Intervención de Sandra Ezquerra en el Foro “Por un Socialismo Feminista” en la I Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista [1]

El antifeminismo ya no está de moda. Al menos no en la izquierda radical. Hoy todos y todas somos feministas: los troskos somos feministas, los marxistas-leninistas parece que también se suben al carro, los autónomos son feministas, los indepes también. Y no sólo la Izquierda radical. Izquierda Unida es feminista, el resto de la socialdemocracia es feminista. Zapatero y el mismísimo PP son feministas.

Pero si bien es imprescindible reconocer todas las batallas, históricas y presentes, libradas por el movimiento feminista para entender los avances en los derechos de las mujeres y la creciente legitimidad del término, este “feminismo generalizado” entre la izquierda política y social no debería dejarnos demasiado relajadas.

Permitidme compartir con vosotras y vosotros una anécdota nada anecdótica. Hace algo más de un año asistí en Barcelona a un debate público, organizado por un conocido medio de comunicación alternativo, entre distintos sectores de la izquierda política radical. El objetivo del acto era debatir y hacer balance de las recién celebradas Elecciones Europeas y profundizar sobre las posibilidades de acción unitaria y colaboración entre los diferentes espacios anticapitalistas. Las intervenciones de la y los ponentes trataron sobre la crisis del sistema capitalista, sobre la cuestión nacional y el trabajo con los movimientos sociales, entre muchos otros temas.

Una vez finalizadas las presentaciones, se abrió un turno de preguntas y reflexiones, durante el cual, una mujer asistente preguntó a los y la ponente qué análisis y propuestas tenían sus respectivas organizaciones y plataformas en relación a la lucha contra la opresión de género; que si bien la denuncia de las contradicciones del sistema capitalista había quedado bastante clara, le quedaba la duda sobre cómo ésta se conjugaba con la batalla contra el sistema patriarcal. Las respuestas de dos de los ponentes fueron de la siguiente manera: El primero aseguró que el feminismo estaba plenamente incorporado en el programa de su organización y a continuación urgió a la compañera a visitar su página web para profundizar sobre el tema. Cuando se le pidió que nos hiciera un pequeño resumen de sus propuestas, respondió nervioso con balbuceos, sin ser capaz de articular nada más allá de un confuso “apoyo al permiso para el parto”. El otro ponente hizo gallardía de su honestidad confesando, que al ser un hombre, no sabía demasiado sobre el tema, pero que había una compañera de su plataforma entre el público que nos podía dar más detalles. Aunque quizás sería mejor, añadió, que lo hiciera una vez finalizado el debate para no aburrir al personal.

Si bien creo que Izquierda Anticapitalista es una de las organizaciones de la izquierda combativa en el Estado español que más está apostando por integrar la lucha feminista con el hilo rojo en estos momentos (y ésta es sin duda la principal razón por la que es mi espacio de militancia), no creo que nos podamos permitir el lujo de dormirnos en los laureles. Lo cierto es que la creciente legitimidad de la lucha y el discurso feminista, así como ¿por qué no decirlo? La también creciente prevalencia de “lo políticamente correcto” han hecho que quede ya muy poca gente en la izquierda anticapitalista que se atreva a decir en público que esto del feminismo es una chorrada o que enarbole el manido cliché de que la lucha del feminismo divide a la clase obrera. Pero las bromas sexistas, aunque cada vez menos, se siguen haciendo en privado, la indiferencia continúa ondeando a menudo sobre las cuestiones de género, las organizaciones no están completamente feminizadas ni feministizadas, y nuestro discurso y práctica- tanto la política como la cotidiana- tampoco.

Dicho esto, ¿hemos recorrido camino? Por supuesto. ¿Hemos llegado a nuestro destino? Ni de lejos.

¿Y cuál es nuestro destino?

