Mes: Juny de 2009

Sobre la pobreza sexual

tortuga Normalment no ho faig gaire això de penjar escrits d’altre gent. De fet, començar un blog era l’excusa per obligar-me a escriure, que és quelcom que m’encanta però que mai he prioritzat. Porto uns dies amb moltíssima feina i bastant dispersa, així que, sense que serveixi de massa precedent, us deixo un text que he trobat al facebook d’una amiga que m’està fent pensar bastant. A veure què us sembla…

Willful Disobedience

Una sociedad basada en la concentración de poder y el intercambio económico empobrece cada área de la vida, incluso las más personales.

Existe más o menos acuerdo cuando se habla de la liberación de la mujer, la liberación de l@s homosexuales e incluso la liberación sexual dentro del ámbito anarquista. Además es fácil encontrar análisis sobre la dominación masculina, sobre el patriarcado y el hetero-sexismo, pero la realidad del empobrecimiento sexual parece que ha sido ampliamente ignorada, lo concerniente a la expresión sexual se ha limitado a percepciones como monogamia, poligamia, poliamor y otros mecanismos similares de las relaciones amorosas. Según creo esta limitación es en sí misma, una reflexión de nuestro empobrecimiento sexual; nos limita a hablar de los mecanismos de las relaciones de manera que podamos evitar el cuestionarnos sobre la calidad de esas mismas relaciones.

Hay varios factores que influyen en el empobrecimiento sexual que experimentamos en esta sociedad. Si examinamos sus orígenes, las instituciones del matrimonio y la familia y la imposición de unas estructuras sociales patriarcales son importantes, y el papel que han jugado no puede ignorarse. Pero durante las últimas décadas, por lo menos aquí en el llamado Occidente, la fuerza de estas instituciones ha disminuido considerablemente. Sin embargo el empobrecimiento sexual no lo ha hecho. Quizá todo lo contrario. Se ha vuelto más intenso y lo sentimos de una forma más desesperada.

El mismo proceso que ha permitido el debilitamiento y la desintegración gradual de la familia es el que ahora sostiene el empobrecimiento sexual: el proceso de cosificación. La cosificación de la sexualidad es por supuesto tan antigua como la prostitución (y casi tan vieja como la civilización), pero en las últimas cinco décadas, la publicidad y los medios han cosificado la concepción de sexualidad. La publicidad nos ofrece un atractivo sexual que influye en las masas, vinculando la pasión espontánea con un desodorante, dentríficos, perfumes y coches. A través de las películas y la TV nos muestran imágenes sobre la facilidad con la cual un@ puede conseguir gente guapa dentro de su propia cama. Por supuesto, para ello hay que ser bellísim@ y atractiv@, y para conseguirlo nos sirven los desodorantes, perfumes, el gimnasio, las dietas y los productos para el cabello. Estamos adiestrad@s para desear imágenes de “belleza” de plástico que son inalcanzables porque en gran medida son ficticias. Esta creación de deseos artificiales e inalcanzables sirve perfectamente a las necesidades del Capital, ya que garantiza una continua sensación de insatisfacción que puede utilizarse para mantener a la gente comprando, en un intento desesperado de aliviar sus anhelos.

La cosificación de la sexualidad ha liderado un tipo de “liberación” dentro del esquema de las relaciones de mercado. No solamente porque sea muy frecuente ver relaciones sexuales entre personas solteras en la gran pantalla, sino porque cada vez más las relaciones de homosexualidad, bisexualidad e incluso alguna que otra rareza están logrando cierto nivel de aceptación entre la población. Por supuesto, de manera que sea útil a las necesidades del mercado. De hecho, estas prácticas son transformadas en identidades a las que uno se amolda de una forma más o menos estricta. De esta manera, se convierte en mucho más que la simple práctica de un determinado acto sexual. Así “estilos de vida” completos están asociados a ellos, implicando conformismo, predecibilidad, lugares específicos a los que ir, productos específicos que comprar. En este sentido, los gays, las lesbianas, los bisexuales, el cuero y las subculturas desarrollan sus funciones como objetivos de mercado al margen de la familia tradicional y del contexto generacional.

De hecho, la cosificación de la sexualidad permite que todas las formas de práctica sexual sean productos de venta. En el mercado sexual, todo el mundo trata de venderse así mismo al más alto postor mientras intenta comprar aquellos que le atraen al menor precio. Así, se crea el absurdo juego de jugar duro para conseguir o intentar presionar a otr@s para mantener relaciones sexuales. Y así se da, la posesividad que tan a menudo se desarrolla en las relaciones corrientes de “amor”. Después de todo en el régimen del mercado, ¿no es poseedor uno de lo que ha comprado?

