A propósito de las crisis ¿qué pasa con la de los cuidados?

Sandra Ezquerra. Llevamos ya más de un año hablando de crisis y, frente a la versión oficialista de los medios de comunicación y la clase política profesional, los movimientos sociales y la izquierda anticapitalista siguen insistiendo en su carácter sistémico y multidimensional. Lejos de ser un mero tropezón en el imparable avance del capitalismo global, la presente crisis responde a las propias contradicciones internas del sistema y su tendencia innata hacia la creación destructiva. Ello hace que sus efectos se multipliquen y que, desde distintos sectores, se esté hablando no únicamente de crisis económica o crisis financiera, sino también de crisis ecológica, crisis alimentaria o crisis climática. Pocas veces, no obstante, se menciona otra cara de la crisis del sistema: una que evidencia de forma especialmente directa la irresoluble contradicción entre la lógica del beneficio económico y la del bienestar de las personas, y que, teniendo en cuenta que las mujeres hemos sido, de manera histórica, las principales responsables de cuidar a los y las que nos rodean, nos golpea a nosotras de manera particularmente dramática.

Numerosos países occidentales, entre ellos el Estado español, sufren desde hace años lo que se ha venido a llamar la crisis de los cuidados o la puesta en evidencia de la incapacidad social y política de garantizar el bienestar de amplios sectores de la población. Dicha crisis ha sido resultado de la entrada generalizada de las mujeres en el mercado laboral durante las últimas décadas, del envejecimiento progresivo de la población y de los efectos privatizadores que décadas de políticas neoliberales han tenido sobre el Estado del bienestar. Estos factores, junto a los nuevos modelos de crecimiento urbano, que a menudo han derivado en la desaparición de lugares y procesos colectivos del cuidado, así como la precarización y la atomización de nuestras vidas cotidianas, han multiplicado las cargas y responsabilidades de muchas mujeres con familiares en situación de dependencia, y han visibilizado la creación de un vacío de presencia y de cuidado para numerosas personas en situación de autonomía restringida. Todo ello ha puesto de manifiesto la insostenibilidad de la organización tradicional del cuidado, que ha sido realizado históricamente por las mujeres de forma invisible y no remunerada, así como la necesidad acuciante de redistribuir de una forma socialmente justa y colectiva la responsabilidad por el bienestar de las personas.

Sin embargo, ante esta situación, la respuesta de los distintos actores implicados ha sido profundamente decepcionante, ya que el trabajo de cuidado continúa considerándose una tarea inherentemente femenina a la vez que socialmente marginal y económicamente irrelevante. Si bien recientemente en el Estado español hemos presenciado un cierto aumento de escuelas infantiles o la aprobación de la Ley de Dependencia, estas medidas han sido insuficientes y no cuestionan la división sexual del trabajo. Además, quedan diluidas tras la imparable implementación de las políticas neoliberales de privatización, liberalización y desregulación de los servicios públicos. Por otro lado, las empresas siguen evitando cualquier tipo de cambio real que las aleje de su lógica del beneficio económico y, ante el debilitamiento de la familia extensa como red de apoyo fundamental y la persistente evasión de responsabilidades por parte de los hombres, las mujeres seguimos siendo consideradas como las principales abastecedoras del cuidado en el marco de la familia. Ello se da de manera paralela a nuestra sobreexplotación específica en el mercado laboral y a la multiplicación de la doble presencia femenina. Las más privilegiadas, ante la dificultad de obtener apoyo por parte del Estado o de sus compañeros, recurren al mercado para comprar un cuidado que en gran medida es llevado a cabo, en condiciones de gran precariedad, por mujeres inmigrantes.

Si bien los Estados occidentales evaden su responsabilidad a la hora de proporcionar soluciones públicas y sociales a la crisis de los cuidados, no muestran ningún pudor a la hora de diseñar leyes de extranjería que canalizan la entrada de mujeres inmigrantes a la Europa Fortaleza, incluyendo el Estado español, ofreciéndoles como única oportunidad laboral y vital la realización de unas tareas domésticas y de cuidado respecto a las que todo el mundo se está lavando las manos. Pero el escenario es aún más complejo: la llegada de cuidadoras extra-comunitarias al Estado español no es más que el resultado del creciente éxodo de millones de mujeres de países del Sur fruto de la restructuración económica impuesta desde Occidente y sus instituciones financieras durante décadas, que han desembocado en elevadas tasas de paro y asfixia del sector público y han golpeado de manera particularmente severa a las mujeres de esos países. Ante la imposibilidad de mantener a sus propias familias, muchas de ellas emigran a lugares como el Estado español para cuidar a las familias de otros y otras. En el marco de una creciente división jerárquica internacional del trabajo y de los derechos, mientras que estas mujeres preparan nuestras cenas, hacen nuestras camas, cuidan a nuestros hijos y acompañan a nuestros ancianos, sus hijas se crían solas durante años, hasta que acaban viniendo a substituir a sus madres, dejando, ellas también, a sus familias atrás. De esta manera, la “cadena transnacional del cuidado” se convierte en un dramático círculo vicioso que garantiza la pervivencia del status quo a la vez que invisibiliza su naturaleza excluyente.

En un momento en el que nos encontramos a punto de celebrar, de nuevo, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, es importante y urgente visibilizar la crisis de los cuidados como fruto de un sistema que no incluye el bienestar de las personas en sus ecuaciones incomprensibles, de unas ideologías de género que siguen garantizando que las mujeres cuidemos de todos, de todas, de todo y de unas desigualdades internacionales que provocan el éxodo de millones de mujeres y que sirven de coartada para la mercantilización del cuidado y su imparable marginación. Hace falta un cambio ya: de expectativas, de lógicas y de sistema. Y por todo ello, en estos momentos de crisis y desesperanza, pero también de lucha y de ilusión, no tiene sentido ser antipatriarcal si no se es también anticapitalista. No tiene sentido ser anticapitalista si no se es también antipatriarcal.

Versión resumida del artículo aparecido en Diagonal, Viernes 4 de Marzo, número 121

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