Mes: Agost de 2009

De 20 años y español

violencia machista

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Informa el diario Público hoy en su sección de Actualidad que los Mossos d’Esquadra detuvieron la pasada madrugada en Barcelona a un hombre de 20 años y de nacionalidad española por haber matado presuntamente a su compañera sentimental, también española y que estaba embarazada de casi nueve meses. Aunque los médicos no pudieron evitar la muerte de la mujer, si que lograron practicarle una cesárea postmortem de la que nació una niña que en estos momentos se encuentra ingresada en Vall d’Hebron en estado grave [1].

La mujer asesinada se suma a las 35 mujeres que han perdido la vida este año en manos de sus compañeros sentimentales o ex parejas en el Estado español. Su muerte nos recuerda, una vez más, el enorme trecho que nos queda por recorrer para erradicar una violencia contra las mujeres que, lejos de ser fruto de hechos aislados, se repite de forma trágicamente sistemática y es reflejo de cómo las relaciones patriarcales, las relaciones de poder entre hombres y mujeres, se reproducen en nuestras vidas cotidianas, en las existencias de los miles de mujeres que denuncian (y de las que no lo hacen) casos de violencia machista cada año. Sin perder de vista la tragedia y la tristeza que me ha provocado la muerte de la joven, hay dos datos que aporta el breve artículo que me han llamado la atención.

El primero es que el/la periodista explicita la nacionalidad española tanto de la víctima como del agresor. Encuentro esto interesante por dos razones. Por un lado, siempre he pensado que era curioso (y digo curioso en el sentido negativo) que durante los últimos años cada vez que los medios de comunicación han anunciado un crimen y el presunto criminal no era de nacionalidad española se han sentido en la obligación de explicitar su origen marroquí, ecuatoriano, etc. No era ése el caso cuando el supuesto criminal era autóctono. Dicho ejercicio informativo (?) ha contribuido, a mi parecer, a crear y perpetuar una imagen del “inmigrante” como criminal y a convertirle, de este manera, en chivo expiatorio ante los supuestamente crecientes problemas de seguridad pública en el Estado español. Si se considera relevante explicitar la nacionalidad de un supuesto malhechor (cosa que no acabo de tener del todo clara), entonces debería hacerse sea éste inmigrante o “de aquí”. Y de esta manera dejar claro que lxs españolxs han infringido la ley tanto antes de que llegaran los inmigrantes como después. ¿O es que lxs españolxs dejamos mágicamente de delinquir tras el desembarco de inmigrantes?

Como decía, no sólo el agresor de este crimen en concreto es español sino que también lo era, según el periodista de Público, la víctima. Obviamente, encuentro igual de valiosas las vidas de las mujeres autóctonas como las de las inmigrantes así como igual de trágicas sus muertes. No obstante, también encuentro interesante (y esta vez lo digo en sentido positivo) que se explicite que también las mujeres autóctonas somos víctimas de violencia machista. Y me explico. Está bien generalizado el discurso sobre el hombre inmigrante como “el otro” que, de manera más o menos inherente, es más irracional, violento, atrasado y machista que el autóctono. De manera paralela, se ha construido en Occidente una imagen de la mujer inmigrante, particularmente la musulmana, como víctima pasiva y mayoritaria de la violencia machista. No es ningún secreto que la opresión supuestamente extrema de la mujer musulmana, por ejemplo, ha sido utilizada por la clase política occidental (entre ella el gobierno norteamericano) para justificar su guerra del terror contra el mundo árabe. Como si el principal objetivo de las agresiones neoimperialistas de George W. Bush fuera la emancipación de la mujer afgana. Dichas construcciones simbólicas también han servido, a mi parecer, para establecer una diferencia cualitativa entre el inmigrante (agresivo)/la inmigrante (pasiva, indefensa) y el autóctono (no machista, racional)/la autóctona (emancipada), que reproduce discursos y prácticas xenófobas y un cierto sentimiento de autoindulgencia que cree el machismo, el de aquí, como algo ya superado. Pues bien, como bien aclara la autora del artículo, las mujeres españolas siguen siendo gran mayoría de las víctimas mortales de violencia machista, lo cuál ha de servir de recordatorio de que, lejos de haber dejado atrás las relaciones patriarcales y abusivas (lo que marcaría una diferencia entre “nosotrxs” y “lxs otrxs”), la sociedad española/occidental tiene aún, como decía al principio, un gran trecho que recorrer para conseguir acabar con ellas de una vez por todas.