En este contexto, el acto sexual tiende a tomarse en la misma medida; una forma cuantificable en consonancia con esta cosificación. Dentro de una sociedad capitalista no debería sorprender que la “liberación” de la franqueza sexual signifique predominantemente una discusión sobre el mecanismo del sexo. El juego del acto sexual se reduce no solamente al placer físico, sino más específicamente al orgasmo, y el discurso sexual se centra sobre los mecanismos más efectivos para lograr este orgasmo. No quiero ser malinterpretado. Un orgasmo eufórico es algo maravilloso. Pero centrar el encuentro sexual en lograr un orgasmo, no nos permite sentir el juego de perdernos en el otr@ aquí y ahora. Más que ser una inmersión del un@ en el otr@, el sexo centrado en alcanzar el orgasmo se convierte en una tarea que aspira a un objetivo futuro, la manipulación de ciertos organismos para lograr un fin. Tal y como yo lo veo, esto transforma el sexo en una actividad básicamente masturbatoria- dos personas usándose la una a la otra para lograr su fin deseado, intercambiando (desde el punto de vista estrictamente económico) placer sin dar nada de un@ mism@-. En dichas acciones deliberadas, no hay sitio para la espontaneidad, la pasión sin medida, o el abandono en manos del otr@.

Este es el contexto social de la sexualidad en nuestras vidas actuales. Dentro de este contexto hay muchos otros factores que refuerzan el empobrecimiento de la sexualidad. El Capitalismo necesita movimientos de liberación parcial de todos los tipos, tanto para la recuperación de la revuelta como para introducir la embrutecida ley del mercado en cada vez más aspectos de nuestra vida. Por ello el Capitalismo necesita del feminismo, de los movimientos de liberación raciales y nacionales, de la liberación de los gays y también por supuesto de la liberación sexual. Pero el capitalismo no hace uso de forma inmediata de todos los viejos métodos de dominación y explotación, y no lo hace porque son sistemas lentos y complicados. Las luchas de liberación parciales, mantienen su función recuperadora precisamente para continuar ejerciendo la vieja opresión como contrapartida para prevenir, que aquell@s involucrad@s en luchas de liberación, puedan percibir la escasez de su “liberación” dentro del orden social actual. De tal manera si el puritanismo y la opresión sexual hubiesen sido realmente erradicados dentro del capitalismo, la escasez de los sexshop más feministas, conscientes y amigos de los gays sería obvia.

Y así el puritanismo continua existiendo y no sólo como un vestigio de tiempos anteriores pasado de moda. Esto se manifiesta claramente en métodos obvios, tales como la presión aún vigente del matrimonio, (o por lo menos fundar una identidad como pareja) y tener una familia. Pero también se hace manifiesto de formas que la mayoría de las personas no perciben, porque nunca han considerado otras posibilidades. La adolescencia es la época en que los impulsos sexuales son más fuertes debido a los cambios que se producen en el cuerpo. En una sociedad sana, l@s adolescentes deberían tener la oportunidad de explorar sus deseos sin miedo o censura, deberían hacerlo de una forma abierta y aconsejad@s, si quieren, por l@s adult@s.

Mientras que los deseos intensivos de l@s adolescentes son claramente reconocidos (cuantas veces películas de humor o programas de la TV se basan en la intensidad de estos deseos y en la imposibilidad de explorarlos de una forma libre y abierta) en esta sociedad, no se crean métodos para que esos deseos puedan explorarse libremente, esta sociedad los censura, haciendo una llamada a la abstinencia, dejando a l@s adolescentes ignorando sus deseos, limitándolos a la masturbación o aceptando a menudo tener sexo rápido en situaciones de mucha presión y entornos nada confortables para evitar así que les pillen. Es difícil no extrañarse de que algún tipo de sexualidad sana se hubiese podido desarrollar bajo estas condiciones.

Porque el único tipo de “liberación” sexual de utilidad para el Capital es aquella que permita preservar la pobreza sexual, y utilizará todo tipo de herramientas para el mantenimiento de la represión sexual bajo el engaño de una liberación ficticia. Desde que las viejas justificaciones religiosas para la represión sexual, han dejado de ser validas para amplias porciones de la población, un miedo físico por el sexo actúa ahora como catalizador en la creación de un nuevo medio para la represión. Este miedo es promovido principalmente por dos frentes. En primer lugar es el miedo del depredador sexual. Ataque sexual a jóvenes, el acecho sexual y la violación son hechos muy reales. Pero los medios exageran la realidad con explicaciones sensacionalistas y especulaciones. El manejo de estos asuntos por parte de las autoridades y los medios no tienen como objetivo encargarse de estos problemas, sino seguir promoviendo el miedo. En realidad, los casos de violencia no sexual contra mujeres y niños (y me refiero específicamente a aquellos actos de violencia basados en el hecho de que las víctimas sean niños o mujeres) son la mayoría de las veces mas frecuentes que los actos de violencia sexual. Pero el sexo tiene un fuerte valor social que le concede a los actos de violencia sexual una imagen mucha mas siniestra*. Y el miedo promovido por los medios en relación con dichos actos refuerza una actitud social generalizada, de que el sexo es peligroso y debe ser reprimido o por lo menos públicamente controlado.

