El Tijeretazo como hilo conductor y como palanca

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Aseguró una y otra vez José Luis Rodríguez Zapatero que esta crisis no la podían pagar l@s más desfavorecid@s. Juró y perjuró que la reducción de gasto público prevista en su Plan de Austeridad no afectaría al gasto social. Después de seis años de focos multicolor de medidas progresistas subsidiarias de un telón de fondo claramente neoliberal, el gobierno del PSOE finalmente se queda sin tablas social-demócratas, sin cortinas de humo, sin posibilidades de distraernos más. El Tijeretazo anunciado ayer, que supera las traiciones del gobierno de Felipe González y las más obscenas fantasías incumplidas de José María Aznar, pone de una vez por todas, de manera inequívoca, fin a la farsa. Mientras que Zapatero accedía a la Moncloa en el 2004 con una pose heroica de indomable desafío a la Casa Blanca de G.W. Bush, ayer aceptaba sumisamente las directrices del nuevo inquilino de la misma Casa y de sus compadres del FMI y la Comisión Europea.

Si bien el salto a la luz de lo que llevamos tiempo anunciando y denunciando tiene algo de validación (por supuesto, ¡siempre hemos tenido razón!), no es tiempo de congratularse. La lluvia de contra-reformas y contra-políticas que han ido tejiendo la alfombra roja que nos ha conducido a los titulares de hoy, no han provocado hasta ahora, desafortunadamente, una movilización social significativa. Las luchas han continuado, con pocas excepciones, estando fragmentadas, y la Izquierda política y social se ha topado una y otra vez con el autismo desmovilizador de los grandes sindicatos y la izquierda institucional. Peor aún, lo más probable es que este último episodio de despropósitos del gobierno no haga más que abonar el camino para el regreso de un Partido Popular más ocupado jugando a Los Soprano que en hacer oposición, reaccionaria, pero oposición al fin y al cabo. Si lo del PSOE nos escandaliza y nos indigna, ya podemos empezar a temblar ante las posibles alternativas de un Rajoy okupando la Moncloa.

Sin embargo, que no sea tiempo de felicitarse no significa que no sea tiempo de seguir trabajando. Si una cosa tienen de consistente las medidas incluidas en el Tijeretazo es que todas ellas afectan a los sectores populares y más desfavorecidos: jubilados, millones de trabajadores y trabajadoras, personas en situación de autonomía restringida, “profesionales” de la Dependencia, padres y (sobre todo) madres, las clases populares en los países del Sur, etc. Ante la acusación de esquizofrenia de parte de la Oposición, la presente etapa del Plan de Austeridad es absolutamente coherente en dos sentidos: en la inamovible receta de hacer pagar los platos rotos a l@s que ni siquiera estaban invitad@s al banquete y en su profundización de décadas de consolidación del capitalismo patriarcal neoliberal. He ahí el hilo conductor central y la palanca imprescindible de nuestra respuesta.

Hace unos años seguí muy de cerca el intento de un puñado de trabajadoras domésticas y cuidadoras inmigrantes de reformar la normativa laboral californiana que discrimina a las trabajadoras reproductivas remuneradas respecto al resto de trabajadores y trabajadoras. A pesar del empeño férreo con el que llevaron a cabo su lucha, la reforma de ley fue desbancada por el gobernador Schwarzenegger y numerosos senadores y congresistas del estado norteamericano. En ese contexto, mientras que la oposición de los think tank y políticos conservadores y de los propietarios de las residencias privadas fue más que anticipable, la (imprevista) resistencia que realmente dinamitó la lucha de las trabajadoras por unas condiciones laborales más dignas fue la de múltiples asociaciones de personas mayores y colectivos de hombres y mujeres en situación de dependencia. Tristemente, vieron la mejora de las condiciones de “sus” cuidadoras como una amenaza a su propio bienestar en lugar de aunar fuerzas con ellas para visibilizar y denunciar una realidad inamovible: que tantos un@s como l@s otr@s eran víctimas de un sistema político-económico que, de manera simultánea, deja en la cuneta a aquéllos que no pueden valerse por ellos mismo y legaliza la explotación de aquéllas que, en precarias situaciones laborales, legales y vitales y ante el imparable retroceso del Estado de lo “público” y del “bien común”, cuidan de ellos porque nadie más lo hace y porque, como el resto, tienen que comer. La lección que aprendieron las mujeres de su derrota fue que, antes de emprender la siguiente batalla, tenían que establecer alianzas y tejer solidaridades con todos aquellos sectores populares, incluyendo a las personas mayores y con discapacidades, con los que, más allá de la obscena competición por escasos recursos públicos, compartían el triste honor de ser l@s parias, l@s marginados, l@s olvidados por un sistema gestionado por unos pocos y que tiene secuestrad@s al resto.

Ésta fue su lección. Y también ha de ser la nuestra. Si alguna vez l@s funcionarios de este país tuvieron la ilusión de inmunidad ante la creciente inseguridad que sufrimos el resto de trabajadoras y trabajadores, hoy tendrán que reconocer que comparten más de lo que pensaban con nosotros, así como con la madre que dejará de recibir apoyo público por contribuir al crecimiento de las tasas de fertilidad occidentales, que a la vez verá inevitablemente la conexión entre su pérdida y la del pensionista que se pregunta si a partir del año que viene le llegará para el bono-bus. Y a la vez tod@s ell@s se interrogarán por qué sus derechos son barridos bajo la alfombra de esparto de manera equiparable a tod@s aquell@s desconocidos remotos de Latinoamérica que luchan cada día por sobrevivir. Y así hasta el infinito.

He ahí nuestra lección, nuestro hilo conductor, nuestra palanca. Mirarnos cara a cara y reconocer que, más allá de un puñado de beneficios parciales, tod@s somos víctimas de un sistema depredador y de un@s políticos que lo gestionan como quién juga al Monopoly un domingo por la tarde. Sólo estableciendo y articulando las conexiones entre nuestra exclusión, nuestra opresión, nuestra explotación, podemos empezar a comprender lo que realmente está en juego. Y sólo unificando nuestra rabia, nuestra fuerza, nuestros sueños por construir otro mundo, podremos empezar a pensar y actuar seriamente para conseguirlo.

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