Público

Justicia de género para cambiar el mundo

Sandra Ezquerra & Xavier Domènech | Público. Es un clásico en los períodos electorales. A medida que se aproxima la cita con las urnas, los partidos sacan sus calculadoras, y filones de votos tan poco homogéneos como las mujeres se convierten en objetos de deseo de agresivas campañas de marketing.

Pregunten sino a los flamantes candidatos de Ciudadanos. Después de que el CIS anunciara recientemente que únicamente el 11% de las mujeres simpatizan con la formación naranja, y mediante titulares efímeros que buscan acallar sus propias incoherencias, se han apresurado a lanzar una cínica operación de blanqueo (de cara) con la que parecen erigirse como la nueva vanguardia de la lucha por los derechos femeninos. Sus candidatos se quejan de las falsas denuncias de las mujeres en materia de violencia machista o se muestran contrarios a medidas para favorecer la paridad de género, si bien en esta última cuestión, y en aras de promover políticas que mejoren el bienestar de amplios sectores de la población, proponen, como excepción, reformar la constitución española para eliminar la preferencia del varón sobre la mujer en la sucesión en la jefatura del Estado. Su programa, por otro lado, devuelve la violencia machista al armario de la domesticidad donde los hombres también son considerados víctimas o propone graves retrocesos en el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Como si tales despropósitos no fueran suficientes, sus ruedas de prensa presentan ambiguas medidas sobre racionalizaciones de horarios y trabajos, así como sobre escuelas infantiles y desgravaciones fiscales diseñadas por sus neoliberales economistas, los cuales, como buenos economistas neoliberales que son, visualizan la igualdad de género o la legalización de la industria del sexo como meras variables instrumentales para el funcionamiento del libre mercado y el crecimiento del PIB.

Más allá de poses y oportunismos, los partidos políticos adolecen de graves estrabismos en materia de género: o bien subordinan las políticas de igualdad a la productividad económica o bien promueven las desigualdades mediante la especialización de las mujeres en el cuidado familiar. Sin embargo, la entrada de las mujeres en el mercado laboral se ha visto caracterizada por una multiplicación de sus dobles jornadas, así como de una galopante discriminación laboral, salarial y en materia de derechos sociales. Por otro lado, las políticas de promoción de los roles tradicionales de género no han hecho más que promover el aislamiento de miles de mujeres en el ámbito privado y minar su autonomía, sus derechos económicos y su participación en otros ámbitos de la vida social. Nada de esto nos sirve ya.

Los feminismos nos han enseñado que las raíces de las desigualdades entre hombres y mujeres son profundas y tienen múltiples dimensiones. Es por ello que ha llegado el momento de reivindicar sin tapujos también en la arena institucional una verdadera justicia de género en el sentido más complejo y poliédrico, lo cual pasa por tener claro que los “problemas de las mujeres” no se reducen a retocar permisos ni cuotas, sino que pasan por promover nuevas lógicas materiales, simbólicas y políticas que nos permitan a todas y a todos participar como interlocutores plenos en la vida social.
El “problema de las mujeres” yace en que sufren mayores tasas de pobreza y explotación, así como una preocupante inequidad en los ingresos respecto a los hombres; fruto en parte de las miopes políticas de igualdad impulsadas por gobiernos considerados de izquierdas, sufren, además, una grave pobreza de tiempo que las obliga a hacer imposibles malabarismos entre las fragmentadas esferas de sus vidas, y tiene negativos impactos sobre su salud y su bienestar. Sufren, a su vez, una sistemática falta de respeto por parte de la sociedad, que trivializa sus actividades y sus saberes, las agrede, las trata como objetos o como putas o como niñas o como víctimas. Sufren también una marginación social que las deja fuera de los espacios de participación colectiva y las recluye a los ámbitos considerados femeninos. Sufren, finalmente, una vida social androcéntrica formada por instituciones diseñadas por y para hombres, y a menudo hostiles a formas de vida distintas a las pensadas como masculinas.

Una reivindicación clara de la justicia de género pasa, en este sentido, por abordar las causas de las dificultades materiales de las mujeres, pero también de su desvalorización en el ámbito de lo simbólico y su exclusión de los espacios de participación. La injusticia de género que sigue prevaleciendo en nuestras vidas tiene un claro carácter sistémico y, por ende, también deben tenerlo las respuestas para combatirla y erradicarla: políticas globales y desacomplejadamente feministas que se propongan la descodificación de género de actividades, espacios y roles, así como subvertir su importancia como principio estructural que atraviesa el mercado laboral, el espacio público, el ámbito cultural, la esfera educativa, las instituciones públicas, las comunidades y también los hogares.