Otro dato que me ha llamado la atención del artículo ha sido la edad tanto de la mujer como la de su agresor. Ella tenía 22 años y él tiene 20. Mientras conversaba hoy con una profesional trabajando en prevención de violencia machista en Catalunya ella me contaba que durante el año pasado, casi el 90% de las agresiones machistas en el Estado español fueron efectuadas por individuos menores de 36 años. Los datos, tanto los de la tragedia que hoy nos ocupa como las estadísticas del 2008, nos obligan a repensar el mito de que la violencia machista es un vestigio del pasado y que los casos actuales no son más que los últimos coletazos de una ideología, una forma de vida, unas relaciones de género en proceso extinción. Nos recuerdan que los hombres jóvenes también están agrediendo. También están abusando. También están matando. Nos recuerdan que las mujeres jóvenes también estamos recibiendo. También estamos sufriendo. También estamos muriendo.  Las agresiones machistas no se están extinguiendo con la desaparición de las viejas generaciones sino que se reproducen con la aparición de las nuevas, de ésas que no vivieron la dictadura, ni la omnipresencia explícita de la Iglesia Católica, ni la exaltación del macho ibérico como estandarte de orgullo patriótico. Ello no puede ser más que un triste recordatorio de  que la prevención, la sensibilización, la educación no machista siguen siendo grandes asignaturas pendientes; de que la necesidad de una visión feminista del mundo es hoy más vigente que nunca; de que algo  seguimos haciendo mal. Realmente, tristemente, trágicamente mal.

[1] La bebé murió poco después de que se escribiera este artículo.

Cuidar el cuidado

cuidar el cuidado

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Escribía hace un par de semanas Vicenç Navarro en el diario Público un artículo sobre el impacto del clasismo y el machismo en el gasto público social del Estado español en la actualidad. Según los datos que presenta el profesor, a pesar de que el PIB per cápita español es el 93% de la UE-15, el gasto invertido en el Estado del bienestar se reduce al 71%.

Esta diferencia se debe, Navarro argumenta, por un lado a un sistema fiscal regresivo, que hace que los sectores de población con mayor renta aporten al erario público cantidades más pequeñas que sus homólogos de clase europeos y declaren menos ingresos que los miembros de la clase trabajadora española.

Por otro lado, Navarro explica que el “poder de género” determina que los servicios menos desarrollados sean los de ayuda a las familias, ya que a pesar de que la retórica política oficial sitúa a la familia española en el centro, es precisamente la existencia de la familia como institución garante de apoyo informal (y como bien dice el autor, “en España, cuando decimos familias, queremos decir mujer”) la que compensa la falta de inversión pública social en el cuidado de las personas. Dicha dimensión de género tiene consecuencias múltiples, las cuales incluyen la sobrecarga humana y económica de la mujer española, las tasas de fecundidad más bajas del mundo durante los últimos años y la subparticipación de la mujer en el mercado laboral.

Es esta última consecuencia la que viene preocupando al autor últimamente.  Existe, según él, una infrautilización de mano de obra, originada, tanto directa como indirectamente, en la insuficiencia de gasto público social y que tiene un impacto negativo en la productividad de la economía española. Por un lado, las mujeres en el Estado español encuentran graves dificultades a la hora de compatibilizar la maternidad (o el cuidado de otros familiares en situación de autonomía restringida) con su participación en el mercado laboral. Mientras que ello a menudo se ha traducido, como decíamos, en declives históricos en el índice español de fecundidad, también se ve reflejado en una menor participación laboral femenina en comparación con la media europea. Por otro lado, según Navarro, un mayor gasto púbico social desembocaría en la creación de puestos de trabajo “del cuidado” que podrían ser ocupados por millones de mujeres actualmente sin trabajo. Ello contribuiría, mediante el pago de impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social de estas trabajadoras, a mejorar el nivel de riqueza del país y su bienestar social, así como a una mejora de la productividad de la economía del país.

