Mes: gener de 2010

Acomiadaments de SEAT: un toc d’atenció per a qui?

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SEAT va acomiadar recentment 300 treballadors suposadament per “baix rendiment”. Després de les negociacions entre l’empresa i els sindicats, els treballadors tindran dues opcions: O bé trien abandonar per sempre l’empresa cobrant la indemnització de 60 dies per any treballat, o bé opten per 20 dies per any a canvi de la possibilitat de reingressar en 2011, encara que perdent la seva antiguitat i el complement salarial associat a ella. A més, segons l’empresa, la readmissió no està garantida, ja que els treballadors hauran d’acreditar “un canvi d’actitud” mitjançant el seguiment de cursos de formació durant tot aquest any i la realització d’un examen. És a dir: o a) perds la feina per sempre o b) la perds durant una temporada i potser et readmetem pagant-te menys diners i humiliant-te amb cursos i exàmens. Triïs a) o b) la culpa serà teva perquè no has treballat prou.

No ha de sorprendre llavors, que només 40 dels 300 acomiadats hagin optat per la readmissió. Dels que no ho han fet, alguns estan a prop de la jubilació i molts estan indignats  per l’acusació de que no treballen. El que sí sorprèn, no obstant, són les declaracions de CCOO i UGT, que consideren un triomf els resultats de les recents negociacions entre SEAT i els sindicats. Segons ells, el desenllaç del conflicte és un “toc d’atenció” per a l’empresa, ja que demostra que no es poden dur a terme acomiadaments col·lectius de forma unilateral. L’autoindulgència de les cúpules sindicals contrasta amb la satisfacció de l’empresa, que no ha sentit cap pudor a l’hora de declarar que han assolit el seu objectiu d’acomiadar quasi 300 treballadors sense haver de presentar un Expedient de Regulació d’Ocupació.

Jo no sóc una experta en aquests temes, però en un escenari en el que els treballadors han de triar entre l’acomiadament definitiu i un de temporal que no deixa de ser una coartada per retallar salaris i garanties i un càstig arbitrari sota la rúbrica de la “baixa productivitat” del que només seran redimits si “es porten bé”, si hi ha algun “toc d’atenció” per a algú, aquest és, sense dubte, per als mateixos treballadors, per als sindicats i per a totes nosaltres.

Un toc d’atenció als treballadors perquè els recorda que l’empresa té la capacitat de posar-los al seu lloc en qualsevol moment utilitzant discursos que els culpabilitzen de la seva situació i, sense haver de sortir-se dels marges de la llei, retallar els seus drets laborals de manera impune. A més, malauradament, aquest desenllaç ens recorda que la presència del dilema entre el mal i el mal menor està esdevenint dolorosament freqüent i familiar.

Un toc d’atenció als sindicats majoritaris perquè es constata, una vegada més, que les estratègies sindicals més basades en aquest “mal menor” que en la dignitat, la veritat i la lluita no fan més que seguir erosionant les condicions i la moral dels treballadors, així com minvant la credibilitat dels propis sindicats. Des de quan haver de triar entre una putada i una gran putada ha estat un triomf de la lluita sindical?

I un toc d’atenció a totes nosaltres perquè seguim obrint el diari cada matí tremolant mentre ens fem la pregunta de “quin gol hauran colat avui?” i contemplem com la lluita de classes i la defensa dels drets de tothom queden cap cop més restringides en els marcs de dilemes falsos i derrotistes, convertint-se en una pantomima de pacte entre “cavallers” on cada cop hi ha menys a celebrar i més raons per revoltar-se.

Adam Smith estaría bien orgulloso

Respondía hoy el ministro Corbacho ante la siguiente pregunta de Público:

Hay muchos parados que siguen sin tener protección ¿Hay algo pensado para ellos?