Vivimos momentos de transformación. La ciudadanía se mueve, se organiza, inventa nuevas maneras de hacer política, toma las instituciones sin dejar las calles y demuestra que hay alternativas. El feminismo no es una excepción. Plantea propuestas integrales e innovadoras y, lejos de conformarse con que algunos utilicen los “problemas de las mujeres” para arañar puntos en las encuestas, denuncia el agotamiento de los axiomas que yacen tanto tras las políticas de igualdad de las últimas décadas como tras las de aquellos partidos que continúan queriendo a las mujeres calladas y sumisas. Sigamos el camino que abre. Resulta imprescindible, hoy más que nunca, participar en el cambio y, ante los que se proponen dinamitarlo o convertirlo en recambio, trabajar para que se extienda y crezca mediante fórmulas valientes y novedosas. Contagiémonos y contagiemos. Mezclemos saberes y voluntades. Nueva política para reinventar la vida. Justicia de género para cambiar el mundo.

Articulo publicado el 01/12/2015 en Publico.es

Querido demócrata español

Sandra Ezquerra | El proceso soberanista catalán ha arrojado luz sobre una contradicción mal cabalgada por una parte importante del progresismo español. El apoyo de la izquierda, estandarte histórico de la lucha por los derechos y las libertades colectivas, a la celebración de la consulta en Catalunya ha estado en los últimos años marcado por la tibieza, e incluso no han faltado voces entre sus filas que han embestido contra ella. Las principales razones esgrimidas han sido que el proceso soberanista se encuentra desde sus inicios hegemonizado por la derecha catalana y responde de manera inequívoca a sus intereses. Siguiendo esta lógica, el gobierno de Artur Mas estaría utilizando la consulta para camuflar sus políticas antisociales, políticas muy parecidas a las impuestas por el Partido Popular desde el gobierno español, y el apoyo de ciertos sectores de la izquierda catalana al proceso soberanista estaría favoreciendo la agenda política, social y económica de las clases dominantes, yendo en contra, de esta manera, de las reivindicaciones históricas de las izquierdas.

Ante esta posición resulta necesario realizar dos consideraciones. En primer lugar, y dando momentáneamente por buena la afirmación de que el proceso catalán se encuentra liderado por la derecha, me resulta difícil comprender la debilidad del apoyo a un derecho que, como el de la audeterminación, goza de una inequívoca condición democrática. Si aceptamos, tal y como la izquierda ha hecho históricamente por lo menos sobre el papel, el axioma de que una comunidad debería tener derecho a decidir sobre su propio futuro, la única postura coherente resultante es, independientemente de quién capitanee el rumbo de dicho proceso, defender sus concreciones prácticas en contextos geográficos, políticos, históricos, culturales y económicos específicos. La Catalunya contemporánea no es, por supuesto, ninguna excepción. Sorprende la justificación de la desafección reinante entre la izquierda española hacia el proceso soberanista catalán por la supuesta hegemonía de la derecha ya que, la impulse quién la impulse, una reivindicación democrática, democrática es.

El debate, sin embargo, deviene aún más complejo. No cabe duda de que Convergència i Unió ha aprovechado la crisis económica y el descontento social resultante para reforzar sus posiciones en relación a la cuestión nacional, de la misma manera que llevan más de dos años utilizando el sentimiento soberanista de la sociedad civil catalana para desviar la atención de ésta de los profundos recortes sociales que le han sido impuestos en los últimos años y contra los que, antes del estallido soberanista de 2012, salió de forma masiva a las calles y plazas de todo el país. La crisis, a su vez, tal y como afirma Carlos Taibo, ha contribuido a generar un escenario de alejamiento y descrédito de la ciudadanía hacia las instituciones españolas, descrédito favorecido también por los escándalos de corrupción que han rodeado a la cúpula del Partido Popular y a la misma Casa Real (sin olvidar los protagonizados por aquellos que frecuentan el palco del Palau de la Música), así como por la incapacidad de la mayoría de los partidos herederos de los pactos de 1978 de dar respuestas a las crecientes exigencias democráticas y participativas desde mayo de 2011. Si bien todo ello juega sin duda a favor del gran apoyo ciudadano al proceso soberanista en Catalunya, no debería conducir a nadie a tratar dicho proceso y la derecha catalana como si fueran la misma cosa o aspiraran a caminar en la misma dirección.