En segundo lugar, está el miedo a las enfermedades de transmisión sexual y en particular al SIDA. De hecho, a principios de los 80 el miedo a las enfermedades de transmisión sexual dejo de ser en gran medida un método útil para mantener a la gente alejada del sexo. La mayoría de estas enfermedades podían tratarse con relativa facilidad, y la gente mas inteligente se dio cuenta de la inutilidad de utilizar preservativos en la prevención de la propagación de enfermedades como la gonorrea, sífilis y muchas otras enfermedades. En esos momentos se descubrió el SIDA. Habría mucho que decir sobre el SIDA, muchas preguntas tendrían que ser planteadas, una gran cantidad de negocios sospechosos (en el sentido más literal del termino) referentes a este fenómeno, pero respecto al tema que estamos tratando, de nuevo el miedo al contagio de enfermedades de transmisión sexual se emplea para promover la abstinencia sexual o por lo menos, que la sexualidad sea menos espontánea, menos desordenada, y generar así encuentros sexuales más estériles.

En medio de tal ambiente de deformación sexual, otro factor desarrolla lo que parece ser inevitable. Una tendencia creciente a aferrarnos desesperadamente a aquell@s con quienes hemos conectado, aunque sea una conexión empobrecida. El miedo a estar sol@, sin amor, nos conduce a unirnos a amantes a los que ya hace mucho que hemos dejado de amar. Incluso cuando el sexo continúa existiendo en la relación, probablemente sea mecánico y ritual, y no un momento absoluto de entrega al otr@.

Y por supuesto, están aquell@s que simplemente sienten que no pueden manejar completamente esta tristeza, este medio desamparado de relaciones artificiales y conducidas por el miedo, y por eso nunca lo intentarán. No es una falta de deseo, lo que impone su “abstinencia”, sino la desgana de venderse así mism@ y una desesperanza ante la posibilidad de encuentros sexuales reales. A menudo estos son individuos que, en el pasado, se situaron en la línea de búsqueda de encuentros eróticos apasionados, intensos y fueron rechazados como artículos de inferior cuantía. Se apostaron, l@s otr@s compraron y vendieron. Y han perdido la esperanza de mantener la apuesta.

En cualquier caso, vivimos en una sociedad que empobrece todo tipo de contacto, los sexuales también. La liberación sexual -en el sentido real, que es nuestra liberación para explorar la plenitud del abandono erótico carnal en el otr@ (u otr@s)- nunca podrá realizarse por completo dentro de esta sociedad, porque esta sociedad necesita del empobrecimiento, de los encuentros sexuales cosificados, tanto como necesita que todas las interacciones sean cosificadas, medidas, calculadas. Así que los encuentros sexuales libres, como cada encuentro libre, sólo pueden existir contra esta sociedad. Pero esto no es un motivo de desesperación (la desesperación después de todo, no es más que el otro lado de la esperanza) sino más bien debe conducirnos a una exploración subversiva. El reino del amor es muy amplio, y existen infinitos caminos a explorar. La tendencia entre los anarquistas (por lo menos en los EE UU) de reducir las cuestiones de la liberación sexual al mecanismo de dichas relaciones (monogamia, no-monogamia, poliamor, “promiscuidad”, etc) debe ir mas allá. En la expresión sexual libre tiene cabida todo esto y mucho más. De hecho, la riqueza sexual no tiene nada que ver con ambos mecanismos (tanto las relaciones como los orgasmos) o con la cantidad (el capitalismo ha probado hace ya mucho tiempo que sus chorradas cada vez más efectivas todavía apestan a basura). Más bien consiste en el reconocimiento de que la satisfacción sexual no es exclusivamente una cuestión de placer como tal, sino concretamente del placer que brota del encuentro real y el reconocimiento, la unión de los deseos y los cuerpos, y la armonía, el placer y el éxtasis que se obtiene de ello.

Así, queda claro que necesitamos perseguir unos encuentros sexuales como los que buscamos para el resto de nuestras relaciones, en total oposición a esta sociedad, no por ser un deber revolucionario, sino porque es la única manera posible de tener relaciones sexuales plenas, ricas y desinhibidas en las cuales el amor deje de ser una desesperada dependencia mutua y en su lugar se transforme en la exploración extensiva de lo desconocido.

* El importantísimo asunto de la filosofía de la inocencia de la niñez -una filosofía que sólo sirve para mantener a l@s niñ@s en el lugar que les corresponde en esta sociedad- también esta relacionado con esto. Pero requeriría un artículo en si mismo simplemente para comenzar a abordar el tema.