Tengo buenas noticias. Nuestro destino es triple y, además, es absolutamente innegociable: que el análisis, el discurso y la práctica de nuestra organización sean testigos de una mezcla del rojo, del verde y del violeta. Y cuando decimos mezcla no nos referimos a meros maquillajes estéticos y superficiales. Hablamos de una intersección y confusión de colores en la que el rojo, el verde y el violeta dejen de existir por separado porque dan lugar a un color nuevo, porque no son posibles los unos sin los otros, porque forman parte de una nueva concepción de la realidad, de la resistencia y de la lucha. Hablamos de una estrella internacionalista y de combate donde los tres colores se intuyen pero no se ven porque se funden de forma dialéctica, con altibajos, con contradicciones. Pero también con firmeza. Y sin vuelta atrás.

Este destino, está claro, no es nada fácil. Pero que eso no nos sirva de coartada ni de motivo de desánimo.

1)      Análisis

En la era actual del capitalismo global deviene más evidente que nunca la afirmación de Lidia Cirillo que las relaciones de poder se sostienen recíprocamente, y no es posible contestar una de ellas sin contestarlas todas:

Resulta imposible comprender las piruetas internacionales del capital sin tomar en consideración como éste moviliza y utiliza la opresión no sólo de género, sino también racial y nacional, entre otras, para maximizar beneficios, reproducirse y auto-erigirse como la única alternativa imaginable.

No es posible, por ejemplo, entender el funcionamiento de las ciudades globales estudiadas por la socióloga Saskia Sassen sin tomar en consideración la especialización de numerosos países de la Periferia en la formación y exportación de trabajadoras domésticas y cuidadoras que llevan a cabo el trabajo reproductivo en el Centro en situaciones de gravísima precariedad laboral, social y legal.

¿Qué papel tienen las numerosas Leyes de Extranjería en todo esto? ¿Cómo entendemos la interrelación de sus elementos xenófobos, sexistas y de clase? ¿Qué papel juega esta transferencia internacional de mano de obra reproductiva en un contexto de reestructuración económica y declive del Estado del bienestar? ¿Acaso no constituyen la Ley de Extranjería y normativas como el Real Decreto del Empleo del Hogar, que no reconoce el trabajo doméstico como actividad laboral “real”, parches hipócritas a la llamada crisis de los cuidados?

Tampoco es posible entender el masivo establecimiento durante las últimas décadas de maquilas en México y Centroamérica y de zonas de producción para la exportación en el Sureste asiático, claves todas ellas en los procesos de deslocalización de la industria, sin analizar la feminización internacional de la fuerza de trabajo llevada a cabo durante el mismo periodo. Ésta ha resultado en el desprestigio de ciertos sectores laborales y en el abaratamiento de la mano de obra utilizada en ellos, y ha puesto de manifiesto, a través de fenómenos como el feminicidio de Ciudad Juárez, las enormes resistencias sociales hacia la “emancipación” de las mujeres.

Y hablando de resistencias, ejemplos más cercanos, ¿qué papel juega la creciente presencia de la violencia de género en lugares como el Estado español en el marco de la incorporación de la mujer en el mercado laboral y el cuestionamiento de los roles tradicionales de género que ésta conlleva? ¿Son acaso éstos procesos inconexos? Ignorar la relación entre todos ellos supone hacer un flaco favor, no sólo a las mujeres, sino también, tal y como explica la compañera Cinzia Arruzza, “al marxismo y a un proyecto político de transformación radical de la sociedad”.

2)      Discurso

¿Pero cómo se construye un proyecto político de transformación radical de la sociedad?

Si bien las reivindicaciones feministas suelen girar en torno a la discriminación de las mujeres en el mercado de trabajo y en la sociedad en general, nuestro propósito va mucho más allá de remendar algunos descosidos. Somos más exigentes y más ambiciosas. Recordemos, el rojo y el verde no existen sin el lila.

Por mucho que luchemos por la igualdad de las mujeres en el mercado laboral no la conseguiremos nunca si no acabamos de una vez por todas con nuestra especialización en el trabajo doméstico y de los cuidados, tanto los que son remunerados como los que no.

Por mucho que gritemos consignas contra la violencia de género- tanto la homófoba como la machista- no dejaremos de contar víctimas hasta que la autonomía económica y personal de todas las personas estén garantizadas y hasta que imaginemos, practiquemos y enseñemos nuevas maneras de ser hombres, de ser mujeres, de ser personas, de ser lo que elijamos.