Poco dice en realidad de la izquierda española su caracterización de la ciudadanía de Catalunya, y más concretamente de la izquierda catalana, como si no supiéramos quién es Artur Mas y nos estuviéramos dejando manipular de manera inocente por él y sus compadres. Ante tal despropósito y condescendencia, empieza a ser urgente que desde el oeste y el sur del Ebro se entienda que el proceso soberanista catalán, lejos de ser monolítico, se encuentra lleno de pluralidad y tensiones. No sólo no ha sido hegemonizado nunca por Convergència i Unió, sino que Artur Mas lleva dos años arrastrado por un tsunami ciudadano que en vano ha intentado hacer suyo, y su partido no ha dejado de perder apoyo social y electoral desde el año 2012 a favor de una fuerza como Esquerra Republicana de Catalunya. En el mismo período han surgido nuevos movimientos sociopolíticos con vocaciones electorales mayoritarias, como el Procés Constituent, Guanyem Barcelona o el mismo Podem, que, lejos de apostar por un seguidismo acrítico al soberanismo transversal del Govern, han sido capaces de identificar en el actual contexto una oportunidad para vincular las reivindicaciones nacionales con otras de carácter social y democrático. Las encuestas electorales muestran además que esta defensa del derecho a decidir desde las izquierdas no se limita a siglas partidistas cuando anticipan que una confluencia de todas ellas podría situarlas, en próximas convocatorias electorales, en el primer o segundo puesto de las principales instituciones catalanas.

Frente a este escenario cruzo los dedos para que la izquierda española se sitúe a la altura de las circunstancias y tenga mucho valor. Los cruzo para que tenga el coraje, en primer lugar, de autoexaminarse de manera honesta y, en lugar de rebatir las aspiraciones nacionales de sus camaradas catalanes con purismos ideológicos, se pregunte hasta qué punto no está cayendo en ese nacionalismo del que últimamente nunca se habla, el español, que, al igual que el catalán, nacionalismo es, pero, a diferencia de aquél, niega el derecho a la autodeterminación. La historia nos ha enseñado con creces que el internacionalismo mal entendido no debería ser nunca coartada de patriotismos silenciosos. Cierto es que la derecha catalana no ha sido nunca solidaria, pero tampoco lo ha sido la española. ¿Acaso no barren las dos para casa sea en forma de fronteras, de sobres y/o de bolsillos? ¿Acaso no defienden las dos a sus castas más aún de lo que defienden sus banderas?

En segundo lugar, ojalá la izquierda estatal sea capaz de diagnosticar la pluralidad política y social del soberanismo catalán y comprender, de esta manera, que las reivindicaciones nacionales permiten en estos momentos en Catalunya abrir un debate sobre el modelo de país, debate en el que la derecha se encuentra profundamente incómoda y que la izquierda aprovecha para poner sobre la mesa reivindicaciones sociales y democráticas por las que lleva años batallando. En tercer lugar, espero que la izquierda española dé apoyo a todos los espacios sociales y políticos progresistas que ahora mismo en Catalunya ven la centralidad de la cuestión nacional como una oportunidad para vincular libertades democráticas con derechos sociales y económicos; espacios que, como bien expone Jaime Pastor, parten del demos y no del etnos; buscan contribuir a la profundización del conflicto centro-periferia en aras de poner en jaque a un régimen español putrefacto y en vías de descomposición; y se empeñan en empujar en la misma dirección y con las mismas aspiraciones que los y las demócratas del resto del Estado español: deslegitimar a un gobierno español de raíces, talantes y comportamientos antidemocráticos, contribuir al inicio de una ruptura constituyente desde los márgenes y conquistar la soberanía real y plena para todo el mundo.

Es por todo ello que te pido a ti, querido demócrata español que me lees, que no nos dejéis solos. Ahora más que nunca necesitamos que seáis nuestra voz y nuestros puños levantados. Necesitamos que rompáis el monopolio que el Partido Popular y amplios sectores del Partido Socialista Obrero Español creen ostentar sobre una España unida, intolerante, sorda. Mostradles, como nosotros hacemos, las otras Españas: las Españas rebeldes, las Españas que saben escuchar, las Españas diversas, las Españas demócratas. La tensión política entre el gobierno español y amplios sectores del pueblo de Catalunya se intensifica y no cabe duda de que en las próximas semanas hará estallar más de un termómetro. Queremos votar y tenemos todo el derecho. No hay duda de que habrá muchas más probabilidades de que podamos hacerlo si rompéis vuestro silencio y, no cabe duda tampoco de que nuestro voto, nuestra rebeldía y nuestro grito harán más plausibles los vuestros. El rival es común. Nosotras y nosotros nunca lo hemos olvidado. Espero que no lo hagas tú tampoco.

Artículo aparecido en Público el 14/9/2014

Hundamos el régimen, ganemos el mundo

Sandra Ezquerra, Profesora de la Universitat de Vic y miembro del Procés Constituent

Teresa Rodríguez, Profesora de secundaria y eurodiputada por Podemos

En la última media década hemos pasado de una crisis económica a una crisis política gestada durante más de tres años de movilización social ante las políticas de recortes sociales, la indiferencia de los gobiernos ante las reivindicaciones de la calle, el estallido del proceso independentista catalán, la crisis de la izquierda institucional (léase PSOE), el creciente descrédito de los pactos forjados en la Transición o los escándalos de corrupción que han rodeado tanto al Partido Popular como a la casa real y a otros actores de referencia del Régimen del 78 como Convergència i Unió, el propio PSOE o UGT.

