Mes: Setembre de 2014

Una franquicia de cuerpos y afectos

Sandra Ezquerra | Catalunya Plural. Mi amiga Marta me contaba hace días su intención de impugnar una convocatoria de una administración pública por considerarla discriminatoria hacia las mujeres y, particularmente, hacia las que son madres. Marta no sólo es amiga mía sino que también trabajamos juntas en la universidad. Las y los que nos encontramos en ese ámbito laboral nos vemos sometidos a una enorme presión para producir de manera constante: producir artículos, producir libros, producir proyectos, producir interminables líneas en nuestro Currículum Vitae. Nuestro futuro y estabilidad laboral dependen de ello y, a menudo, nos encontramos trabajando por las noches, durante los fines de semana o en períodos vacacionales para conseguir estar a la alturas de las exigencias de las agencias de calidad universitaria. Éstas, de manera similarmente caprichosa a las de la calificación de la deuda, deciden de manera periódica si lo que hacemos tiene suficiente rigor y valor. Son sus veredictos los que, en parte, nos ayudan (o todo lo contrario) a tener acceso a recursos para hacer aquello para lo que fuimos contratados, investigar, y a la vez seguir engordando el saco sin fondo de los méritos que, quizás (sólo quizás) nos pueden mantener alejados del paro y la precariedad.

En los últimos años Marta ha sido madre de dos hijos y sostiene que, al no tomar en consideración los “agujeros negros” que la maternidad suele generar en las trayectorias profesionales de las mujeres investigadoras, la convocatoria nos ubica de manera indirecta, aunque automática, en una situación de desventaja respecto a nuestros colegas hombres: hay un período en nuestro recorrido laboral en el que se nos considera improductivas, perpetuándose así un escenario universitario donde ellos tienen una presencia desproporcionada como catedráticos y en posiciones de gestión, dirección y prestigio mientras que nosotras nos vemos con frecuencia relegadas a lugares periféricos y precarios.

Mientras le expresaba a Marta mi apoyo, no podía evitar pensar que su relato trasciende con creces el ámbito universitario y es paradigmático de lo que está sucediendo en el conjunto de nuestra sociedad. En un momento en el que se nos intenta convencer de que finalmente hemos alcanzado la igualdad de género, casos como el suyo son claros recordatorios de los retos a los que las mujeres, y particularmente las madres con un trabajo asalariado, nos enfrentamos en nuestro día a día. Los vivimos como luchas individuales pero en realidad tienen mucho que ver con cómo nuestras existencias se ven configuradas por las contradicciones de un sistema económico que nos necesita en el mercado laboral pero no duda en relegarnos a jornadas parciales, contratos temporales y sectores precarizados. También tienen que ver con unas políticas públicas que, mientras por un lado nos animan a hacer crecer las patrias tasas de fertilidad (recordemos el famoso cheque bebé de Zapatero o las declaraciones de Javier Arenas promoviendo nuestra permanencia en nuestros hogares), promueven a su vez nuestra incorporación inestable en el trabajo remunerado sin garantizar de manera paralela la creación de servicios públicos que nos ayuden a conciliar las distintas esferas de nuestras vidas. Los recortes en políticas sociales, sanitarias y educativas nos obligan a pasar más horas que nunca cuidando de los y las que nos rodean y los permisos de paternidad siguen sin ser equiparables a los de maternidad. La posibilidad de una vejez digna deviene cada vez más remota ante las exigencias de demostrar cada vez más millones de horas cotizadas sin que nadie plantee el interrogante de, si la población en general ya tendrá en los próximos decenios serias dificultades para satisfacer los requisitos impuestos por las interminables reformas del sistema de pensiones, ¿qué otra opción queda para las madres que elijan (o se vean obligadas a) tomar un empleo que convertirse en súper-mujeres e intentar no morir en el intento?