La red de protección social en España es amplia. La protección familiar es un cojín importante. Y estamos en el mayor nivel de cobertura de prestación por desempleo de la historia. Además, hemos extendido esta red con lo ayuda de los 421 euros, que beneficiará según nuestros cálculos a 400.000 personas. Puede que esa ayuda sea insuficiente para atender las necesidades de la vida, pero por debajo no queda nadie. La desprotección total en este país no existe. ¿Tiene el Gobierno pensado extender el sistema de protección social desde un punto de vista pasivo? La respuesta es no. Por una razón: el reto del futuro son las políticas activas, es decir, formación y orientación a la gente para que encuentre empleo. Creo en la red de protección social pero no estoy de acuerdo con las políticas pasivas porque sí. En la medida que progresivamente vayamos saliendo de la crisis, el objetivo debería ser que los recursos disponibles vayan a políticas sociales activas.

La respuesta de Corbacho se divide en dos partes. En la primera se dedica a defender el nivel de protección social actualmente existente en el Estado español y en la segunda, de manera muy general, expone la dirección que futuras acciones de protección deben tomar. Como buen político respondiendo a preguntas sobre cuestiones tan importantes, Corbacho, utiliza frases hechas que aunque en la superficie no dicen nada, si reflexionamos de manera crítica sobre ellas nos damos cuenta de que lo están diciendo todo.

Empieza diciendo que “la red de protección en España es amplia” para luego pasar a afirmar que la “protección familiar es un cojín importante”. No puede dejar de quedársenos cara de idiotas al leer dos afirmaciones que, hechas la una tras la otra, resultan tan tramposas. Si estamos hablando de la capacidad del Estado del bienestar español de proporcionar ayudas y apoyo a aquéllxs que lo necesiten, ¿hasta qué punto es relevante que las familias españolas proporcionen una gran cantidad de solidaridad?¿No es acaso esta extendida solidaridad familiar (léase de las mujeres) un síntoma de las escaseces de los servicios públicos sociales y una consecuencia de las “limitaciones” del gobierno de garantizarla él mismo desde instituciones y mediante recursos públicos? ¿No constituye acaso este “cojín familiar” una coartada y un subsidio ante la (falta de) responsabilización social por parte del gobierno?

A continuación, después de cínicamente defender que estamos en el “mayor nivel de cobertura de prestación por desempleo de la historia” como si esto fuera un hecho totalmente inconexo respecto a las dimensiones de la actual crisis económica, afirma indulgentemente Corbacho que, tras la ampliación por parte del Gobierno de la ayuda de 421 euros- que tal y como él mismo reconoce, puede que sea insuficiente para atender las necesidades de la vida- la “desprotección total no existe”. Afortunadamente, según los cálculos del gobierno no quedará nadie por debajo del umbral de los 421 euros anual. Sin embargo, cara de idiotas de nuevo, ante una más que autocomplaciente celebración de la generalización de un subsidio que ellos mismo reconocen que es insuficiente para cubrir las necesidades vitales básicas. Suerte que ya están las familias para echar un cable…

No es menos chirriante, desde mi punto de vista, la postura aparentemente ambivalente pero en realidad más clara que el agua del Ministro respecto al futuro de las políticas sociales: políticas sociales, depende. Políticas pasivas “porque sí”: no. Políticas activas: sí. Es decir, el gobierno seguirá apostando por “políticas sociales” siempre y cuando éstas estén orientadas a adecuar la oferta de mano de obra a las demandas del mercado de trabajo y se alejará de políticas sociales que, como su nombre bien indica, más que ofrecer rentabilidad económica o política, están pensadas para cubrir las necesidades sociales de importantes sectores de la población que no pueden hacerlo por ellos mismos en base a una lógica de solidaridad y de responsabilización política dichos sectores.

