Mes: Desembre de 2009

Quién calla NO necesariamente otorga, pero quién mira hacia otro lado SÍ

El sábado por la mañana desayunaba con la noticia de que la Audiencia Provincial de Madrid absolvió de un supuesto delito de violación a un hombre de 46 años porque la víctima no “exteriorizó de forma clara su falta de consentimiento a tales actos sexuales”. La mujer acudió en 2006 a la consulta del acusado a recibir un masaje en el cuello por una lesión cervical. Sorprendentemente, el osteópata le pidió que se desnudara y la penetró dos veces. A pesar de que los informes médicos indican que la mujer sufrió daños físicos en vagina y ano y describen las fuertes secuelas psicológicas sufridas por ella a raíz del suceso, según el fallo, el hombre, “ante la actitud pasiva” de la mujer, pudo interpretar consentimiento.

Los hechos descritos en la sentencia explican que la mujer aseguró sentirse “bloqueada” ante la petición del masajista de que se desnudara. Además, según la narración, en lugar de tratar de huir envió un SMS a una amiga Guardia Civil con el siguiente contenido: “SOS, SOS, t necesito… M ha pasado una cosa que aún flipo! Y sólo puedo contártelo a ti, pero no por teléfono. Es muy fuerte… Que no sé! Carrie Help Me! Ahora estoy en el fisio…¡Es muy fuerte!”. Además, la sentencia justifica su decisión con el dato de que la mujer llegó a pedir al acusado que su pusiera un preservativo para practicar la segunda penetración.

Seguramente mucha gente se pregunta por qué la mujer, si realmente no quería tener relaciones sexuales con el fisioterapeuta, se desnudó. Es una pregunta legítima, pero no creo que sirva para demostrar ningún tipo de consentimiento ni conformidad. No hay que perder de vista que la relación médico-paciente es una relación de poder y que cuando estamos en manos de médicos pocas veces cuestionamos sus decisiones independientemente de los extrañas o incómodas que nos resulten.

Por otro lado, es posible que atrás estén quedando los días en que los jueces absolvían fácilmente a violadores porque la mujer llevaba una provocadora minifalda o era sospechosa de promiscua. Presiento que en la era de lo políticamente correcto, dichos argumentos, aunque no necesariamente la mentalidad que yace tras ellos, se sostienen cada vez menos. No obstante, ¿no será que la mujer “buscona”, como sujeto responsable de la propia agresión sexual sufrida, está siendo substituida por la “pasiva”? En un momento de supuesto crecimiento de la libertad de las mujeres, en el que cada vez resulta menos creíble el argumento de la “responsabilidad por promiscuidad y falta de recato”, se encuentran otras razones para justificar las agresiones que continuamos sufriendo: antes decían “ella se lo buscó”; ahora dicen “no fue lo suficientemente clara”. Es más, la justificación de la agresión evoluciona en base a una lógica retorcidamente perversa mediante la que las reivindicaciones feministas son incorporadas por el status quo de forma parcial y deformada: si tan libres dicen las mujeres que quieren ser y que son, pues que digan que NO desde un principio. De esta manera, mientras que antes se nos culpabilizaba por ser demasiado libres, ahora se nos responsabiliza por no serlo lo suficiente.