Ya es profundamente injusto que nuestros “méritos” laborales (un ascenso, una consolidación, etc.) se vean perjudicados de manera sistemática por el mero hecho de que la biología nos permite traer a este mundo seres humanos y alimentarlos con nuestro cuerpo. El hecho de que todo ello tenga tan grave impacto en nuestros derechos, no obstante, resulta inaceptable. Pese a lo que pueda parecer, la respuesta no yace en tener más facilidades para aparcar a hijos e hijas en guarderías, escuelas de verano o en casas de abuelos, y mucho menos en renunciar a la maternidad en aras de mantener nuestra salud y aspirar a una vida profesional.

El problema es complejo y, por ende, la solución también lo debe ser: si los hombres se implicaran en similar medida que las mujeres en cuidar de aquellas personas próximas que lo necesiten, avanzaríamos en dos cuestiones: disminuirían las probabilidades de que las mujeres cayeran de manera sistemática en situaciones de desventaja o discriminación en el ámbito laboral y el trabajo de cuidado pasaría a ser distribuido de manera más equitativa en el marco de los hogares. Pero eso no es todo. Si las jornadas y expectativas laborales que se nos imponen a todos y todas se vieran reducidas hasta convertirse en razonables, no sólo no nos veríamos obligadas y obligados a robar presencia y energía a nuestras familias para destinarlas a nuestro empleo, sino que podríamos asumir, todas y todos, nuestras responsabilidades de cuidados sin tener por ello que convertirnos en permanentes malabaristas del tiempo. Finalmente, si los cuidados pasaran a ser concebidos de incumbencia pública y colectiva, las mujeres podríamos dejar de ser esclavas de nuestro caprichoso destino biológico y participar libremente y de manera igualitaria junto a los hombres en los múltiples ámbitos de nuestras vidas. Todo ello comportaría que las mujeres (y también muchos hombres) pasáramos de ser sedes de franquicias invisibles de cuerpos y afectos a ser, por el mero hecho de existir, sujetos de derechos. Como comportaría también que mi amiga Marta presentara su recurso ante la administración pública y lo ganara.

Artículo publicado en Catalunya Plural el 20/9/2014

Traducció al català aquí

Querido demócrata español

Sandra Ezquerra | El proceso soberanista catalán ha arrojado luz sobre una contradicción mal cabalgada por una parte importante del progresismo español. El apoyo de la izquierda, estandarte histórico de la lucha por los derechos y las libertades colectivas, a la celebración de la consulta en Catalunya ha estado en los últimos años marcado por la tibieza, e incluso no han faltado voces entre sus filas que han embestido contra ella. Las principales razones esgrimidas han sido que el proceso soberanista se encuentra desde sus inicios hegemonizado por la derecha catalana y responde de manera inequívoca a sus intereses. Siguiendo esta lógica, el gobierno de Artur Mas estaría utilizando la consulta para camuflar sus políticas antisociales, políticas muy parecidas a las impuestas por el Partido Popular desde el gobierno español, y el apoyo de ciertos sectores de la izquierda catalana al proceso soberanista estaría favoreciendo la agenda política, social y económica de las clases dominantes, yendo en contra, de esta manera, de las reivindicaciones históricas de las izquierdas.

Ante esta posición resulta necesario realizar dos consideraciones. En primer lugar, y dando momentáneamente por buena la afirmación de que el proceso catalán se encuentra liderado por la derecha, me resulta difícil comprender la debilidad del apoyo a un derecho que, como el de la audeterminación, goza de una inequívoca condición democrática. Si aceptamos, tal y como la izquierda ha hecho históricamente por lo menos sobre el papel, el axioma de que una comunidad debería tener derecho a decidir sobre su propio futuro, la única postura coherente resultante es, independientemente de quién capitanee el rumbo de dicho proceso, defender sus concreciones prácticas en contextos geográficos, políticos, históricos, culturales y económicos específicos. La Catalunya contemporánea no es, por supuesto, ninguna excepción. Sorprende la justificación de la desafección reinante entre la izquierda española hacia el proceso soberanista catalán por la supuesta hegemonía de la derecha ya que, la impulse quién la impulse, una reivindicación democrática, democrática es.