Neoliberalismo con cara amable, pero neoliberalismo a fin y al cabo: Adam Smith estaría bien orgulloso. Y el esquema empieza a tornarse tan vacuo y a la vez tan predecible que lo que en realidad nos deja cara de idiotas es que no sientan ninguna vergüenza a la hora de repetirlo tan insistentemente. Si leemos entre líneas:

La cobertura social en el Estado Español en la actualidad en realidad está bastante bien, ya que hay más desempleados que nunca recibiendo algún tipo de ayuda (es decir, hay mucho desempleados como resultado de la crisis sistémica a la cuál el gobierno ha contribuido y ante la cuál no está ofreciendo ninguna alternativa real más allá de meros parches), ayudas que el Gobierno ha ampliado. Es cierto que  estas ayudas no garantizan la subsistencia ni la reproducción de sus beneficiarios, pero para eso ya están las familias (es decir, el trabajo reproductivo invisible y gratuito de las mujeres, entre otros elementos), que en este país son muy solidarias. Respecto al futuro de las políticas sociales, apoyaremos a aquéllos que estén dispuestos a reintegrarse en el mercado de trabajo (es decir, a aquéllos que puedan ser capaces y útiles desde un punto de vista laboral y económico) y respecto a aquéllos que no…

(Es decir, Los que no se puedan mantener de pie  y responsabilizarse por ellos mismos, ya que el estado no lo va a hacer, ya se pueden buscar la vida… ¿lo de las familias y las mujeres lo he mencionado ya? Es decir, menos mal que este país tiene una cultura familista tan enraizada que va de la mano de una concepción  tan tradicional y machista del papel de la mujer, porque si no se iría a la mierda)

Todos lloran por Haití, pero ni siquiera la Naturaleza puede substituir a la Historia

El mundo entero se conmocionaba ayer ante los efectos del terremoto que asolaba y desolaba la capital de Haití. Se hablaba de “cien mil muertos en el país más pobre de América” y de que “el seísmo arrasó [Puerto Príncipe] como una bomba atómica”, y los titulares y las aterradoras descripciones de la situación iban acompañados de fotografías mostrando a personas enterradas vivas u otras enterradas y punto, de la sangre, el terror y la desesperación.

Todos hablan de Haití. Y cuando lo nombran no dejan de enfatizar que es uno de los países más pobres, corruptos y desgraciados del mundo: Hablan del marrón desolador de sus montañas desnudas fruto de las deforestaciones masivas, de la inestabilidad política que ha convertido al país en un estado fallido, de sus pasados dictadores, de la debilidad de sus instituciones, de su alto índice de pobreza, de la generalización del narcotráfico, de las bandas criminales y de su brutalidad, y, sobre todo, del eterno retorno de los desastres naturales. Y, aunque no siempre es nombrada, la mano irresponsable de los propios haitianos y de su clase política se intuye entre líneas.

Todos lloran por Haití. Y se movilizan. España envía aviones a la zona y coordina la ayuda de la UE. Obama promete “apoyo total” y “no descarta enviar soldados Estadounidenses. El secretario general de la ONU pide “la generosidad mundial para superar la catástrofe”. Y de esta manera, se inicia un carnaval de compasión, una olimpiada de la solidaridad, de la empatía, del famoso slogan clintoniano “siento vuestro dolor”. Los políticos regalan sus condolencias en público con rostros desencajados y lx ciudadanxs encontramos una causa más que justa para redimir nuestra culpa.

¿Dónde estaban las lágrimas y los pésames, me pregunto, durante las intervenciones occidentales a lo largo de todo siglo el XX para quitar y poner gobiernos en el país? ¿Dónde estaban durante el apoyo de EEUU a los apoyos de dictadores sangrientos en el país con la excusa de contrarrestar a la Cuba comunista? ¿Y cuando Washington expulsó a Aristide tras su giro a la izquierda? ¿Dónde estaban las lágrimas por siglos de explotación y expolio colonial y neoimperialista de sus recursos naturales, por el progresivo empobrecimiento de los haitianos, por la continua intervención política y económica extranjera, por las deforestaciones masivas para ampliar los monocultivos de exportación de caña de azúcar dejando así la producción agraria a merced del libremente injusto mercado y erradicando la capacidad del país de producir alimentos para sus habitantes? ¿Dónde ha estado todo el mundo durante la lenta y agonizante sangría del país por parte de potencias extranjeras durante siglos?