Todo ello, en el marco de un brutal empeoramiento de las condiciones de vida de la población, nos ha hecho desembocar a su vez en una verdadera crisis de legitimidad del sistema económico y, en última instancia, una crisis de régimen. Los datos no mienten: según el Barómetro del CIS de marzo de este año, más de dos tercios de la población del Estado español considera la situación política actual como mala o muy mala y un porcentaje aún mayor no espera que ésta vaya a mejorar a corto plazo. También más de dos tercios de la ciudadanía considera a los y las políticas en general, los partidos políticos y la política, por un lado, y la corrupción y el fraude, por el otro, como dos de los principales problemas existentes actualmente en el Estado español.

Las elecciones europeas del pasado mes de mayo resultaron ser la primera traslación electoral de esta dinámica, ya que marcaron sin duda el principio del fin del bipartidismo y comportaron la irrupción de lo que a estas alturas puede ser una pesadilla para el sistema tradicional de partidos: Podemos. Otras experiencias de enmienda a la totalidad de la vieja política las han constituido el Procés Constituent, impulsado hace más de un año por Teresa Forcades i Arcadi Oliveres, la Plataforma Guanyem Barcelona, nacida en las últimas semanas con el objetivo de instaurar la nueva política en la segunda ciudad más importante del Estado, o el modelo de representación institucional de las CUP. A pesar de que existen diferencias nada desdeñables entre las iniciativas, todas ellas comparten un doble objetivo: sacar a las mayorías sociales de la marginalidad mediante nuevas formas de hacer política y, frente a la hegemonía neoliberal y neofranquista que nos ha asfixiado en las últimas décadas, construir nuevos contrapoderes con vocación de ser mayoritarios en lo político, en lo electoral y en lo institucional.

Ahora bien, que el régimen esté perdiendo legitimidad no significa que no vaya a hacer todo lo posible para recuperarla. Todavía tienen margen de maniobra y, además, disponen del control del poder económico, institucional y mediático. El recambio de Juan Carlos I por Felipe VI ha constituido un verdadero ejercicio de maquillaje político,  Mariano Rajoy promete regeneración democrática a quien le quiera escuchar y los candidatos a substituir a Rubalcaba en la Secretaría General del PSOE han competido en carencias: tanto de ideas nuevas como en carisma. En su versión más desesperada, el viejo régimen político se autoerige de forma cada vez más esperpéntica y menos creíble como la única alternativa democrática posible ante el supuesto ADN estalinista, etarra o utópico de los nuevos protagonismos.

En este escenario es imprescindible que los y las de abajo no dejemos de empujar. No es sólo el modelo de Estado lo que está en juego, sino todo un sistema político, económico y social, y ello exige que la apertura de una dinámica constituyente sea en estos momentos nuestra exigencia básica. Una cuestión clave será el encaje de las aspiraciones democráticas del pueblo del conjunto del Estado español con las de los pueblos de Catalunya, Euskal Herria y Galicia. Hay, en este sentido, un doble error simétrico a evitar. Por un lado, evitar plantear como salida a la actual situación la fórmula de un proceso constituyente en singular desde el centro del Estado o la demanda de una III República española. Ello no garantizaría respuestas satisfactorias al proceso soberanista catalán ni tampoco permitiría ahondar en las grietas abiertas en la periferia para poner definitivamente en jaque a una segunda restauración borbónica. El error opuesto consistiría en desentenderse desde Catalunya de la crisis del régimen español y limitarse a buscar una mera acumulación de fuerzas en territorio catalán a favor de la independencia. Ello no permitiría aprovechar las oportunidades políticas que la crisis general del régimen abre para el proceso catalán ni utilizar a este último para asestar un golpe definitivo al primero; confrontaría además al pueblo de Catalunya con el resto de pueblos del Estado, situándolos artificialmente en posiciones antagónicas; empujaría a la ciudadanía catalana, finalmente, a una lógica de unidad patriótica bajo la decadente hegemonía de Convergència i Unió en la que los derechos sociales se evaporan con la promesa de que volverán en un futuro imaginario en el que Madrid habrá dejado de robar a Catalunya.

Ante las cegueras de ambos nacionalismos que, se presenten de forma visible o no, nacionalismos son, se trata, por el contrario, de reivindicar la perspectiva de procesos constituyentes independientes pero coordinados entre sí con el objetivo de reforzarse en su búsqueda común de un nuevo orden democrático, justo y solidario.