El debate, sin embargo, deviene aún más complejo. No cabe duda de que Convergència i Unió ha aprovechado la crisis económica y el descontento social resultante para reforzar sus posiciones en relación a la cuestión nacional, de la misma manera que llevan más de dos años utilizando el sentimiento soberanista de la sociedad civil catalana para desviar la atención de ésta de los profundos recortes sociales que le han sido impuestos en los últimos años y contra los que, antes del estallido soberanista de 2012, salió de forma masiva a las calles y plazas de todo el país. La crisis, a su vez, tal y como afirma Carlos Taibo, ha contribuido a generar un escenario de alejamiento y descrédito de la ciudadanía hacia las instituciones españolas, descrédito favorecido también por los escándalos de corrupción que han rodeado a la cúpula del Partido Popular y a la misma Casa Real (sin olvidar los protagonizados por aquellos que frecuentan el palco del Palau de la Música), así como por la incapacidad de la mayoría de los partidos herederos de los pactos de 1978 de dar respuestas a las crecientes exigencias democráticas y participativas desde mayo de 2011. Si bien todo ello juega sin duda a favor del gran apoyo ciudadano al proceso soberanista en Catalunya, no debería conducir a nadie a tratar dicho proceso y la derecha catalana como si fueran la misma cosa o aspiraran a caminar en la misma dirección.

Poco dice en realidad de la izquierda española su caracterización de la ciudadanía de Catalunya, y más concretamente de la izquierda catalana, como si no supiéramos quién es Artur Mas y nos estuviéramos dejando manipular de manera inocente por él y sus compadres. Ante tal despropósito y condescendencia, empieza a ser urgente que desde el oeste y el sur del Ebro se entienda que el proceso soberanista catalán, lejos de ser monolítico, se encuentra lleno de pluralidad y tensiones. No sólo no ha sido hegemonizado nunca por Convergència i Unió, sino que Artur Mas lleva dos años arrastrado por un tsunami ciudadano que en vano ha intentado hacer suyo, y su partido no ha dejado de perder apoyo social y electoral desde el año 2012 a favor de una fuerza como Esquerra Republicana de Catalunya. En el mismo período han surgido nuevos movimientos sociopolíticos con vocaciones electorales mayoritarias, como el Procés Constituent, Guanyem Barcelona o el mismo Podem, que, lejos de apostar por un seguidismo acrítico al soberanismo transversal del Govern, han sido capaces de identificar en el actual contexto una oportunidad para vincular las reivindicaciones nacionales con otras de carácter social y democrático. Las encuestas electorales muestran además que esta defensa del derecho a decidir desde las izquierdas no se limita a siglas partidistas cuando anticipan que una confluencia de todas ellas podría situarlas, en próximas convocatorias electorales, en el primer o segundo puesto de las principales instituciones catalanas.

Frente a este escenario cruzo los dedos para que la izquierda española se sitúe a la altura de las circunstancias y tenga mucho valor. Los cruzo para que tenga el coraje, en primer lugar, de autoexaminarse de manera honesta y, en lugar de rebatir las aspiraciones nacionales de sus camaradas catalanes con purismos ideológicos, se pregunte hasta qué punto no está cayendo en ese nacionalismo del que últimamente nunca se habla, el español, que, al igual que el catalán, nacionalismo es, pero, a diferencia de aquél, niega el derecho a la autodeterminación. La historia nos ha enseñado con creces que el internacionalismo mal entendido no debería ser nunca coartada de patriotismos silenciosos. Cierto es que la derecha catalana no ha sido nunca solidaria, pero tampoco lo ha sido la española. ¿Acaso no barren las dos para casa sea en forma de fronteras, de sobres y/o de bolsillos? ¿Acaso no defienden las dos a sus castas más aún de lo que defienden sus banderas?