No estaban. No hablaban. No lloraban. No sentían el dolor de Haití, y todos aquellos que miraban entonces hacia otro lado o que conspiraban desde los centros del Poder, protagonizan ahora titulares y lideran misiones humanitarias para ayudar a salvar al país de los crueles caprichos de La Madre Naturaleza. Y es que es mucho más cómodo empatizar con la desolación cuando ésta es fruto de “extraños” designios naturales, más parecidos a la arbitrariedad de los dioses que a la Historia, que cuestionar el desamparo fruto de la explotación, del expolio, del racismo. En un caso se habla de pobres, de corruptos, de incapaces; en el otro de empobrecidos, de dominados, de subyugados. Al fin y al cabo, las fotografías, las descripciones y las estadísticas del terremoto, por muy difíciles que sean de digerir, por mucho que nos corten la respiración, son muchísimo más procesables que tener que reconocer la presencia de la oscura garra de Occidente en la(s) tragedia(s) de Haití y la responsabilidad de nuestro país, y de tantos como él, en tanta desolación, en tanta muerte. Y es que quizás los terremotos, por naturales, son inevitables, pero el empobrecimiento, la explotación de las personas y de la naturaleza, el sufrimiento humano y la represión no. Y si no podemos culpar a la Naturaleza y a su inevitabilidad, sólo nos queda la Historia, que aunque a veces se haya repetido, no ha perdonado nunca y, desde luego, no se ha acabado aún.

Transformar el cuidado para transformar la sociedad y viceversa: reflexiones y propuestas desde un feminismo anticapitalista

Ponencia presentada por Sandra Ezquerra en las Jornadas Feministas Estatales celebradas en Granada del 5 al 7 de diciembre

Resumen

Hace años ya que se habla de una crisis del cuidado en el Estado español y en la mayoría de países occidentales. El gobierno español ha hecho amagos, durante los últimos años, de mitigar dicha crisis usando medidas como la Ley de la Dependencia. Una reflexión profunda sobre los factores que nos han llevado a la actual supuesta carencia de cuidado, así como sobre los agujeros y sesgos de la ley mencionada, no obstante, nos obliga a realizar un doble esfuerzo: Por un lado, a imaginar nuevas formas de entender el cuidado y la atención y. por el otro, nos recuerda la importancia, así como la urgencia, de reinventar nuevas formas de organizar la sociedad. En otras palabras, no sólo se hace necesario un cambio profundo de las formas en las que el cuidado ha sido históricamente percibido y llevado a cabo, cambio que cuestione de manera frontal la división sexual jerárquica del trabajo, sino que debemos seguir pensando en nuevos modelos sociales y económicos que, a diferencia de un sistema capitalista guiado por la lógica del beneficio, tomen el cuidado, el bienestar y la solidaridad como su principal premisa y su razón de ser. El feminismo, un feminismo crítico y radical, tiene mucho que decir y aportar a estos procesos.

Ponencia

Hace años ya que se habla de una crisis del cuidado en el Estado español y en la mayoría de países occidentales. La incorporación masiva de la mujer española al mercado laboral durante las últimas décadas, así como el envejecimiento de la población y el dudoso mérito de tener uno de los Estados del bienestar más raquíticos de la Unión Europea han multiplicado las cargas y responsabilidades de muchas mujeres con familiares dependientes. En muchos casos estos procesos también han generado la creación de un vacío de presencia, de apoyo y de cuidado para muchas personas en situación de autonomía restringida.