Los cambios constituyentes pueden ser procesos democratizadores o todo lo contrario y, ante los intentos de los de arriba de seguir manteniendo el poder en muy pocas manos, ante su voluntad de deslegitimarnos y criminalizarnos, el resto debemos trabajar para que la voluntad de ruptura con un régimen dominado por castas, élites y oligarquías cobre cada vez más actualidad y se generalice como sentido común compartido por las mayorías. Ante la gran urgencia de los de arriba por recomponerse deviene cada vez más necesario construir y articular una gran capacidad de respuesta desde abajo: capacidad de respuesta cuyo principal objetivo sea transformar las relaciones de poder —dentro y fuera de las instituciones— y que genere una oleada de politización y participación políticas sin las cuales no es posible abrir horizontes de cambio real.

Las ventanas de oportunidad política no suelen abrirse dos veces en una misma generación ni permanecen abiertas demasiado tiempo. Tarde o temprano la crisis institucional se cerrará en una dirección u otra y el gran reto que tenemos aquellos y aquellas comprometidas con la justicia social es estar a la altura de las circunstancias y garantizar que el cierre sea favorable a la mayoría, que arranque por fin victorias a quienes nos roban la vida en los consejos de gobierno hasta que consigamos desalojarlos del poder. Sin prisa pero sin pausa, toca inventar nuevas maneras de hacer política en aras de desprofesionalizarla, hacerla realmente accesible a la ciudadanía y convertirla en un bien común; toca establecer espacios y mecanismos horizontales, transparentes y colectivos de toma de decisión.

Toca también pensar en ganar. En ganar Barcelona, en ganar Madrid, en ganar Europa, ¡en ganar el mundo! No es el momento de seguir el partido con falsa indiferencia desde el banquillo ni de contentarse con ser una minoría sin incidencia política real en los acontecimientos. No es el momento tampoco de permanecer en la placentera familiaridad de las rutinas de las organizaciones, de las tradiciones, de las poltronas, de los cargos. No es el momento del confort ni del posibilismo.

Toca articular una mayoría social y política contraria a las políticas de recortes, de ataques a las libertades y de recentralización; una mayoría que empuje hacia la apertura de procesos constituyentes democráticos. Desde abajo y desde los márgenes. Y sobre todo, como bien dice Teresa Forcades, para embarcarnos en esta aventura toca estar dispuestos y dispuestas a hacer la revolución para después volverla a hacer: a no dejar de examinarnos; a no dejar de aprender. Porque, si nos alejamos de dogmatismos infalibles y de ilusiones mesiánicas, sabremos que nuestras respuestas, las que generemos en este apasionante proceso, nunca serán definitivas. Y sabremos que la construcción de la democracia y la justicia siempre estará incompleta. Es y será nuestra tarea de cada día.

Artículo publicado en publico.es el 29/8/2014

Moviendo ficha para hacer saltar el tablero

Tere Presentacion Podemos

Sandra Ezquerra|Público Ya lo dijo Tere Rodríguez en la presentación de Podemos en Madrid, “hay que mover ficha pero también hay que mover el tablero sobre el que nos quieren hacer jugar y disputarles a los poderosos no sólo las calles, espacio donde se sienten incómodos, sino también los espacios donde están apoltronados y donde son fuertes: las instituciones”. Introducía de esta manera la maestra y sindicalista andaluza la que constituye, desde mi punto de vista, la principal razón de ser de la iniciativa que acaba de nacer: aglutinar de manera simultánea descontento e ilusión por un cambio real en aras de asaltar la política institucional de forma complementaria a nuestra presencia en las plazas, en los centros de estudios, en los centros de trabajo y en nuestro quehacer cotidiano en los movimientos sociales.

No han sido pocas las llamadas que en los últimos años se han realizado para congregar a la izquierda como trampolín para hacer política de otra manera y al servicio de los intereses de las mayorías. Estos emplazamientos han tendido a sufrir (o elegir) dos destinos. O bien no han pasado de constituir poco más que iniciativas propagandísticas incapaces de llegar más allá de los usuales círculos militantes o bien han conseguido reunir cierta masa crítica a costa de diluir la radicalidad de su discurso y/o acabar haciendo lo que en su programa electoral juraban que nunca harían: aceptar la austeridad como mal menor y dejarse arrastrar por unas lógicas, criterios e intereses ajenos al día a día de la mayoría de la ciudadanía.

El camino iniciado por Podemos contiene un enorme potencial para evitar tanto la marginalidad como la edulcoración. Sin embargo, no se encuentra completamente  exento de ninguno de los dos riesgos y habrá que ver hasta qué punto consigue constituirse en una propuesta realmente diferente en el panorama de la izquierda estatal. De su capacidad de devenir novedad dependerá su éxito ya que, al fin y al cabo, frente al dilema entre el original y una copia la gente suele decantarse por el primero. Es por todo ello que lanzo en las siguientes líneas una reflexión sobre algunos de los elementos imprescindibles que Podemos debe tener en cuenta si realmente quiere ser pionera en hacer política desde lares no comunes y lógicas innovadoras.