Es en este punto donde el argumento de clase y de género de Navarro se torna, a mi parecer, débil si no inexistente. A pesar de que parece un avance incorporar la perspectiva de clase y de género en los análisis de la actual situación socioeconómica, si se hace de forma acrítica se cae en el peligro de reproducir el modelo androcéntrico que se pretende evitar y dejar inmune la lógica del beneficio del sistema capitalista, motor infalible de la reproducción de la sociedad de clases.

Por  un lado, encuentro importante, y urgente, situar en el centro del debate político actual la prioridad que el cuidado de las personas debería tener en nuestra sociedad. Y ello debería hacerse no como parte de un esfuerzo por remendar las profundas contradicciones sociales que el sistema capitalista crea, sino como una manera de echar luz sobre ellas. Independientemente de lo que diga el dirigente de turno, el bienestar de las personas nunca podrá ocupar un lugar central en la sociedad actual, ya que el sistema económico que hace décadas que eligieron gestionar, lo relega a los márgenes de sus ecuaciones incuestionables. A pesar de que el bienestar de las personas se presenta, en las democracias liberales, como el objetivo final a conseguir, el cuidado se parece cada vez más a un premio de (poca) consolación para las clases trabajadoras y/o un servicio mercantilizable. A pesar de la retórica compasiva del liberal-socialismo, el cuidado nunca ha sido, ni nunca será, un principio ineludible regente de decisiones político-económicas. Dicho esto, sería interesante, y deseable, que Navarro optara por analizar, desde la postura supuestamente progresista que le caracteriza, el concepto del cuidado y de bienestar social sin sentir la necesidad de ligarlo a la lógica de productividad y eficiencia que, sin lugar a dudas, caracteriza al “policy-making” internacional actual ni de demostrar un posible rédito económico o político para convencer (¿a quién?) de que vale la pena “cuidar el cuidado”: ¿Qué papel tiene el cuidado de las personas en la sociedad que queremos construir? ¿Cómo será percibido y gestionado en una sociedad sin clases y sin opresión de género? ¿Tiene únicamente sentido hablar de cuidado si se puede demostrar que éste, de manera directa o indirecta, puede ser económicamente rentable? ¿A partir de qué momento empezamos, desde la izquierda, a dejar atrás la lógica del beneficio para substituirla por la de la solidaridad y el bienestar?

Por otro lado, Navarro repite el desliz, presente en otros artículos suyos, de dar por hecho que los puestos de trabajo creados por una mayor inversión pública social resultarían en un aumento de la participación laboral femenina, lo cual no puede querer decir otra cosa que, según él, deberían ser mujeres las que ocuparan las futuras vacantes. Y llegadas a este punto, no puedo evitar preguntarme cómo puede ser que un autor denunciando el machismo existente en la sociedad española acabe cayendo en un estereotipo y cliché tan facilón como la identificación automática (sin paréntesis, sin matices, sin aclaraciones) de la mujer (en este caso la española e, indirectamente, la europea) con el trabajo remunerado del cuidado.

Dichos deslices deberían ser (exclusivamente) parte del pasado o de la derecha. Debería ser parte del pasado o de la derecha analizar el papel de la inversión pública social en el mercado laboral sin cuestionar la pervivencia de la división sexual del trabajo, que dicta que las mujeres cuidamos y los hombres producen y que se da no únicamente en el hogar privado sino en todos los ámbitos sociales. Una verdadera socialización del trabajo de cuidado o, tal y como decía Lenin, la transmisión de “las funciones económicas y educativas de la vida doméstica individual a la sociedad” ha de pasar por la asunción de estas tareas por todos y por todas (incluyendo al Estado). Pero sobre todo ha de pasar por realmente “cuidar el cuidado”, por el convencimiento de que la reproducción, lejos de ser una actividad más o menos residual efectuada por mujeres que contribuye a la pervivencia del actual sistema productivo o que mediante su gestión eficiente puede incluso resultar rentable, ha de devenir una tarea política y social fundamental que no sólo garantice el bienestar y la cohesión social, sino que también refleje y conduzca a una lógica, a una producción, a unas ecuaciones distintas: La centralidad del cuidado como reflejo y puerta a otros mundos; a otras posibilidades.