El gobierno español ha hecho amagos, durante los últimos años, de mitigar dicha crisis a través de medidas como la Ley de la Dependencia. La creación de dicha ley ha sido vista por muchxs como una apuesta por fortalecer el Estado del bienestar español y liberar a las mujeres de nuestra histórica obligación de cuidar de forma no remunerada a nuestros familiares. Más recientemente, en el actual contexto de crisis sistémica y ante la vertiginosa subida del paro, no han sido pocas las voces que desde la izquierda y desde el centro-izquierda han señalado la necesidad de desarrollar la Ley de Dependencia con el objetivo de crear empleo.

De esta manera, durante los últimos años, hemos podido observar, en diferentes momentos, como se le atribuían a la Ley de Dependencia tres supuestas funciones principales: 1) Fortalecer los servicios públicos sociales para personas con autonomía restringida y convertirla de esta manera en el cuarto pilar del Estado de bienestar español; 2) Liberar a las mujeres españolas de ciertas responsabilidades de cuidado, inherentemente atribuidas a nosotras, que llevamos realizando históricamente de manera no remunerada; y 3) La creación de empleo “social” para dinamizar la economía española, lo cuál deviene particularmente relevante en el actual contexto de crisis económica.

Mientras que, expuestos así, resulta difícil oponerse a los supuestos objetivos de la Ley de Dependencia, un análisis crítico de dichos objetivos, así como de sus premisas, indican que todos ellos se quedan lejos de cumplir con los requisitos y objetivos por los que el movimiento feminista lleva tanto tiempo luchando.

Por lo que se refiere a fortalecer el Estado de bienestar, más le valdría al gobierno de Zapatero destinar recursos a desarrollar seriamente de una vez por todas la Ley de Dependencia que destinar millones de euros a obras faraónicas insostenibles que a menudo responden más a los intereses de los empresarios o de las élites políticas locales que a las necesidades de las ciudadanas y los ciudadanos. No obstante, aún a día de hoy, tres años más tarde de la aprobación de la ley, el Estado español sigue teniendo uno de los gastos sociales más bajos de la Unión Europea: a pesar de que el PIB per cápita en España es el 93% del de la UE-15, el gasto invertido en nuestro Estado del bienestar se reduce al 71%. Estas cifras, entre muchas otras, y el hecho de que la Ley se ha venido implementando con numerosos problemas y a ritmos desesperadamente lentos, indican que, a pesar de la retórica progresista del gobierno de Zapatero, nos seguimos encontrando en una sociedad que ve el cuidado de sus ciudadanos más vulnerables como algo marginal y subordinado a otras prioridades políticas y económicas.

El segundo objetivo atribuido a la Ley de Dependencia ha sido el de liberar a las mujeres de las “cargas obligatorias” y no remuneradas del cuidado. Ideologías de género han determinado de forma histórica que los servicios sociales menos desarrollados hayan sido los de ayudas a las familias, ya que a pesar de que el discurso “familista” oficial sitúa a la familia como unidad principal y sagrada de nuestra sociedad, es precisamente la existencia de la familia como institución garante de apoyo informal (y cuando decimos familia entiéndase mujeres) la que compensa la falta de inversión pública social en el cuidado de las personas. Dicha dimensión de género viene teniendo múltiples consecuencias sobre las mujeres españolas: nuestra sobrecarga humana y económica, nuestra subparticipación en el mercado laboral en comparación con la media europea y las tasas de fecundidad más bajas del mundo durante los últimos años. La Ley de Dependencia debería, según sus defensores, permitir a las mujeres delegar nuestras hasta ahora indiscutidas obligaciones de cuidado y dedicar más tiempo y energía a nuestra propia vida laboral y personal. Mientras que los resultados a largo plazo aún están por ver, ciertas condiciones de la ley, así como otras limitaciones laborales, sociales y económicas con las que a menudo nos encontramos las mujeres, no hacen pensar que ello vaya a ocurrir de forma más o menos temprana.

