Cuidar el cuidado

cuidar el cuidado

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Escribía hace un par de semanas Vicenç Navarro en el diario Público un artículo sobre el impacto del clasismo y el machismo en el gasto público social del Estado español en la actualidad. Según los datos que presenta el profesor, a pesar de que el PIB per cápita español es el 93% de la UE-15, el gasto invertido en el Estado del bienestar se reduce al 71%.

Esta diferencia se debe, Navarro argumenta, por un lado a un sistema fiscal regresivo, que hace que los sectores de población con mayor renta aporten al erario público cantidades más pequeñas que sus homólogos de clase europeos y declaren menos ingresos que los miembros de la clase trabajadora española.

Por otro lado, Navarro explica que el “poder de género” determina que los servicios menos desarrollados sean los de ayuda a las familias, ya que a pesar de que la retórica política oficial sitúa a la familia española en el centro, es precisamente la existencia de la familia como institución garante de apoyo informal (y como bien dice el autor, “en España, cuando decimos familias, queremos decir mujer”) la que compensa la falta de inversión pública social en el cuidado de las personas. Dicha dimensión de género tiene consecuencias múltiples, las cuales incluyen la sobrecarga humana y económica de la mujer española, las tasas de fecundidad más bajas del mundo durante los últimos años y la subparticipación de la mujer en el mercado laboral.

Es esta última consecuencia la que viene preocupando al autor últimamente.  Existe, según él, una infrautilización de mano de obra, originada, tanto directa como indirectamente, en la insuficiencia de gasto público social y que tiene un impacto negativo en la productividad de la economía española. Por un lado, las mujeres en el Estado español encuentran graves dificultades a la hora de compatibilizar la maternidad (o el cuidado de otros familiares en situación de autonomía restringida) con su participación en el mercado laboral. Mientras que ello a menudo se ha traducido, como decíamos, en declives históricos en el índice español de fecundidad, también se ve reflejado en una menor participación laboral femenina en comparación con la media europea. Por otro lado, según Navarro, un mayor gasto púbico social desembocaría en la creación de puestos de trabajo “del cuidado” que podrían ser ocupados por millones de mujeres actualmente sin trabajo. Ello contribuiría, mediante el pago de impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social de estas trabajadoras, a mejorar el nivel de riqueza del país y su bienestar social, así como a una mejora de la productividad de la economía del país.

Es en este punto donde el argumento de clase y de género de Navarro se torna, a mi parecer, débil si no inexistente. A pesar de que parece un avance incorporar la perspectiva de clase y de género en los análisis de la actual situación socioeconómica, si se hace de forma acrítica se cae en el peligro de reproducir el modelo androcéntrico que se pretende evitar y dejar inmune la lógica del beneficio del sistema capitalista, motor infalible de la reproducción de la sociedad de clases.

Por  un lado, encuentro importante, y urgente, situar en el centro del debate político actual la prioridad que el cuidado de las personas debería tener en nuestra sociedad. Y ello debería hacerse no como parte de un esfuerzo por remendar las profundas contradicciones sociales que el sistema capitalista crea, sino como una manera de echar luz sobre ellas. Independientemente de lo que diga el dirigente de turno, el bienestar de las personas nunca podrá ocupar un lugar central en la sociedad actual, ya que el sistema económico que hace décadas que eligieron gestionar, lo relega a los márgenes de sus ecuaciones incuestionables. A pesar de que el bienestar de las personas se presenta, en las democracias liberales, como el objetivo final a conseguir, el cuidado se parece cada vez más a un premio de (poca) consolación para las clases trabajadoras y/o un servicio mercantilizable. A pesar de la retórica compasiva del liberal-socialismo, el cuidado nunca ha sido, ni nunca será, un principio ineludible regente de decisiones político-económicas. Dicho esto, sería interesante, y deseable, que Navarro optara por analizar, desde la postura supuestamente progresista que le caracteriza, el concepto del cuidado y de bienestar social sin sentir la necesidad de ligarlo a la lógica de productividad y eficiencia que, sin lugar a dudas, caracteriza al “policy-making” internacional actual ni de demostrar un posible rédito económico o político para convencer (¿a quién?) de que vale la pena “cuidar el cuidado”: ¿Qué papel tiene el cuidado de las personas en la sociedad que queremos construir? ¿Cómo será percibido y gestionado en una sociedad sin clases y sin opresión de género? ¿Tiene únicamente sentido hablar de cuidado si se puede demostrar que éste, de manera directa o indirecta, puede ser económicamente rentable? ¿A partir de qué momento empezamos, desde la izquierda, a dejar atrás la lógica del beneficio para substituirla por la de la solidaridad y el bienestar?

Por otro lado, Navarro repite el desliz, presente en otros artículos suyos, de dar por hecho que los puestos de trabajo creados por una mayor inversión pública social resultarían en un aumento de la participación laboral femenina, lo cual no puede querer decir otra cosa que, según él, deberían ser mujeres las que ocuparan las futuras vacantes. Y llegadas a este punto, no puedo evitar preguntarme cómo puede ser que un autor denunciando el machismo existente en la sociedad española acabe cayendo en un estereotipo y cliché tan facilón como la identificación automática (sin paréntesis, sin matices, sin aclaraciones) de la mujer (en este caso la española e, indirectamente, la europea) con el trabajo remunerado del cuidado.

Dichos deslices deberían ser (exclusivamente) parte del pasado o de la derecha. Debería ser parte del pasado o de la derecha analizar el papel de la inversión pública social en el mercado laboral sin cuestionar la pervivencia de la división sexual del trabajo, que dicta que las mujeres cuidamos y los hombres producen y que se da no únicamente en el hogar privado sino en todos los ámbitos sociales. Una verdadera socialización del trabajo de cuidado o, tal y como decía Lenin, la transmisión de “las funciones económicas y educativas de la vida doméstica individual a la sociedad” ha de pasar por la asunción de estas tareas por todos y por todas (incluyendo al Estado). Pero sobre todo ha de pasar por realmente “cuidar el cuidado”, por el convencimiento de que la reproducción, lejos de ser una actividad más o menos residual efectuada por mujeres que contribuye a la pervivencia del actual sistema productivo o que mediante su gestión eficiente puede incluso resultar rentable, ha de devenir una tarea política y social fundamental que no sólo garantice el bienestar y la cohesión social, sino que también refleje y conduzca a una lógica, a una producción, a unas ecuaciones distintas: La centralidad del cuidado como reflejo y puerta a otros mundos; a otras posibilidades.

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