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España me duele. Catalunya també

foto España me duele

El pasado agosto fui invitada a participar en una tertulia de radio justo el día siguiente de los terribles atentados sufridos en Barcelona y en Cambrils. Recuerdo que en esos momentos me sentí absolutamente incapaz de separar mis emociones, mis tripas, mi duelo de la perspectiva y la distancia necesarias para realizar un análisis de la situación en un medio de comunicación. Fue por ello que decidí vivir aquellos días como vecina, como barcelonesa, como ciudadana y no como analista o experta. Amablemente decliné la invitación.

Algo similar me ha sucedido desde el 1 de octubre y todo lo que ha pasado desde entonces: la euforia, la rabia, la tristeza, el miedo, la angustia, la impotencia me han paralizado a la hora de sentarme y reflexionar sobre lo que está pasando en Catalunya y en España. Van pasando los días, sin embargo, y deviene obvio que la montaña rusa política y emocional a la que hace ya casi dos meses que estamos subidos no va a pararse a corto plazo y que la herida emocional que se ha abierto de forma virulenta tardará muchísimo tiempo en sanar. También ha ido quedando claro que, a pesar de presentarse como posicionamientos nítidos y racionales y a pesar de estar enmascarados de objetividad, gran parte de las informaciones y análisis que nos llegan son inseparables de las emociones y de los posicionamientos ideológicos de las personas que los realizan. Es por todo ello que hoy reivindico la necesidad de analizar y compartir lo que estamos viviendo sin tener que distanciarme de mis sentimientos ni separar la política de las emociones. Hoy finalmente escribo de política y lo hago desde el dolor.

España me duele

Nunca he sido independentista. Hija, nieta, biznieta, sobrina, prima y amiga de aragoneses y aragonesas, siempre había vivido el vínculo de Catalunya con el resto del Estado como algo dado y natural que formaba parte de quién soy y de cómo he llegado a serlo. El encaje nunca ha sido fácil, cierto, pero las dificultades nunca me habían hecho sentir la necesidad de defender una separación ni un distanciamiento.

Sin embargo, desde el 1 de octubre España me pesa muchísimo y me duele cada vez más. Me duele la España que golpeó brutalmente e hirió a centenares de personas indefensas y pacíficas que sólo querían votar; me duele la España que salió de civil pero con porras extensibles a las calles de municipios del Maresme para intimidar y vengarse del rechazo de las y los vecinos; me duele la España que en el Congreso niega que el 1 de octubre la Policía Nacional y la Guardia Civil utilizaran violencia, me duele que hubiera víctimas y me duele la España que se ríe cuando hablamos de ellas; me duele la España que en lugar de desautorizar a las porras extensibles libres por las calles criminaliza a la población por quererlas fuera de sus ciudades.

Me duele la España de un rey escogido a dedo y sangre que amenazó el 3 de octubre a la mitad de la población catalana por no querer tronos ni pensar como él; me duele la España que encarcela políticos y políticas sin fundamento, la España que lo anuncia a bombo y platillo, la España que aplaude y estalla en carcajadas cuando entran en prisión, la que los quiere de rodillas sólo por su ideología; me duele la España que grita ‘a por ellos’ y la de los que se desternillan y lo elogian también; me duele la España que ronda por las calles de Barcelona, de Mataró, de Valencia, de Madrid agrediendo a personas de izquierdas, a independentistas, a personas de origen migrante, a periodistas sólo por pensar como piensan o por ser quiénes son; me duele la España que calla ante las agresiones, que disimula ante el fascismo y la España que los justifica a gritos o en silencio; me duele la España que persigue a maestros, profesoras, padres, madres, políticas, activistas; la que pega a nuestras abuelas y esconde la mano; me duele la España de la postverdad y la de los medios de comunicación al servicio de los que tienen el poder.

Me duele la España que no quiere que Catalunya se vaya pero que la retiene con burlas, violencia y humillaciones; me duele la España que demoniza al nacionalismo catalán y, sin embargo, aunque lo niega, se erige sobre un nacionalismo español autoritario y virulento; me duele la España que se enorgullece de estar unida sin preguntarse si es fraterna, si es justa o si es democrática y que no reconoce de una maldita vez que dentro y fuera de la meseta es plural.

Catalunya també

També Catalunya em fa mal. Em fa mal la Catalunya que es posa de la banda del govern espanyol per imposar de manera il·legítima l’article 155 de la Constitució espanyola i em fa mal la Catalunya que viu d’atiar, mitjançant la demagògia i la mentida, la frustració de la gent per convertir-la en ressentiment i guanyar així vots; em fa mal la Catalunya que s’alimenta de l’odi.

Però també em fa mal la Catalunya que increpa unes adolescents en mig del carrer per parlar castellà, o la Catalunya que porta dècades rient de la meva mare per no “parlar bé el català”, la que em va fer sentir durant tants anys avergonyida per ser “txarnega”; em fa mal la Catalunya que es pensa que és millor que altres pobles, la Catalunya que insulta Andalusia anomenant-la gandula i la Catalunya que menja maduixes de Huelva mentre ridiculitza els seus jornalers.

Em fa mal la Catalunya que ha desmuntat des de l’any 2010 molts dels mecanismes que s’havien construït per combatre les violències masclistes i les desigualtats de gènere i també la que pensa que no se n’han de construir més; em fa mal la Catalunya que s’oblida de les terres de l’Ebre, de terres gironines o de terres de Ponent; em fa mal la Catalunya que porta dècades veient el Baix Llobregat com “els altres catalans” mentre es posava a la butxaca el 3% i el 4%; em fa mal la Catalunya que pensa que només per ser catalana la República serà més justa i la que no ha admès matisos, zones grises ni discrepàncies amb el full de ruta de Junts pel Sí. Em fa mal la Catalunya que encara no ha explicat on estaven les famoses estructures d’estat, els suports internacionals o la unilateralitat màgica que mai no van arribar.

Em fa mal la Catalunya que continua pensant que els presos polítics independentistes mereixen més suport que els d’Aturem el Parlament, la que pensa que és legítim desobeir un Estat espanyol autoritari però no un Parlament català que legisla en contra de les classes populars; em fa mal la Catalunya que plora per la violència contra les que vam votar l’1 d’Octubre però que mai condemnarà la repressió contra les que vam ocupar les places el 15 de maig; em fa mal la Catalunya que plora les ferides fruit de la brutalitat de la Guàrdia Civil i la Policia Nacional, però no les dels Mossos d’Esquadra; em fa mal la Catalunya que no ha entès encara que sense el sobiranisme no independentista, sense l’anarquisme, sense l’antifeixisme, sense el 15M, ni l’1 d’Octubre ni la resposta a la repressió de l’Estat espanyol no haguessin estat tan grans ni transversals; em fa mal la Catalunya que defensa aturades de país però condemna o reprimeix vagues generals.

Em fa mal la Catalunya que no farà balanços dels dos darrers anys i continuarà avançant sense escoltar, enganyant-se i, potser sense ser-ne conscient, enganyant. Em fa mal la Catalunya que no entén que potser la desobediència a l’Estat és legítima però no ho és la unilateralitat respecte a una majoria àmplia de la nostra gent.

Em fa mal la Catalunya que s’enfadarà amb mi per haver-me atrevit a dir que Espanya em fa mal però que Catalunya també.

Artículo publicado en El Salto el 13/11/2017