Respecto al tercer objetivo o función atribuidos a la ley, el politólogo Vicenç Navarro[1] ha argumentado que la hasta ahora (y aún vigente) infrautilización de mano de obra femenina resultante, tanto directa como indirectamente, de la insuficiencia de gasto público social, tiene una impacto negativo sobre la productividad de la economía española. Según el autor, un mayor gasto público social desembocaría en la creación de puestos de trabajo “del cuidado” que podrían ser ocupados por millones de mujeres actualmente sin trabajo. Ello contribuiría, según Navarro, mediante el pago de impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social de estas “nuevas trabajadoras”, a mejorar el nivel de riqueza del país y su bienestar social, así como a una mejora de la productividad económica española. Además, en el actual contexto de crisis, según Navarro y otros defensores de la ley, el desarrollo de ésta contribuirá a crear puestos de trabajo ante el escalofriante aumento del paro del último año.

A pesar de que Navarro reivindica las dimensiones de clase y de género de su argumento, a mi parecer éstas se tornan débiles, si no existentes, cuando el autor recurre a recetas como las que acabo de exponer. A pesar de que puede parecer a simple vista un avance el incorporar la perspectiva de clase y de género en los análisis de la actual situación socioeconómica, si se hace de forma acrítica y superficial se corre el peligro de reproducir el modelo androcéntrico que se pretende evitar y dejar inmune la lógica del beneficio y la explotación del sistema capitalista.

Por un lado, encuentro importante, y urgente, ubicar en el centro del debate político actual la prioridad que el cuidado de las personas debería tener en nuestra sociedad. Y ello debería hacerse no como parte de un esfuerzo por remendar las profundas contradicciones sociales y económicas que el sistema capitalista crea, sino como una manera de echar luz sobre ellas. Independientemente de lo que diga el dirigente de turno, el bienestar de las personas nunca podrá ocupar un lugar central en la sociedad actual, ya que el sistema económico que hace décadas que eligieron gestionar, lo relega a los márgenes de sus ecuaciones incuestionables. A pesar de que el bienestar de las personas se presenta, en las democracias liberales, como el objetivo final a perseguir, el cuidado se parece cada vez más a un premio de (poca) consolación para las clases trabajadoras y/o un servicio mercantilizable. A pesar de la retórica compasiva del liberal-socialismo, el cuidado nunca ha sido, ni nunca será, un principio ineludible regente de decisiones políticas-económicas dentro de los marcos del capitalismo. Dicho esto, sería interesante, y deseable, que Navarro optara por analizar, desde la postura supuestamente progresista que le caracteriza, el concepto del cuidado y de bienestar social sin sentir la necesidad de ligarlo a la lógica de productividad y eficiencia que, sin lugar a dudas, caracteriza al policy making internacional actual, ni de demostrar un posible rédito económico o político para convencer (¿a quién?) de que vale la pena “cuidar el cuidado” o apostar por él. A sus argumentos hemos de responder con preguntas feministas: ¿Qué papel tiene el cuidado de las personas en la sociedad que queremos construir? ¿Cómo será percibido y gestionado en una sociedad no capitalista y no patriarcal? ¿Tiene únicamente sentido hablar de cuidado si se puede demostrar que éste, de manera directa o indirecta, puede ser económicamente rentable? ¿A partir de qué momento empezamos, desde la izquierda y desde un feminismo de izquierdas, a dejar atrás la lógica del beneficio para substituirla por la de la solidaridad y el bienestar?

Por otro lado, Navarro, así como muchxs de los que proponen el desarrollo de la ley para la promoción de empleo femenino en el actual contexto de crisis, dan por hecho que deberían ser mujeres las que ocupemos las vacantes. Y llegadas a este punto, no puedo evitar preguntarme cómo puede ser que personas supuestamente bienintencionadas y también supuestamente del mundo de la izquierda caigan en un estereotipo tan previsible como la identificación automática (sin paréntesis, sin matices, sin aclaraciones) de la mujer con el trabajo remunerado del cuidado: irónicamente, parece que nos quieren liberar de las ataduras del cuidado no remunerado pero, sin ningún pudor, nos transfieren de manera totalmente acrítica e irreflexiva al remunerado.