Desgraciadamente el sexo sigue siendo un tabú en nuestra sociedad y continúa rodeado de un gran silencio. Mientras que a todxs nos gusta pensar que las violaciones y las agresiones sexuales son cosas que no suceden en nuestro entorno inmediato, nos sorprenderíamos de lo equivocadxs que estamos. Conozco a numerosas mujeres que han sido violadas y la mayoría explica que su reacción fue precisamente de bloqueo y pasividad. Bloqueo por lo inesperado, bloqueo por el miedo, bloqueo por la vergüenza. Pasividad por el desconcierto, pasividad para mitigar los daños, pasividad para que se acabe rápido. No obstante, ninguna cuenta que fuera sexo basado en el consentimiento y todas lo recuerdan como uno de los momentos más dolorosos y traumáticos de sus vidas. Esta aparente contradicción entre la ausencia de consentimiento y la reacción de pasividad, en lugar de ser tomada como sintomática de la complejidad de emociones que pueden rodear a situaciones como la descrita, sirve de justificación para eximir al agresor y, en cierta manera, condenar a la mujer. Esta lógica no está basada en el sentido común sino más bien en el más puro prejuicio machista. En el contexto de atracos que incluyen navajas o pistolas normalmente la policía recomienda que las víctimas entreguen el bolso sin protestar para evitar sufrir daños. Pero a veces la gente se rebota y se enfrenta al atracador, lo cual se suele interpretar como un acto de temeridad fruto de los nervios, la frustración y la tensión vividas. Sin embargo, irónicamente, en el contexto de las agresiones sexuales sufridas por mujeres, se da la situación inversa, y la pasividad, en lugar de ser percibida como un mecanismo de defensa  y/o fruto del miedo, es presentada como un síntoma de complicidad, lo cual se traduce en la presencia de consentimiento y en la absolución del agresor.

En el caso que nos ocupa, el hecho de que tras ser penetrada la primera vez la mujer le pidiera al agresor que utilizara preservativo aún hace más cuestionable ante los jueces la ausencia de consentimiento. De esta manera, se construye social y culturalmente lo que debería ser la reacción ideal de una mujer ante una agresión sexual para que tanto el agresor como el resto de la sociedad sean conscientes y crean que verdaderamente fue en contra de su voluntad: la mujer se tiene que quejar, la mujer tiene que luchar y la mujer estará demasiado ocupada quejándose y luchando para que se le pase por la cabeza que si el agresor efectivamente acaba consiguiendo su objetivo de penetrarla y “le da” por correrse dentro de ella estarían bien que por lo menos hubiera un condón por medio para evitarle quedarse embarazada o contagiarse de cualquier enfermedad.  ¿Realmente del hecho de que a esta mujer le diera por pensar y prevenir las posibles secuelas y consecuencias a largo plazo que podían resultar de la penetración se deriva que en el fondo sí quería ser follada? Me parece tan poco serio… ¿No podría ser a caso que se resignara al hecho de ser violada pero que encontrara fuerzas para intentar evitar un posible embarazo o una enfermedad crónica? ¿No debería ser su “pasividad” tratada como algo separado de su “sensatez” en lugar de considerar la segunda como agravante de la primera? No, señora, lo sentimos, si hubiera peleado, aún a riesgo de enfurecer a su supuesto agresor y empeorar de esta manera la situación, nos creeríamos que a usted no lo apetecía, pero como se quedó quieta y pidió un condón entendemos perfectamente que el pobre señor sintiera que tenía luz verde. Debería haber dejado usted que la violara a pelo: así realmente podríamos creer que la forzó.

La cuestión de fondo es que sigue habiendo una gran confusión en torno a la definición de “consentimiento de la mujer”. Dicha confusión no es inocente ni neutra, ya que a pesar de la aparente gradual erosión de la figura de la “buscona” como responsable de las acciones del “macho débil e incontrolable” la carga de la prueba sigue residiendo en que la mujer haya dicho que NO de forma explícita en lugar de en averiguar si el hombre realmente interrogó (a sí mismo y a la mujer) sobre la existencia de consentimiento y si, como resultado, lo obtuvo de manera explícita por parte de la mujer. En otras palabras, en lugar de abordar este tipo de sucesos preguntando qué hizo o dijo la mujer para mostrar consentimiento (con lo cuál el supuesto agresor debería demostrar la presencia de un SÍ y se incluiría en la ecuación la necesidad de una comunicación previa entre dos personas que supuestamente están a punto de tener relaciones sexuales de forma libre), se continúa cuestionando a la mujer sobre lo que ella dejó de hacer o decir para mostrar que no consentía o, dicho de otra manera, sobre la ausencia del NO:  quién calla otorga.