Por mucho que las mujeres denunciemos que continuamos siendo trabajadoras y ciudadanas de segunda, no articularemos una lucha capaz de dar respuesta al patriarcado hasta que no reconozcamos las diferencias raciales, nacionales, de clase y de opción sexual, entre otras, que nos dividen y nos enfrentan a unas con otras. ¿Qué credibilidad podemos tener como feministas anticapitalistas si nos dejamos por el camino a las compañeras de origen inmigrante? ¿Qué sentido tiene si perpetuamos la invisibilidad de las mujeres lesbianas, de las mujeres trans? ¿Qué hipocresía y arrogancia nos permite caer en ver a las prostitutas como a las otras? Nuestra emancipación no puede construirse sobre las espaldas de ninguna otra mujer, de la misma forma que la emancipación de la clase obrera no puede construirse sobre las nuestras.

Por mucho que nos quejemos de que las mujeres somos consideradas “cuidadoras por naturaleza” no conseguiremos alterar el modelo hasta que consigamos una reducción de la jornada laboral remunerada para todas y todos, y un Estado al servicio de las necesidades sociales, que permitan que tanto hombres como mujeres tengan el tiempo, las ganas y los recursos de ser cuidadores sin renunciar por ello a ser trabajadores y ciudadanas de pleno derecho. Hace décadas, cuando a las mujeres se les vetaba la entrada al mercado de trabajo y al espacio público en general su slogan giró en torno al derecho a decidir ser trabajadoras, a ser poetisas, a su propio cuerpo, a ser dirigentes políticas, a ser algo más que cuidadoras. El avance del capitalismo neoliberal de las últimas décadas, ha demostrado que la incorporación de las mujeres en el mercado de trabajo y en la esfera pública, lejos de erradicar la opresión patriarcal, la acentúa y la invisibiliza de manera perversa. Ganamos el derecho a elegir, sí, pero ahora nos damos cuenta de que nuestra “liberación” se ha llevado a cabo en el marco de la misma familia patriarcal, de la misma heteronormatividad asfixiante, del mismo mercado laboral que nos azota con una precariedad cada vez más rampante, del mismo Estado que se retira y se esconde en los despachos del Fondo Monetario Internacional y tras los confesionarios de la Iglesia Católica.

Es por todo ello que hoy, nosotras y nosotros debemos exigir nuestro derecho a no tener que elegir entre público o privado; entre “productivo” o “reproductivo”; entre madre o trabajadora; entre gay y padre; entre gay y hombre; entre autonomía o maternidad; entre profesional o buen cuidador; entre lesbiana o cabeza de familia; entre emancipación o liberación. Lo queremos todo. Lo queremos pronto. Y lo queremos para todo el mundo.

3)      Práctica

El tercer elemento de nuestro destino de fusión de colores es la práctica. No por ser el tercero es el menos importante, pero no tengo la menor duda de que es el más difícil. Y lo es por dos razones. La primera, por las limitaciones objetivas y estructurales a las que las mujeres nos enfrentamos a la hora de llevar a cabo nuestra militancia. Y la segunda, por las nociones patriarcales que, tanto unas como otros, seguimos llevando incorporadas y que marcan y constriñen la participación política de las mujeres.

Es imprescindible descifrar y enfrentarse a todas estas dificultades porque, si no somos capaces de incorporar en nuestra vida cotidiana, en nuestra manera de generar camaradería, en nuestra manera de construir un proyecto transformador, los cambios por los que abogamos sobre el papel y desde la tarima, sinceramente, quizás deberíamos dedicarnos a otra cosa.

Puede parecer difícil de entender, pero la dificultad de conciliar militancia política con vida personal y familiar presenta ciertos paralelismos con la dificultad de conciliarlas con la vida laboral. Lo que se suele llamar la doble presencia, se convierte en el espacio de la militancia política, particularmente en la no profesionalizada como la nuestra, en triple jornada y más. Los y las militantes de la izquierda combativa nos encontramos constantemente haciendo malabarismos para compatibilizar nuestro compromiso político con nuestro trabajo remunerado, con nuestro cuidado del hogar y de nosotras mismas, con nuestro necesario tiempo de ocio y descanso, con nuestros deseos de crear una familia y disfrutar de ella. Si bien estas tensiones nos afectan a todas y todos, los hombres y mujeres que conformamos la izquierda radical no vivimos envasados al vacío, y nos vemos afectados por las mismas contradicciones y desigualdades que el resto de la sociedad, así que normalmente solemos ser las mujeres las que acabamos relegando nuestra participación política a un segundo término ante la urgencia de otras responsabilidades y tareas que, en tanto que mujeres, nos son atribuidas de manera automática.