Estos discursos, independientemente de lo bienintencionados que sean, deberían pertenecer (exclusivamente) al pasado o a la derecha. Debería ser parte del pasado o de la derecha analizar el papel de la inversión pública social en el mercado laboral sin cuestionar la pervivencia de la división sexual del trabajo y su jerarquización, que dictan que las mujeres cuidamos y los hombres producen, y que no se da únicamente en el hogar privado sino en todos los ámbitos sociales. La organización capitalista y patriarcal actual de la sociedad relega el cuidado en su sentido más amplio a los márgenes, a la periferia, a la irrelevancia. Dicha marginalidad se da de manera paralela a la nuestra propia como mujeres, quiénes no sólo ocupamos constantemente el rol de cuidar de todos, de todas, de todo, sino que dicho rol nos impide acceder a otros espacios sociales, económicos, culturales y políticos con iguales ventajes y oportunidades que los hombres.

Una verdadera socialización del cuidado ha de pasar por la asunción de sus tareas por todos y por todas (incluyendo al Estado). Pero sobre todo ha de pasar por realmente “cuidar el cuidado”: por el convencimiento de que la reproducción de la vida, lejos de ser una actividad más o menos residual efectuada por mujeres que contribuye a la pervivencia del actual sistema productivo o que mediante su gestión eficiente puede incluso resultar rentable, ha de devenir una tarea política y social fundamental que no sólo garantice el bienestar y la cohesión social, sino que también refleje y conduzca a una lógica, a una producción, a unas ecuaciones distintas: La centralidad del cuidado como reflejo y puerta a otros mundos.  A otras posibilidades.

Las mujeres, a partir de nuestras propias vivencias, somos conscientes de que la explotación y marginación resultantes del sistema capitalista tienen múltiples facetas y se ciernen sobre nosotras de forma específica y particularmente severa. Es por ello que aspiramos a mucho más que a una simple regulación, transferencia o institucionalización del trabajo reproductivo que, durante siglos hemos estado (y parecemos seguir estándolo) “predestinadas“ a realizar. En un momento de crisis y especialmente importante de cuestionamiento del sistema capitalista patriarcal y de denuncia de sus efectos sobre los sectores más vulnerables, es más necesario que nunca seguir reivindicando un cambio radical de lógica. Más allá de la creación y desarrollo de derechos meramente formales, que no son más que paliativos, que no hacen más que cambiar pequeñas cosas para que en el fondo no cambie nada… hace falta generalizar y socializar de manera genuina el mantenimiento, el cuidado, la reproducción de la vida y el bienestar de las personas. Éstos no deberían ser vistos como factores marginales o subordinados al sistema económico y su mercado laboral, sino como bienes absolutos en sí mismos, como nuestra principal aspiración: como mujer, me niego a ser esencialmente cuidadora, esencialmente secundaria. Pero como feminista que busca acabar con el capitalismo y el patriarcado, lucho por que el cuidado se convierta en la esencia, en la base del mundo que quiero construir.

Y porque no hay cambio de sistema sin cambio de la organización sexista del cuidado, y porque no seremos capaces de alterar la actual organización del cuidado sin romper con el sistema económico y social que lo relega a mero apéndice… En estos momentos de crisis, de cambio, de lucha, de desesperanza y de ilusión, no tiene sentido ser antipatriarcal si no se es también anticapitalista. No tiene sentido ser anticapitalista si no se es también antipatriarcal.


[1] En su artículo publicado en el diario Público el 30 de julio del 2009 y titulado “Impacto del clasismo y machismo”.