En segundo lugar, ojalá la izquierda estatal sea capaz de diagnosticar la pluralidad política y social del soberanismo catalán y comprender, de esta manera, que las reivindicaciones nacionales permiten en estos momentos en Catalunya abrir un debate sobre el modelo de país, debate en el que la derecha se encuentra profundamente incómoda y que la izquierda aprovecha para poner sobre la mesa reivindicaciones sociales y democráticas por las que lleva años batallando. En tercer lugar, espero que la izquierda española dé apoyo a todos los espacios sociales y políticos progresistas que ahora mismo en Catalunya ven la centralidad de la cuestión nacional como una oportunidad para vincular libertades democráticas con derechos sociales y económicos; espacios que, como bien expone Jaime Pastor, parten del demos y no del etnos; buscan contribuir a la profundización del conflicto centro-periferia en aras de poner en jaque a un régimen español putrefacto y en vías de descomposición; y se empeñan en empujar en la misma dirección y con las mismas aspiraciones que los y las demócratas del resto del Estado español: deslegitimar a un gobierno español de raíces, talantes y comportamientos antidemocráticos, contribuir al inicio de una ruptura constituyente desde los márgenes y conquistar la soberanía real y plena para todo el mundo.

Es por todo ello que te pido a ti, querido demócrata español que me lees, que no nos dejéis solos. Ahora más que nunca necesitamos que seáis nuestra voz y nuestros puños levantados. Necesitamos que rompáis el monopolio que el Partido Popular y amplios sectores del Partido Socialista Obrero Español creen ostentar sobre una España unida, intolerante, sorda. Mostradles, como nosotros hacemos, las otras Españas: las Españas rebeldes, las Españas que saben escuchar, las Españas diversas, las Españas demócratas. La tensión política entre el gobierno español y amplios sectores del pueblo de Catalunya se intensifica y no cabe duda de que en las próximas semanas hará estallar más de un termómetro. Queremos votar y tenemos todo el derecho. No hay duda de que habrá muchas más probabilidades de que podamos hacerlo si rompéis vuestro silencio y, no cabe duda tampoco de que nuestro voto, nuestra rebeldía y nuestro grito harán más plausibles los vuestros. El rival es común. Nosotras y nosotros nunca lo hemos olvidado. Espero que no lo hagas tú tampoco.

Artículo aparecido en Público el 14/9/2014

Un Sí-Sí Infinit

11s2014

Fa dues Diades, fins i tot l’any passat, era molt difícil sortir al carrer l’11 de setembre a reivindicar drets socials per al poble de Catalunya. La gent ens deia: «avui no toca» «avui hem d’estar units» «primer la independència i després ja en parlarem». Hi ha moltes persones i interessos que ens ho segueixen dient però, avui, ens podem felicitar per haver col·locat sobre la taula la necessitat de treballar per a que el nou país sigui de i per a les majories; per haver obert esquerda en un procés sobiranista que Convergència i Unió havia pensat que es faria seu; i per haver deixat ben clar que no ens serveix qualsevol Catalunya independent.

Vivim temps d’incertesa i en les properes setmanes aquesta incertesa es farà més gran. S’acosta una més que probable prohibició del nostre dret a decidir per part del Tribunal Constitucional, una més que probable prohibició de la nostra llibertat per part del govern del Partit Popular i una més que probable retirada de promeses per part del govern de Convergència i Unió.

Front aquest triple No-No injust, antidemocràtic i covard, avui hem de seguir empenyent per un Sí-Sí infinit i més ferm que mai. Seguim empenyent per un Sí-Sí innegociable a votar el dia 9 de novembre, passi el que passi. Un Sí-Sí esperançador per emancipar-nos d’un govern espanyol i un règim que porten el franquisme i els silencis de la Transició al seu ADN; d’una monarquia corrupta, parasitària i decadent.

El nostre Sí-Sí, tanmateix, també ha de sonar ben alt per obtenir sobirania plena del poder financer del qual el Deutsche Bank n’és un clar representant. Sobirania plena dels lladres que parlen alemany, però també dels que estiuegen a la Cerdanya i seuen als palcs del Palau de la Música i a les tribunes del Barça. Un Sí-Sí a una forma de fer política i de governar transparents, democràtiques, des de i per a la ciutadania. Un Sí-Sí per aturar les retallades als nostres drets, al nostre futur, a les nostres vides. Un Sí-Sí de Sobirania Plena per als nostres cossos: per decidir si volem ser mares o no; per decidir com volem viure els nostres afectes i la nostra identitat. Un Sí-Sí per auditar el deute i deixar ben clar que no pensem pagar-lo. Un Sí-Sí per desterrar les lleis d’estrangeries i els CIEs; per declarar il·legals els desnonaments. Un Sí-Sí de complicitat i solidaritat amb els companys i companyes de més enllà de l’Ebre, de més enllà dels Pirineus, de més enllà del mar… que lluiten cada dia per un país, per una societat, per un món just i ple de llibertat. Un Sí-Sí a una República Catalana, però també a una Europa, i tot un planeta, del 99%.

