La reforma de las pensiones y el 29-S: contra la tecnificación de la política

Hace un par de semanas asistí por trabajo a un seminario sobre los retos a los que se enfrenta el Estado del bienestar en el actual contexto de crisis. Antes de la celebración del curso había tenido la expectativa de que numerosos expertos nos proporcionarían información valiosa para poder debatir en profundidad sobre las encrucijadas ante las que se encuentra el Estado social y valorar las distintas propuestas de acción lanzadas desde múltiples espacios sociales, científicos y políticos.

Nada de eso.

Mis compañeros y yo tuvimos que sentarnos durante tres largos días a escuchar, ponencia tras ponencia, que el envejecimiento de la población española hace impostergable la reforma de las pensiones. Algunos de los ponentes incluso plantearon que el retraso de dos años en la edad de jubilación no supondría, por diversas razones, una solución al inminente cataclismo, y se centraron en la necesidad de ampliar los períodos de cotización requeridos para poder cobrar el 100% de la contribución de 25 a 35 años  así como de incrementar el período de contabilización para el cálculo de las pensiones. Ante las preguntas por parte del público sobre las consecuencias que estas medidas tendrían para las personas cuya vida laboral oficial y productiva haya sido menor de 35 años, para las mujeres que se hayan acogido a excedencias para cuidar de familiares o para los millones de trabajadores y trabajadoras de la nada insignificante economía informal española, tanto moderadores como ponentes, enfundados en trajes impecables y acicalados en pelo engominado, respondieron airados que era inadmisible que se instrumentalizara políticamente la cuestión de las pensiones cuando el debate es única y exclusivamente técnico. Total, pensé yo, sólo estamos hablando aquí de distintos modelos de sociedad ¿para qué politizarlo?

Mientras tomaba notas y me preguntaba cuándo empezó la técnica a reemplazar a la política, esbocé unos números para calcular, según las propuestas de los expertos sentados ante mí, cuándo me sería posible jubilarme. El resultado fue, teniendo en cuenta mi vida formativa, mis numerosos años cobrando en negro y/o cotizando en otro país y mi reciente incorporación en el mercado laboral formal catalán, y aceptando que de aquí a que me jubile no podré dejar de cotizar en ningún momento, tendré suerte si me convierto en pensionista a los 79 años. Eso si aún estoy viva, claro.  Antes de finalizar el seminario, de manera surrealista, después de haber pasado dos días visualizando ecuaciones incomprensibles y oyendo hablar de tasas de dependencia, riesgo de longevidad, rentabilidad de la privatización de la atención a la dependencia, envejecimiento preocupante y pírricas tasas de fertilidad, los organizadores del evento nos deleitaron con una mesa redonda sobre las ventajas y maravillas de los planes privados de pensiones. Mientras tomaba el tren para volver a mi ciudad tras el fin del curso, pensaba que tenía suerte de no haber salido de él con uno de esos planes privados bajo el brazo.

A los pocos días de este episodio, los medios de comunicación han empezado a bombardearnos de nuevo sobre la inevitabilidad de todas las medidas propuestas en mi seminario. Con rabia y frustración he podido leer cada mañana en los periódicos cómo el gobierno de Zapatero vuelve a la carga con la reforma de las pensiones: el alargamiento de la edad laboral y la ampliación de períodos de cálculos y de cotización cada vez se da más por hecha.

Esta mañana, no obstante, ha sido el colofón: los periódicos aparecían con extensos reportajes sobre el sistema de pensiones desvelando, ya no únicamente que la reforma de las pensiones constituye un paso más en el lento pero imparable languidecimiento del Estado del bienestar, sino que en realidad el recorte del sistema público de pensiones es imprescindible para evitar el hundimiento de los fondos privados. Numerosos artículos hablaban sobre el peligro de quiebra de los fondos privados de capitalización que, al estar mayoritariamente vinculados a la evolución de la bolsa, se han venido abajo como consecuencia del colapso financiero de hace dos años. Millones de trabajadores y trabajadoras de todo el mundo ven amenazado su derecho a acceder a las pensiones en las que llevan años invirtiendo y ahorrando, y la crisis de los fondos privados, así como la presión para reducir las pérdidas, está moviéndolos cada vez más hacia inversiones en derivados. La OCDE prevé un incremento de la vinculación entre los fondos de pensiones y los hedge funds, y se espera que los primeros sean actores cada vez más relevantes en los mercados. Como resultado, se vuelve cada vez más imprescindible una reducción de los recursos públicos para la jubilación para que los ciudadanos y ciudadanas se vean obligadas a contratar un fondo privado que, vista la creciente aceleración de la carrera del capitalismo global hacia la auto-implosión, estará destinado a realizar incontables triples saltos mortales sin red en una economía cada vez más especulativa para garantizar que unos pocos se llenen los bolsillos hasta reventarlos y, una vez todo ese dinero se esfume como por arte de magia al estallar la enésima burbuja, desaparezcan sin tener la decencia de explicarles a millones de personas que apostaron a la ruleta rusa su seguridad, su futuro, su vida. Ante todo esto, los gobiernos continúan diseñando nuevos incentivos fiscales para la contratación de pensiones privadas y miran hacia otro lado cuando la ciudadanía les exige que receten medicinas para la psicopatía de sus colegas los mercados y las instituciones financieras. Y, de nuevo, legitiman el robo de unos cuantos derechos nuestros para garantizar el empacho de veinte criminales.

Si sobre algo aprendí en aquel seminario fue sobre el oscuro proceso de crear verdades impepinables disfrazándolas de inevitabilidades técnicas: esboza cuatro ecuaciones ininteligibles con unos cuantos signos griegos, explica a la gente el apocalipsis resultante de no seguir las directrices de las fórmulas que ni siquiera tú entiendes y al cabo de un rato ya tienes otra herramienta para ampliar aún más en el imaginario social la distancia entre lo posible y lo deseable. Y lo deseable cada vez parece más remoto, porque los números ya no dan…

Y de nuevo me pregunto ¿cuando empezó la técnica a substituir a la política? ¿Cuándo empezamos a creernos que nuestro futuro es determinable por cálculos oscuros y crípticos? ¿No será que en algún momento se dieron cuenta de que la verdad “científica” sofoca más rebeliones que la fuerza directa? ¿Para qué reprimir el disenso si puedes convencer a la gente elocuente y pacientemente de que no hay otra vía? Y, lo más importante, ¿cuándo vamos a dejar todos y todas de permitir que nos traten como idiotas y darnos cuenta de una vez por todas de que la pugna por definir las reglas del juego continúa abierta? Nos llevan mucha ventaja, sí, pero seguimos en el juego. ¿Cuándo vamos a dejar de ser jugadores pasivos?

El 29-S podría ser un buen inicio.

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