– 29-S: contra la muerte de la política

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Sandra Ezquerra|Público [1]. Una de las mayores preocupaciones de Hannah Arendt fue que la política pudiese desaparecer completamente del mundo. La raíz de su desazón fueron los desastres del siglo XX y el interrogante que éstos podían plantear sobre el sentido de la política. Mientras empezamos a dejar atrás ya la primera década del siglo XXI, la inquietud de Arendt se revela más vigente que nunca. En el momento de crisis en el que nos encontramos actualmente inmersos, una no puede evitar la sensación de que no hay debate posible sobre las soluciones más allá de los estrechos márgenes impuestos por las recetas de ajuste del gasto social y de reestructuración del mercado laboral. Los políticos enarbolan de forma cada vez más compulsiva la bandera de la inevitabilidad de sus reformas y los grandes sindicatos olvidan su razón de ser conformándose con pedir rectificaciones parciales.

Es en este contexto que hemos podido asistir durante las últimas semanas a un feroz ataque por parte del conservadurismo político y mediático contra los sindicatos y los piquetes informativos, acusados de aprovecharse de manera corrupta de los recursos y la benevolencia públicos y de actuar violentamente para evitar el derecho de los ciudadanos y ciudadanas a trabajar, a la movilidad y a decidir libremente en un día de huelga general. En este sentido, cabe destacar el punto donde confluyen dos tendencias: por un lado presenciamos desconcertados y desconcertadas la reducción de las alternativas posibles a los dictámenes oficiales; por otro lado asistimos a la condena generalizada de cualquier acción que tenga como objetivo oponerse a los discursos dominantes basados, como decía Bensaïd, en la naturalización de los mercados financieros y la irrevocabilidad del fin de la historia.

Dicho esto, a pesar de lo que nos digan los especialistas, los debates en torno a la reforma laboral o de las pensiones no son cuestiones meramente técnicas fruto de cálculos científicos. Por el contrario, son debates profundamente ideológicos que, ante la aparente despolitización de la política, responden a dos modelos distintos de sociedad: el que se pone el bienestar de todas las personas como fin ineludible y el que, tras la coartada de los mandatos de los mercados y pseudo-verdades demográficas, defiende los intereses de una minoría.

Frente a la progresiva desaparición en las últimas décadas de tribunas desde donde cuestionar la inevitabilidad del status quo, los y las que defienden el primer modelo salen- salimos- a la calle a pedir lo imposible y, ante esto, los segundos recurren a la ridiculización y la criminalización. No obstante, frente al derecho a trabajar en un día de huelga existe también el derecho a la información, a un trabajo digno el resto de días del año y a unos servicios sociales que cubran nuestras necesidades; frente al derecho a la movilidad existe el derecho a un transporte verdaderamente público y asequible y las condiciones laborales de los y las que hacen posible nuestra libre circulación; frente al derecho individual a decidir existe la solidaridad para frenar reformas que nos afectan a todas y a todos, así como el derecho a defender y visibilizar un proyecto colectivo que busca romper con el círculo de desinformación y despolitización que rodea nuestras existencias; proyecto que busca convertirse en interlocutor legítimo de un proceso donde parece que el dilema ya no es defender la dignidad de las personas sino determinar el grado de indignidad que nos obligan a soportar.

El 29-S muchos y muchas barcelonesas, de nuevo, se pronunciaron: hubo caos, sí, pero eso no es necesariamente negativo y tampoco puede desviar el debate sobre lo que hay realmente en juego con la crisis y las reformas actuales; se cometieron errores, sí, pero de ellos se tiene que hacer balance, debatir honestamente y aprender. El 29-S la frustración se apoderó de la calle durante horas y eso, más que ser un síntoma de la irracionalidad de una minoría violenta, no hace más que mostrar la necesidad de continuar articulando políticamente y de forma incluyente la rabia y el desencanto. El 29-S se abrió una grieta en las definiciones hegemónicas de lo posible y, a pesar de los miedos de Arendt y el triunfalismo de Fukuyama, se demostró que a la política y a la historia aún les queda mucho por decir.

[1] Este artículo es la traducción del catalán del texto aparecido en la edición catalana de Público el 6 de Octubre de 2010.

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