En primer lugar, resulta necesario y urgente un posicionamiento de la izquierda estatal ante el proceso soberanista en Catalunya; posicionamiento alérgico a toda tibieza o ambigüedad y en defensa del derecho a decidir y la celebración de la consulta por la independencia. Poco moverá Podemos en Catalunya si no está dispuesto a abordar de manera valiente el escenario político y social que vivimos en estos momentos o si se convierte en un proyecto diseñado y desplegado exclusivamente por y para Madrid. No han sido pocos los argumentos de la vieja izquierda española contra el derecho a la autodeterminación del pueblo de Catalunya en base a la dominante raíz transversal, y a menudo conservadora, del proceso catalán. Es importante, sin embargo, no perder de vista que el derecho a decidir a todos los niveles constituye (o debería hacerlo) un patrimonio democrático fundamental. Resulta preciso a su vez visibilizar que existe un amplio espectro de la izquierda catalana defendiendo en la actualidad no sólo la celebración de la consulta sino también la respuesta afirmativa a la doble pregunta. Lejos de pretender hacerle el juego a la derecha del Principado, esta izquierda busca en el actual contexto no sólo defender el derecho colectivo a pronunciarse sobre un destino también colectivo sino identificar a su vez grietas desde las que cuestionar y desequilibrar el régimen del 78 y la dictadura de los poderes financieros. Es por ello que resulta imprescindible que una nueva izquierda a escala estatal asuma el papel de contribuir a la relación de fuerzas en pos de una República Catalana al servicio de las mayorías y, lejos de simplificar el asunto como exclusivamente burgués, apoye los intentos de impulsar un proceso constituyente en territorio catalán que pueda a su vez generar y ampliar grietas en el resto del Estado. Lo que está en juego en estos momentos en Catalunya no es sólo el futuro de los y las catalanas: también lo está el destino del ordenamiento monárquico de la mal llamada Transición. Los y las catalanas trabajando por una República Catalana del 99% que nada tiene que ver con Mas, Duran ni Junqueras, necesitamos que las izquierdas de más allá del Ebro se hagan eco de nuestra apuesta apoyándola de manera incondicional.

En segundo lugar, frente a desidias históricas, Podemos debe poner en el centro de sus reivindicaciones el derecho de las mujeres a decidir sobre nuestro propio cuerpo y nuestras propias vidas. Aquí el derecho a la autodeterminación deviene también crucial. Este eje se encuentra presente en uno de los puntos del manifiesto pero se deberá profundizar en el rechazo al virulento ataque de la derecha contra las libertades de las mujeres, así como su intento de fortalecer la tutela de nuestros destinos y voluntades. La respuesta no puede reducirse a un mero apéndice de la iniciativa o un punto programático políticamente correcto, sino que debe de ser una batalla prioritaria que refleje no sólo la condena del nauseabundo odor proveniente de los rincones del Ministerio de Justicia y de la misma Moncloa, sino que las mujeres, nuestros derechos y nuestras propuestas constituyen un elemento sin el que resulta imposible construir la izquierda del siglo XXI. Y es que no está en juego únicamente la libertad sobre nuestros propios cuerpos sino, desde el reconocimiento de que el contrato social que tanto parece reivindicar Podemos fue siempre también sexual y racial, reconocer de una vez por todas que el feminismo contiene propuestas y alternativas capaces de poner patas arriba un modelo basado en la competitividad y el espolio y que, si bien resulta imprescindible reivindicar y defender “lo público” frente a los ataques que éste sufre desde hace años, es obligado denunciar con la misma intensidad las múltiples maneras en que el Estado de Bienestar ha producido y reproducido históricamente desigualdades entre hombres y mujeres; entre autóctonos y extranjeros; entre ciudadanos de primera y ciudadanas de segunda.  Podemos no sólo debe enarbolar esta bandera con valentía sino que a su vez ha de ser un espacio donde las mujeres sean protagonistas y no invitadas; donde sean voz y no tema de conversación.