Vivim temps d’incertesa i d’incertesa encara se n’acosta més. Però si una cosa hem de tenir clara és que avui, més que mai, és possible multiplicar el Sí-Sí valent i tombar els Sís a mitges o els No-Nos. Ara, més que mai, seguim treballant per un Procés Constituent de la gent. Sí que podem. I sí que ho farem.

Intervenció de Sandra Ezquerra a l’acte del Procés Constituent l’11 de setembre de 2014

¿En búsqueda de la tribu perdida? Comentario a “¿Quién cuida a los mayores?”, de Mª Jesús Miranda

Sandra Ezquerra | En su texto ¿Quién cuida a los mayores?, Mª Jesús Miranda examinaba a inicios de la década de los noventa la evolución histórica del rol de las mujeres en el cuidado de las personas mayores en aras de plantear un debate sobre su desarrollo futuro.

Desde la centralidad de la familia extensa- en su sentido más amplio- en las sociedades europeas preindustriales, pasando por el surgimiento de las prestaciones públicas y las distintas fórmulas de iniciativas de beneficencia a partir del siglo XIX, las mujeres han asumido históricamente, exponía con atino la autora, el cuidado de las personas mayores tanto en el seno de los hogares como en sus múltiples variantes externalizadas.

La precariedad de este equilibrio, sin embargo, se empieza a visibilizar a partir de la década de los setenta del siglo XX, en la que convergen diversos fenómenos: en primer lugar, a pesar de que la “edad de oro del capitalismo del bienestar” promueve la independencia y autonomía de las personas mayores, el aumento de la esperanza de vida contribuye a un envejecimiento de la población así como al incremento del número de personas mayores- más mayores que nunca- con necesidades de cuidado y/o de atención para realizar sus tareas cotidianas.

A pesar de ello, en segundo lugar, la llamada crisis fiscal del Estado originada durante aquellos años determinará una tendencia- inconclusa a día de hoy- a la limitación del gasto destinado a servicios sociales para personas en situación de autonomía restringida y/o diversidad funcional, incluyendo las personas mayores.

En tercer lugar, la disminución de medios económicos como resultado de la jubilación hace que numerosas parejas mayores, y particularmente los hombres, vean su dependencia del cuidado de otros miembros de la familia, casi siempre las mujeres, intensificada en esta etapa de su ciclo vital.

Todos estos procesos vienen acompañados, según la autora, de una pérdida del sentido de obligación hacia el cuidado de las personas mayores.

En definitiva, una mayor demanda agregada de cuidado, una disminución (irreversible, aunque no lineal) de la oferta de cuidado por parte de las instancias públicas y la continuación de la identificación del cuidado como responsabilidad incuestionada del género femenino, han resultado en la pervivencia de la división sexual del trabajo reproductivo en una emergente crisis de los cuidados.

Si a ello le añadimos la impresionante incorporación de las mujeres españolas al mercado laboral desde los años setenta hasta la actualidad o, dicho de otro modo, una decreciente disponibilidad de mujeres especializadas en el cuidado no remunerado en el ámbito privado, nos encontramos en posición de afirmar que lo que Mª Jesús Miranda atisbaba hace 20 años, y desde entonces ha sido ampliamente reconocido y teorizado por los estudios feministas, se ha convertido en un punto de no retorno: mientras que la organización social del cuidado ha sido históricamente, desde una perspectiva de género, profundamente inequitativa e injusta, a día de hoy queda más claro que nunca que es a su vez insostenible.