Mirad a vuestro alrededor, o en vuestras células y territorios, y decidme cuantas compañeras militantes veis de más de 30 años y menores de 50 o simplemente compañeras con hijos o nietos pequeños, o con padres mayores o enfermos. No somos muchas y, para que no seamos cada vez menos, habrá que luchar firmemente, no sólo en nuestro discurso sino de puertas adentro también, por el derecho a no tener que elegir.

Dicho esto ¿cómo concebimos un modelo de militancia política que no reproduzca ni perpetúe las desigualdades de género estructurales de las que partimos? Una militancia sostenible que no sólo garantice la plena participación de aquéllos, y sobre todo aquéllas, que tenemos responsabilidades múltiples, sino que también cree espacios para compatibilizar política con la maternidad, con la paternidad, con el ocio, con la formación continua, con el descanso, ¡con la vida!

Izquierda Anticapitalista es una organización joven que, aunque heredera de legados, saberes y tradiciones, apuesta por una nueva forma de hacer política. Se está haciendo un trabajo importante para feminizar la organización y sus órganos de dirección; se está apostando por la formación teórica y la elaboración discursiva y programática feminista; se está participando de manera activa en el movimiento feminista en múltiples ciudades del Estado español y a la vez se está trabajando cada día por importar el feminismo al resto de movimientos.

Y, cómo no, somos una de las pocas organizaciones políticas en todo el Estado con una mujer como cabeza visible.

Todas estas apuestas se notan desde fuera y, en cierta manera, son nuestra marca. Uno de nuestros signos distintivos. Y eso está bien. Está muy bien. Pero no es suficiente. También tienen que ser nuestro fondo y guiar nuestra forma de hacer política.

Hemos de apostar cada día por una organización que refleje de manera contundente las denuncias y las luchas del feminismo anticapitalita, antirracista, antihomófobo y anticolonial y que contribuya a enriquecerlas y hacerlas crecer. Pero también por una organización donde las compañeras mujeres se sientan tan libres de hablar, de levantar su voz y articular su rabia como los hombres. Donde los compañeros sientan cada centímetro de la lucha feminista como propia, donde se rebelen ante cualquier acción machista (incluidas las suyas) que presencien y se erijan cada día como nuestros aliados más incondicionales. Donde el modelo clásico de militante masculino carismático y heroico tenga cabida, pero donde también quepan otros registros, otros volúmenes, otras presencias. Donde la división sexual del trabajo no exista y donde todas y todos asumamos responsabilidad por las formas en que reproducimos dinámicas opresivas: desde lo público y desde lo privado. Desde la cabeza y desde el corazón.

Creo que vamos en la dirección correcta y, como dice el poeta, se hace camino al andar. Estamos aquí para cambiar el mundo, y para eso hemos de cambiar nuestra manera de mirarlo, de explicarlo y de movernos por él. Sin victimismos pero sin excusas, sin titubeos y sin concesiones.

Y eso quiere decir, entre muchas otras cosas, que la pregunta que se plantea en este foro tiene una respuesta muy sencilla. ¿Qué es un socialismo feminista? El único posible. Porque si no es feminista, no es ni anticapitalista, ni revolucionario. Ni siquiera socialismo.

El violeta no está en un par de puntas de la estrella. Se mezcla con el resto de colores en cada rincón para acabar dándole una nueva tonalidad. El feminismo no complementa al socialismo sino que lo transforma, lo sacude de arriba abajo en sus análisis, en sus discursos y en sus prácticas. Y lo convierte, hacia fuera y hacia adentro, en un proyecto de emancipación más rico, más complejo, más sólido y más honesto.

Y en eso estamos. En eso estaremos. Haciendo camino.

[1] Fotografías de Óscar Ezquerra y Jose Téllez

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