica” pero sí que me he acostumbrado a la sonrisa. Hoy, sin embargo, insisto, es diferente. No estoy “sólo” preocupada por el futuro de la humanidad, el descenso del estado del bienestar, la insostenibilidad del sistema económico, la opresión de las mujeres o la xenofobia inherente a la ley de extranjería. Que lo estoy. Pero lo que me hace sentir un nudo en el estómago no es el peso de principios tan tangiblemente abstractos. Es visceral. De cuerpo. Un miedo no teorizado, articulado ni debatido, sino sentido, vivido, llorado.

Dentro de una semana el gobierno tiene planeado sacar adelante, caiga quien caiga, el anteproyecto de ley de reforma de las pensiones. Durante los últimos meses he estado haciendo números y no sólo, si se aprueba la reforma, no creo que me pueda jubilar antes de los 78 años, sino que además lo haré con una pensión irrisoria. Mi trayectoria hasta ahora en el mercado laboral, que es paradigmática de la de una parte importante de los hombres y mujeres de mi generación, ha estado llena de incertidumbre, angustia, inestabilidad e impotencia, y los cambios que nos están imponiendo no harán más que agravar y perpetuar todo ello. Y si bien las contrarreformas en las que nos vemos inmersas reescribirán mi historia, y la de tantos otros, para ubicarla en una nueva realidad que de momento sólo somos capaces de imaginar de refilón, lo que verdaderamente me da miedo no es eso, sino que las calles estén vacías. Lo que en realidad me hace preguntarme aterrorizada si hay futuro para mí y para tantos y tantas otras es que tanto desde la distancia como desde la proximidad la gente no parece tener miedo. Sé que lo tienen, pero no lo parece. Y no lo parece porque están tan acostumbrados a andar con él que, aunque es el miedo el que rige su vida, han tenido que hacer ver que no para poder dormir por las noches, para poder vivir durante el día.

Hoy no me he sentado ante el ordenador para escribir una ponencia académica o un panfleto de los míos. Hoy no. Hoy tecleo para pedir por favor a cualquiera que me quiera leer, para suplicaros que miréis hacia adentro y busquéis vuestro miedo. Buscad por todos los rincones por donde sospechéis que decidisteis esconderlo un día y recuperadlo. Vividlo. Es real, es una mierda. Pero poca gente se ha muerto de miedo. Yo no conozco a nadie. Una vez lo hayáis encontrado y lo hayáis vivido mirad entonces hacia fuera. Descubrid que no sois los únicos, entended de una puta vez que lo que mata no es el miedo sino las consecuencias de hacer ver que no está ahí. Reivindicadlo como la manifestación más íntima e inconfesable de la crisis, del paro, de la deuda, de la soledad, de la incertidumbre, de la precariedad, de los desahucios, de la desidia de los grandes sindicatos, del pensamiento único, de los recortes, del aumento del racismo, de las palabras del Rouco, de la impunidad de Berlusconi, del cinismo de Zapatero, del triunfo de Mas, de la criminalización de la disidencia, de la banalización del amor. En vuestros cuerpos, en vuestras tripas, en vuestra mente, en vuestro corazón. Y permitíos reconoceros, de esta manera, en mi miedo, en el del otro. Dejad que vuestro miedo, a pesar de que se esconde bajo vuestra piel y tras vuestro subconsciente más profundo, devenga público, colectivo, articulado, se convierta en voz, se transforme en rabia.

Esta noche siento mucho miedo, pero lo que es diferente respecto a la semana pasada es que me ha dejado de dar miedo sentirlo. Y cuando vaya a dormir cruzaré los dedos a ver si cuando me despierte mañana ha sido vencido por la rabia. Es más, sé que la rabia ganará. Al final siempre lo hace, la cuestión es acertar en lo que elegimos combatir, en lo que decidimos crear con ella. Y una vez haya ganado la rabia, en vez de permitirme caminar como una sonámbula aterrada, mañana saldré a las calles para llenarlas junto a tanta otra gente que también empieza a estar asustada de no sentir su miedo. Y eso les permitirá gritar de forma decidida y valiente ¡basta ya!

4 comments

  1. […] Traducció al castellà aquí. Quan milites a l’esquerra radical arriba un moment en què de manera inevitable comences a dubtar de si la teva visió fatalista del món és compartida per més que un grapat de milers de persones. La teva realitat no està exempta de certs tints esquizofrènics fruit dels teus salts constants entre la bombolla militant i la “vida real”. Durant les últimes setmanes he dubtat d’aquest dubte. O potser hauria de dir que m’he oblidat d’ell. Avui, però, per alguna raó, torno a ser conscient de la bipolaritat i, per què no dir-ho?, sento unes enormes ganes de plorar. […]
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