Las tendencias descritas por la autora en relación al carácter femenino de los cuidados en nuestra sociedad se mantienen. En la Encuesta de Empleo del Tiempo de 2009-2010, por ejemplo, 3,8% de las mujeres manifiestan que su actividad principal diaria corresponde a ayudar a personas adultas miembros del hogar frente al 2,5% de los hombres.

El Barómetro de Marzo de 2014 el CIS, a su vez, muestra que en un día laborable cualquiera el 39,2% de las mujeres tienen el trabajo doméstico no remunerado como principal actividad frente a un 10,2% de los hombres.

En un patrón similar, el 11,2% de ellas se dedica al cuidado de hijos o nietos en días laborables frente al 2,9% de ellos.

Cabe poner esta información en relación con los datos de actividad laboral. Si bien la tasa de actividad masculina no ha dejado de descender desde mediados de la década de los setenta (en 1976 era de 77,80% y de 65,90% en 2013), la femenina ha seguido en el mismo período la tendencia opuesta: en 1976 la tasa de actividad femenina era del 28,67%, en la época que escribía Mª Jesús Miranda se había incrementado a 37,09% y a finales del 2013 se situaba ya en un 53,31% (Datos de la Encuesta de Población Activa. Instituto Nacional de Estadística).

De esta manera, la continuidad de la atribución social de los cuidados a las mujeres, combinado con el creciente rol laboral de éstas en las últimas décadas, apunta a una intensificación de lo que se viene conociendo como doble jornada o doble presencia de las mujeres.

Esta doble carga de trabajo mayoritariamente femenina, a su vez, constituye un síntoma importante del incremento de las dificultades a las que previsiblemente seguirá enfrentándose la organización tradicional del cuidado de las personas mayores en los próximos años.

Otra tendencia que también apuntaba la autora era el incremento de la presencia de abuelas y abuelos en el cuidado de nietos y nietas como resultado del crecimiento de la llamada tasa de actividad femenina. Este cuidado era identificado por ella como muestra y potencial de solidaridad y reciprocidad intergeneracional, así como fuente de “enriquecimiento” del papel de los y las abuelas.

Estudios recientes, sin embargo, muestran que la creciente dependencia por parte de numerosas familias de abuelos y abuelas para conciliar el cuidado de los y las más pequeñas con el trabajo remunerado de sus padres resulta como poco problemática.

Las personas mayores dedican el 48,9% de su tiempo al trabajo doméstico y familiar, realizando las tareas del hogar y labores de apoyo a otras personas: el 10,1% de la población de 65 y más años se dedicaba al cuidado de nietos/as o hijos/as como actividad principal en un día laborable en 2009 y casi 8 de cada 10 abuelos/as cuida o ha cuidado de éstos.

Esta aportación constituye un recurso fundamental para las familias para poder afrontar el problema de la conciliación entre la vida familiar y laboral: casi la mitad (49,5%) de las personas que cuidan de sus nietos/as lo hace casi a diario y un 44,9% casi todas las semanas, con una media de horas dedicadas todos los días de 5,8 horas.

Por otro lado, casi un 30% lo hace 8 o más horas al día. Esta provisión de ayuda no se circunscribe a los nietos y nietas y un 13,9% de las personas mayores declaran haber prestado ayuda a otras personas cercanas en el último año (en el cuidado personal, ayuda doméstica, en trámites o gestiones, o haciendo compañía) (véase Alfama, Cruells & Ezquerra 2014).

Todo ello indica que el rol de las personas mayores en el cuidado familiar está deveniendo clave y responde no sólo a unos patrones de solidaridad intergeneracional sino también, y muy especialmente, a una carencia estructural de mecanismos de apoyo público en este ámbito.

Dicha carencia se intensifica en el momento actual de crisis económica y afecta de forma muy directa a los sectores sociales con menor capacidad adquisitiva dado que no pueden suplirla contratando servicios privados.