No obstante, la rigidez e injusticia resultantes de definir el “consentimiento de la mujer” entorno a la ausencia del NO deriva en situaciones tan kafkianas como la del presente caso.  A pesar de que los magistrados reconocen los informes médicos y psiquiátricos como válidos y consideran veraz el testimonio de la mujer al “tratarse de una persona equilibrada”, como ésta no consiguió probar que no había consentido, la sentencia absuelve al agresor: un fisioterapeuta que pidió inexplicablemente a su paciente que se desnudara para poder realizarle un masaje en el cuello y que no menos inexplicablemente le dejó lesiones anales, vaginales y psicológicas… Es cierto que ningunx de nosotrxs puede saber con exactitud qué pasó en esa consulta ese día, pero vista la forma en que se justifica la absolución, me entran ganas de mandar a los magistrados a hacerse un masaje. Y sin condón.

Y es que, quién calla no necesariamente otorga, pero quién mira hacia otro lado sí.

Camino de no retorno

Hay veces en que circunstancias, conflictos o simplemente mis propias dudas me hacen cuestionar a nivel personal los espacios políticos exclusivamente de mujeres. Siento en esos momentos que puede que éstos no sean tan efectivos, tan eficaces, ni tan siquiera tan seguros como teorizamos que son o deberían ser. Hoy, no obstante, vuelvo de Granada con una ilusión, con una inercia, con una fe renovadas. Tres días entre más de 3.000 mujeres luchadoras, combativas, dialogando, debatiendo, riendo, bailando, cuestionando, proponiendo, gritando en las calles, escuchando en los debates….

Con todos sus fallos, sus limitaciones, sus contradicciones… estos días me han dado un nuevo impulso, un nuevo recordatorio de por qué soy feminista, de por qué soy militante, de por qué vivo mi vida en base a constantes interrogantes. Las actividades han ido desde charlas (sobre prostitución, sobre cuidados, sobre aborto, sobre transexualidad, sobre anticapitalismo, sobre la crisis, sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras vidas…), a los talleres, las acciones que hemos hecho, la manifestación fantástica en el centro de Granada, las cervezas en buena compañía, las charlas alrededor de esas tapas, cafés con leche y tostadas granaínas que tanto me gustan… Todos estos días me han servido para reconocerme en cientos de otras mujeres que, aunque parezca que no tienen nada que ver conmigo, comparten las mismas preguntas y las mismas ansias de respuestas y de cambios. Y es ese reconocimiento un recordatorio de la ilusión, de la honestidad, de la coherencia, de la fuerza que trae el feminismo a mi vida y a mi lucha. Y un recordatorio también de que, como muchas otras cosas, el feminismo, aunque en ocasiones sea fácil olvidarse, una vez das con él marca un camino de no retorno.

Ha sido especial también compartir momentos con numerosas compañeras de organización a las que nunca veo porque estamos repartidas por todos los lugares del Estado. Hemos compartido en Granada risas, picnics al sol, inquietudes, malestares, pasiones e ilusión. Como feminista, y como mujer, no siempre resulta sencillo militar en una organización mixta, y el poder compartir esa complejidad con camaradAs en la misma situación le imprime más sentido a la apuesta: una apuesta no identitaria por un cambio global, de arriba abajo, desde las intersecciones y encrucijadas de los múltiples tentáculos del sistema. Hablar entre nosotras de esas complejidades nos recuerda (cuando se nos olvida) por qué estamos aquí, y nos recuerda, sobre todo, que lo de que “el anticapitalismo será feminista o no será” no es una mera frase hueca heredada y readaptada, sino que es una afirmación de voluntad y de, en este caso sí, inevitabilidad. A todas ellas les mando un beso enorme y un montón de fuerzas. Y de todas ellas sigo aprendiendo cada día.