En tercer lugar, Podemos deberá comprender, y hacer comprender, que el debate en torno a la democratización de la política no yace en el falso binomio de listas abiertas o cerradas, sino en una reinvención de los mecanismos de participación colectiva y de la práctica cotidiana para cambiar las cosas. No hay que ser profesor de ciencias políticas para comprender que en unas primarias no suele ganar necesariamente la persona más honesta o la más capaz sino la que más sale por la tele. Todo el mundo lo sabe. Pablo Iglesias lo sabe. Y con esto no pretendo menoscabar el uso estratégico que debemos hacer de los medios de comunicación de masas como altavoz de propuestas normalmente silenciadas, ni tan siquiera dudo que Pablo Iglesias puede hacer una excelente labor como cara visible de la iniciativa: a diferencia de muchas personas, no tengo ningún problema en ser representada para algunas cosas. Sin embargo, si realmente queremos cambiar la manera de hacer política no podemos ahorrar en honestidad, ni en valentía ni en ambición. Podemos debe tener muchas caras visibles, muchas voces, muchos registros, muchas almas. Ésta está siendo la principal fortaleza de iniciativas como el Procés Constituent en Catalunya, basado en construir la unidad desde la pluralidad. Ello pasa por renunciar a la política entendida como cortijo exclusivo de unos pocos (sean éstos abogados, banqueros, intelectuales o registradores de la propiedad), o como una suma de siglas inamovibles, y convertirla en una práctica profana colectiva y cotidiana, fiel reflejo de lo que se mueve en las calles, en las escuelas, en los lugares de trabajo, en las cocinas, en los hospitales, en los dormitorios. La principal razón de ser de Podemos debe ser el empoderamiento colectivo, porque una vez eso se pone en marcha la Política en mayúsculas deviene imparable y el cambio irreversible. Sin miedo a equivocarse ni tampoco a subsanar errores; sin miedo a examinarnos ni tampoco a corregirnos. Como diría Teresa Forcades, la gracia de hacer la revolución es estar dispuestos a volverla a hacer. Ser mayoría sin dar pasos atrás y asegurarnos de que nadie que realmente quiera sumar se queda por el camino. Y así sucesivamente hasta volver a empezar.

Artículo publicado en Público.es el 8 de febrero de 2014

Carta abierta de una feminista a los hombres de buena fe

gallardon

Sandra Ezquerra|Público Hace un tiempo ya que desde la izquierda venimos reivindicando la importancia de batallar las  palabras y los conceptos, particularmente aquéllos que la derecha se ha apropiado  vaciándolos de contenido o bien malversándolos de forma sibilina hasta el punto de hacernos renunciar a ellos. Algunos ejemplos de los primeros serían el término “sostenibilidad” o “gobernanza” y del segundo mi favorito: la “vida” y su férrea defensa. Hace unos meses escribí sobre la necesidad de reivindicar, ante las intenciones del gobierno del Partido Popular de reabrir el debate sobre el aborto, la denominación de “pro-vida” desde el feminismo, y exponía una serie de razones por las que las feministas y personas defensoras de la libertad de elección de las mujeres preciamos en realidad la vida de manera más consistente, constante, leal y genuina que el ministro Gallardón y sus compadres anti-elección. Hoy vuelvo a reivindicar palabras secuestradas y empiezo esta carta apelando a la buena Fe (que no fe de la buena) de todos aquellos hombres que creen en el derecho de las mujeres a decidir sobre todos los aspectos que conciernen a nuestro cuerpo y consideran la interrupción voluntaria del embarazo como un asunto de libertades y no de código penal.

Estimados hombres de buena fe,

Espero, antes que nada, que el apelativo utilizado en esta carta no les ofenda ni confunda. Entiendo por hombres de buena fe a todos aquéllos que quieren, y creen que es posible, hacer del mundo un lugar mejor. Ello pasa por, entre muchas otras cosas, garantizar la igualdad efectiva de derechos entre hombres y mujeres. También pasa por evitar que las mujeres, así como nuestros cuerpos, nuestros sueños y nuestras vidas, continúen siendo escudriñados tanto por aquellos que no ven problema alguno en tocarnos el culo al cruzarse con nosotras por la calle como por los que  intentan teledirigir nuestro útero desde un púlpito o una tribuna.

Tras haberlo sopesado cuidadosamente, me pongo en contacto con ustedes para compartir mi honda preocupación por el anteproyecto de ley del aborto cuyo contenido el ministro de justicia hizo público el 20 de diciembre y el cual, de salir adelante, conllevaría uno de los mayores retrocesos que las mujeres hemos vivido en nuestros derechos y en nuestra dignidad desde la mal llamada Transición. No dudo que estarán al corriente, como tampoco dudo que entenderán mi profundo desasosiego, pero les escribo estas líneas para plantearles la cuestión no como algo que ataña exclusivamente a las mujeres sino como algo que resulta de enorme importancia para cualquier sociedad que guste llamarse libre o democrática.

No entraré en exponer ni analizar el anteproyecto, cuyo preocupante contenido estoy segura que de sobras conocen. Si que querría, no obstante, hablarles del importante papel que a mi parecer pueden (y deben) tener para detenerlo. Es esta carta, pues, un reclamo de complicidad y de apoyo.