Las cifras hablan por sí solas: el gasto público español en infancia y familia fue en 2011 menos de la mitad de la media europea: 308,9 euros por habitante frente a los 650 de la Zona Euro y los 661 de la UE-15. También las partidas para personas con discapacidad fueron significativamente menores: 404,2 frente a 569,3 y 633,3 (Datos del Eurostat).

Tras los continuos recortes en la Ley de Dependencia desde el estallido de la crisis, a su vez, las personas mayores tienen cada vez menos garantizado el cuidado y la atención a sus necesidades.

Finalmente, ante el creciente desempleo resultante de la crisis las familias cada vez más se ven abocadas a aceptar empleos fuera de su lugar de residencia, en horarios inconvenientes, etc., que dificultan aún más la conciliación. Los ingresos a su vez se reducen, lo que dificulta todavía más la externalización del trabajo de cuidados de las personas a cargo.

Tanto los datos laborales y de cuidados femeninos como el desbordamiento en temas de conciliación de las familias agudizado por la crisis económica- desbordamiento que incrementa la carga de trabajo de las personas mayores a la vez que pone en peligro su cuidado y atención- muestran la urgencia de plantear alternativas futuras a la organización y las fuentes de cuidado de las personas mayores tal y como veníamos conociéndolas.

La implicación de los abuelos y abuelas, así como de otros miembros de la familia extensa, resulta sin duda un indicador de fortaleza de redes sociales y recursos a los que las familias pueden recurrir. Sin embargo, no podemos ni debemos aspirar a que el trabajo de cuidados de los y las más jóvenes que las madres (y en muchos casos también los padres) encuentran cada vez más dificultades para conciliar con su actividad laboral, sea asumido por las y los más mayores.

Tal y como expone Carolina del Olmo en su ensayo “¿Dónde está mi tribu?”, las redes familiares y comunitarias han jugado un papel histórico clave en la crianza y el cuidado de las personas a la hora de proporcionar tiempo, atención, apoyo, conocimientos y compañía.

Dicho papel se ha visto socavado en décadas recientes como resultado de los procesos de individualización, atomización y precarización de nuestras vidas impulsados por el apogeo de la economía de mercado, y su recuperación puede contribuir a concebir y (re)construir un paradigma del cuidado desde la cooperación, la solidaridad y la sostenibilidad.
No obstante, cabe no perder de vista dos peligros.

En primer lugar, la tribu (que puede incluir a la familia extensa, las redes de vecindad, los lazos comunitarios, etc.) ha sido una de las esferas en las que se ha reforzado la noción y actividad de cuidar como inherentemente femenina y perteneciente en cierta manera el ámbito de lo privado.

Su posible recuperación, de este modo, debe estar basada en una clara crítica de la división sexual del trabajo y en la voluntad no de rescatar románticamente comunidades perdidas sino repararlas desde un punto de vista transformador (véase Bauman 2001).

El segundo peligro reside en que la tribu (en su sentido amplio) como fuente de cuidado y solidaridad se convierta en coartada para la retirada del Estado de sus responsabilidades de cuidado y provisión de bienestar.

En este sentido, resulta clave abordar el debate sobre la relación entre lo “común” y lo “público”, así como el rol que cada uno de ellos ha de tener en los procesos de reproducción social. Lo “público”, tal como lo entendemos ahora y a pesar de sus numerosas carencias y contradicciones, continúa siendo el único garante de redistribución y derechos universales.

Más que substituirlo, quizás la tribu puede complementarse con él.

También se puede pensar en fórmulas para que uno de los objetivos de “lo público” sea reforzar y apoyar a nuestras tribus y nuestras comunidades. De lo que no hay lugar a dudas es que resulta tarea imprescindible e ilusionante seguir buscando respuestas a tantos interrogantes abiertos por Mª Jesús Miranda.

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Alfama, Eva; Cruells, Marta; Ezquerra, Sandra (2014, en prensa) “Envejecimiento y crisis: Impactos de la crisis económica en las personas mayores en el Estado español”. Informe Foessa 2014.
Bauman, Zygmunt (2001) Community. Seeking Safety in an Insecure World. Malden, MA: Blackwell
Del Olmo, Carolina (2013) ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual