Homenaje a las mujeres del POUM, parte imprescindible de una historia que no para

Intervención Sandra Ezquerra en las IV Jornadas de la Fundación Andreu Nin. Creo que todas y todos estaremos de acuerdo en que la presencia y posesión de una memoria histórica es fundamental para cualquier movimiento revolucionario, particularmente en un lugar, como el Estado español, en el que la historia fue golpeada de manera tan brutal y donde la verdad yace desde hace ya demasiado tiempo, enterrada bajo décadas de represión fascista y toneladas de hipocresías y cinismos supuestamente transitorios.

Y digo que la memoria histórica es fundamental para los y las revolucionarias del aquí y del ahora porque entender de dónde venimos nos recuerda que no lo reinventamos todo de la nada; nos muestra que somos parte de una rica cadena y un engranaje más amplio de aprendizajes y saltos hacia adelante; nos enseña los aciertos de los y las que nos precedieron, sus errores, sus fracasos, sus victorias; su pasión y su dolor. Todo ello hace que, en los tiempos que corren, donde considerarse revolucionario o revolucionaria no está precisamente a la orden del día, nos sintamos un poco menos solos  y nos reafirma en nuestro instinto por nadar a contracorriente y por negarle la posibilidad a la renuncia y las concesiones.

El POUM significa todo esto para muchos de nosotros. Y a pesar de lo inmensamente valioso de todo ello, para algunas de nosotras hablar del POUM a secas no es suficiente: ya que si bien es imprescindible ahondar en referentes y legados que refuercen y visibilicen nuestro hilo rojo, nos hace falta también encontrar el rastro de nuestro hilo violeta, y de cómo estos dos han ido integrándose y conviviendo juntos en la historia. En este sentido, la celebración de esta mesa y homenaje a las mujeres del POUM me parece una apuesta muy acertada y necesaria.

A día de hoy cada vez somos más las mujeres que apostamos por integrar en nuestra actividad política y nuestra vida cotidiana la lucha feminista con la anticapitalista. Somos cada vez más las militantes que a la vez que denunciamos en los movimientos sociales y en las organizaciones políticas las atrocidades del sistema capitalista, no tenemos ningún problema en rechazar cada vez más enérgicamente la presencia secundaria a la que se nos condena, en tanto que mujeres, tanto fuera de la izquierda radical como dentro de ella.

Para todas nosotras, que insisto, cada vez somos más, es muy especial sentarnos al lado de compañeras que abrieron tantas luchas y sobrevivieron a tantas batallas. Nos urge ganarle el pulso a la desmemoria y al silencio de la historiografía y de la historia para conocer los nombres, las caras, los secretos, los dilemas de tantas mujeres, como las que están aquí hoy, que abrieron tantas brechas, tantas sendas, sendas que, aunque en la actualidad siguen siendo estrechas, son por las que vamos avanzando las mujeres de mi generación y de las generaciones que vienen pisando fuerte detrás de la mía. Nos urge conocer de cerca sus experiencias para dejar de estar tan huérfanas de referentes políticas, de modelos militantes revolucionarios plurales, diversos, inclusivos. Nos honra homenajearlas desde la admiración y el afecto y aprender de sus relatos, de sus canciones, de sus recuerdos, de sus críticas, de sus sueños. Ellas, vosotras, son, sois, una valiosísima inspiración y una parte imprescindible de una maltrecha memoria histórica que necesitamos recuperar.

El riesgo de nombrar es siempre que se quedan nombres en el tintero pero, asumiendo el peligro, me permito pasearos brevemente por los vívidos retratos de Pepe Gutiérrez de algunas de las poumistas, que nos permiten atisbar tantas vidas y nos motivan a seguir buscando pistas por doquier para conocerlas mejor:

Nos cuenta Pepe que en el París del 68, a pesar de los humos vanguardistas que corrían, las mujeres, incluidas las militantes, seguían siendo el segundo sexo y gracias. Explica cómo no se percató de la presencia de Antònia Adroher, siempre silenciosa al lado de Lluis Roc. Esta ausencia derivaba de la propia discreción de Antònia pero también del hecho de que los jóvenes de entonces, con todos sus estudios y todas sus lecturas, seguían contemplando a las mujeres como compañeras o hijas de… Tuvo que pasar un tiempo para descubrir que ellas tenían luz propia, y allí estaba Antònia con una historia que le proporcionó múltiples reconocimientos por sus tareas políticas y pedagógicas (p.43). Aquí tenemos a Mª Teresa Carbonell, recientemente elegida presidenta de la Fundación Andreu Nin en sustitución del compañero Wilebaldo Solano y que tantas historias tiene que compartir aún.

Con la humildad de una costurera militante que siempre había trabajado para seguir adelante, Otília Castellví constituye un testimonio maravilloso de una historia que ella vivió como mujer, siempre desde el bando de los perdedores que no se resignaron (p.117). Carlota Durany destacó por su oratoria y también por su decidida participación en los piquetes, a veces cara a cara con la policía, que por aquel entonces no sabía cómo actuar delante de una mujer (p.121). Además, Durany estaba convencida de que las mujeres están llamadas a “crear constantemente el nuevo espíritu revolucionario”, amén de transmitir la “base revolucionaria de la generación futura”, afirmando los sentimientos “de la comunidad (de la que) resulta más tarde la conciencia de clase y de responsabilidad” (p. 123). También reflexionaba en sus artículos sobre la necesidad de que los hombres, incluyendo a los compañeros revolucionarios, debían ser capaces de alterar sus costumbres cotidianas para adaptarse a los nuevos tiempos.