Ustedes y yo sabemos que ni el derecho de las mujeres a decidir sobre nuestro cuerpo ni otras reivindicaciones feministas han gozado hasta el momento de un lugar central en las preocupaciones de los hombres de buena fe. Las protestas del último año contra la reforma anunciada por el Partido Popular no sólo han contado con pocos de ustedes entre sus filas sino que tampoco han figurado en los listones más altos de las prioridades políticas de organizaciones ni movimientos. La izquierda, y particularmente sus hombres, no han sabido o querido hacer suya la batalla por el derecho a decidir de las mujeres, y se han limitado en la mayoría de los casos a acompañarla desde la distancia y la distracción. En aras de la justicia reconozco que en los últimos años no nos han faltado precisamente razones para salir a la calle y ello puede haber contribuido a una cierta fragmentación de los mensajes, pero para ser justos también cabría no olvidar que antes de que estallara esta crisis el panorama no era mucho mejor. Sin embargo, no me propongo con estas líneas realizar reproches estériles o culpabilizaciones fútiles.

Lo que pretendo decirles es que todavía estamos, están, a tiempo. Nunca es tarde si la fe es buena. Y es por ello que les hago llegar dos peticiones. En primer lugar, les suplico, les pido, les exijo, que se tomen la reaccionaria reforma del Partido Popular muy en serio y que actúen en consecuencia. Con lo que hay en juego en estos momentos, no debería haber desayuno compartido, manifestación convocada, movilización organizada, huelga general mencionada e incluso moción de censura susurrada que no se encuentre estrechamente vinculada con la embestida que los derechos de las mujeres están recibiendo en estos momentos en el Estado español. De la misma manera que el racismo no será erradicado hasta que las y los blancos estemos dispuestos a dar un contundente paso adelante, de la misma manera que la ley de extranjería no será suprimida hasta que la población autóctona se posicione al lado de las y los inmigrantes que sufren su maltrato y violencia institucional, las mujeres necesitamos que los hombres hagan suya nuestra lucha: por compañeras, por hermanas, por amigas, pero sobre todo por sentido común y coherencia.

Mi segunda petición quizás resulte algo más osada. Como saben el señor Gallardón se vanagloria de estar a punto de retirar a las mujeres como sujeto punible de la criminalización del aborto y, a cambio, cualquier otra persona implicada directa o indirectamente en su realización se verá castigada. Hace unos años, miles de mujeres en todo el Estado español se autoinculparon de haber realizado un aborto y un número de hombres las secundaron aduciendo que habían apoyado a alguna a hacerlo. El objetivo entonces fue mostrar rechazo hacia los ataques de la extrema derecha sobre mujeres y profesionales de la salud, así como visibilizar la vulnerabilidad a la que nos condenaba la legislación del 85.

Como parece ser que con el actual anteproyecto las mujeres nos convertiríamos en pobres víctimas inconscientes ante las maldades de las clínicas abortistas y allegados, quizás no tendría mucho sentido que en estos momentos realizáramos la misma campaña. Sin embargo, se me ha ocurrido una idea, y aquí es donde entran ustedes: a pesar de que el señor ministro no ha explicitado aún quién compondrá el círculo de los punibles, imagino que éste podría incluir a novios, maridos, hermanos, primos, amigos, vecinos, celadores, enfermeros, médicos, taxistas, ambulancieros, padres, abuelos, hijos, suegros y un larguísimo etcétera. ¿No sería entonces impresionante que, en respuesta, todos los hombres de buena fe realizaran una masiva campaña de autoinculpación y desobediencia para dejarle bien claro a los señores Gallardón y Rajoy que su (contra)reforma es absolutamente inaceptable? ¿Para que el señor Rouco aprenda de una vez por todas que con los derechos de las mujeres no se juega? Nosotras ya estamos librando la batalla pero será mucho más fácil ganarla si no la libramos solas.

Me emociono al imaginar los titulares: “decenas de juzgados en todo el Estado español colapsados por miles de autoinculpaciones de hombres partícipes en abortos”; “Huelga ciudadana convocada para paralizar la reforma del aborto de Gallardón”, “los sindicatos declaran paro indefinido hasta que Gallardón retire su anteproyecto contra las mujeres y dimita”, “el feminismo no está solo”, “el feminismo se extiende”, “los hombres de este país se niegan a que el gobierno controle el cuerpo de las mujeres”, “los movimientos sociales rodean el congreso para paralizar la nueva norma del aborto”.

Con esto les dejo. Deseándoles un buen año que justo empieza, esperando que mi atrevimiento no les haya importunado y rogándoles que consideren detenidamente lo que les planteo. No les habría molestado si no lo considerara realmente importante. Piénsenlo, por favor, y a ver si uniéndonos no sólo les arrebatamos el monopolio de las palabras sino, de paso, empezamos a repensar cómo trabajamos juntos para echarlos a ellos, finalmente y de verdad.

De verdad de la buena. Esta vez sí.

Artículo aparecido en Público.es el 8/1/2014

Traducció al català aquí