En relación al papel del marxismo en la lucha de las mujeres, Katia Landau,  principal autora de Las Mujeres en la Revolución, afirmaba que las mujeres del POUM estaban dando un “salto” cualitativo en relación al obrerismo feminista anterior y advertía de las dificultades de conseguir la igualdad de derechos e incluso la consolidación de las mujeres como sujeto político en los tiempos que le tocó vivir.

Mika Etchebéhere, por otro lado, fue la única mujer que ocupó un cargo con mando de tropa en el curso de la guerra civil. La experiencia de la guerra la transformaría, sorprendida por la igualdad que conquistó sobre una columna de varones en la que también participaron unas pocas mujeres (p. 130). Según la historiadora Mary Nash, Etchebéhere se las ingenió para convencer a los hombres de que aceptaran una división igualitaria de las tareas de la columna, pero indudablemente eso sólo se consiguió porque la oficial al mando era una mujer con una conciencia sumamente excepcional en lo tocante a la igualdad de género.

Aquellos años fueron tiempos de avance del feminismo, a los que Mary Low les dedicó una especial atención en sus Cuadernos Rojos, remarcando detalles como la existencia del cartel colgado en algunos burdeles que decía: “Respétala, es tu compañera”. Low contaba las iniciativas de la Secretaría Femenina para clausurar estos establecimientos y detallaba la reacción de algunos milicianos, que se preguntaban qué harían los hombres si se cerraban los burdeles y también qué destino aguardaría a las prostitutas. Pero los hombres sobrevivieron, y al final fueron ellas mismas las que iniciaron la lucha (p. 230). A su vez, María Teresa García Banús estaba convencida de que la mujer tenía que ser independiente del hombre, y que para ello era necesario criticar los hábitos conservadores de éstos, incluyendo los de los más revolucionarios (p. 158).

También encontramos en Retratos Poumistas a Teresa Rebull durante los largos años de exilio en París en su faceta de cantante, y cuyas actuaciones eran actos que animaban a decir no, a luchar por la vida y por la revolución en el sentido más amplio del término.

El Secretariado Femenino del  POUM, creado en septiembre del 1936, nació como un vehículo de atracción de mujeres al Partido. Reclutaron a mujeres para tareas de enfermería, como milicianas, para asistir a clases de lectura y discusión de libros, idiomas, política, puericultura, higiene, confección de banderas y uniformes para el frente y, entre otras cuestiones, derechos de las mujeres. Su órgano de expresión fue la revista Emancipación, en la que las mujeres reflexionaron sobre el papel que la lucha por sus derechos estaba teniendo en el contexto revolucionario, el papel de la Iglesia en la vida de los hombres y las mujeres, y la relación entre vida política y vida cotidiana. A pesar de que el POUM no contó nunca con una organización propia de mujeres, muchas de sus militantes como Olga Tareeva, Louise Gómez, Luisa Ariño, Pilar Romeu, María Manonelles, Pilar Santiago y Luisa Carbonell, entre muchas otras, trabajaron en el marco del Secretariado Femenino y apostaron incansablemente por la emancipación de las mujeres.

Los retratos de todas estas mujeres, y de muchas otras cuyos nombres no han quedado registrados o que no recojo aquí, sirven, para mujeres como yo y muchas de mis compañeras, de recordatorio de que el pasado de las revoluciones no está compuesto únicamente por hombres y que, por lo tanto, el presente y el futuro revolucionarios no lo han de estar tampoco. No somos hijas, o hermanas, o compañeras de… Como ellas, tenemos luz propia y somos parte imprescindible de una historia que no para y que aún tiene mucho que decir. Sus vidas nos zambullen también en otra manera de vivir  esa historia: de contarla y de escucharla. Nos infunden fuerza y nos ayudan a seguir ampliando nuestro lugar, nuestra voz y nuestra presencia en la lucha.

Es por todo esto que las mujeres militantes del aquí y del ahora- muy a pesar nuestro y por lo menos de momento, aún revolucionarias sin revolución- seguiremos buscando el rastro, el legado y las lecciones de todo un grupo de mujeres revolucionarias feministas que fueron parte fundamental de uno de los episodios más ricos y más dramáticos de nuestra historia pero que desafortunadamente han sido olvidadas por ella porque fueron pilladas, tal y como nos cuenta Marta Brancas, entre tres fuegos: el fascismo, el estalinismo y el machismo, incluido el de sus propios compañeros. Como decía Pepe Gutiérrez hace poco, al hablar de ellas recordamos también a todas las militantes del POUM y a todas las mujeres que fueron socialistas y trataron de ser feministas porque se trataba, y se sigue tratando, de dos caras inseparables de la misma moneda.

De ellas y sobre ellas seguiremos aprendiendo y, en homenaje a ellas, continuaremos luchando.

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