Fuente: Willful Disobedience

Volume 4, number 3-4, Fall-Winter 2000

Lo personal, lo afectivo, la intimidad, la soledad… son política también

lo personal es político

Cuando empecé este blog lo hice con la intención de centrar mis escritos en las conexiones existentes entre nuestras vidas cotidianas y la política. Es decir, en las dimensiones políticas de nuestro día a día que, a mi parecer, son casi todas. Durante los últimos meses, el blog ha ido tomando otros derroteros que, aunque necesarios e importantes, lo han alejado del objetivo inicial. En gran medida, Interseccion[e]s ha sido un espacio de propaganda, reflexión y difusión del trabajo que se ha estado haciendo en Revolta Global-Esquerra Anticapitalista e Izquierda Anticapitalista y, más concretamente, de una campaña electoral que ha durado prácticamente seis meses.

No es accidental que ahora que se han acabado las elecciones me siente a reflexionar de nuevo sobre la razón de ser de este espacio. En la última semana hemos escuchado muchas voces (algunas muy altas) que exigían que hiciéramos balance y autocrítica ante lo que muchos han percibido como un desastre electoral. Como ya he escrito de manera repetida aquí y en otros lugares, no coincido con el diagnóstico de desastre, pero sí que considero que el balance y la autocrítica son necesarios. Eso sí, y aquí hay una gran diferencia de matiz, balance no tanto para explicar la insuficiencia de votos como para seguir impulsando nuestro crecimiento (el cuál, en los últimos meses, aunque modesto, ha sido importante) y para seguir abriendo la brecha de un espacio político claramente anticapitalista, feminista y ecologista.

Hoy sigo pensando que las conexiones entre política y vida cotidiana son fundamentales. En un contexto donde la ciudadanía cada vez se siente más alejada de la clase política, donde el social-liberalismo (léase PSOE) se ha quedado no sólo sin políticas sino también sin retórica que lo distingan de las fuerzas explícitamente neoliberales, donde la socialdemocracia (léase IU, ICV, EUiA, etc.) no parece capaz (o deseosa) de resistir el giro a la derecha que le impone su participación en la gestión del sistema y de sus crisis, ser capaces de conectar con las personas y discutir con ellas la relación existente entre sus problemas cotidianos y las estructuras político-económicas más amplias, deviene fundamental. No se trata de hacer eslóganes más agresivos o atractivos. Se trata de acercar la política a la gente. Se trata de reflexionar sobre cómo nuestro día a día, lejos de ser algo ajeno a la “alta política”, está profundamente marcado por ésta. Sólo así la política puede cobrar sentido para muchxs. Y sólo así conseguiremos llevar a cabo la construcción de un proyecto político con una amplia capa social, con contenido y con cara y ojos.

Este fin de semana tuve que salir de forma precipitada con mi familia hacia otra ciudad del estado al saber que mi abuelo se encontraba hospitalizado por una neumonía. Mi abuelo tiene casi 96 años y en los últimos años sus problemas de salud son cada vez más frecuentes y graves. A pesar de que hace ya tiempo de que su autonomía ha quedado bastante restringida, el gobierno no le ha proporcionado ningún tipo de ayuda y, es principalmente mi tía (su hija) la que se encarga cada día (de manera no remunerada) de su atención y su cuidado. Desde su hospitalización, ha habido una movilización de hijxs y nietxs para hacer turnos y garantizar que mi abuelo no pase ni un segundo solo en el hospital y garantizar así su bienestar y su atención.

Al llegar el sábado a la planta donde estaba ingresado me llamó la atención la presencia de varios carteles de un sindicato en los que se notificaba que aquel hospital en concreto contaba con un déficit de 50 enfermeras, y se instaba a los usuarios y sus familiares que exigieran una atención de calidad. En este sentido, la estrategia sindical estaba clara: vincular su reivindicación de recursos insuficientes para la contratación de profesional sanitario en un hospital público (con la sobrecarga de trabajo que esto comporta para el personal que sí es contratado) con el supuesto derecho de los usuarios del hospital de recibir una atención de calidad. Matemática pura: contra más bajo sea el ratio entre enfermer@ y pacientes, mayores serán el tiempo y la energía que lxs primerxs podrá destinar a lxs segundxs, lo cuál resulta en mejores condiciones laborales para lxs trabajadorxs y mayor calidad de cuidado para lxs usuarixs. Más allá del contexto específico de los hospitales públicos, no pude evitar pensar al leer los carteles que el encogimiento de gasto social (que en el estado español nunca ha sido para lanzar cohetes) se produce de manera paralela a la percepción silenciosa de la familia como substituta invisible de dicho gasto. En España siempre ha sido así, a pesar de que una Ley de Dependencia raquítica ha intentado recientemente actuar de cosmético.

Lo que me recordó una vez más la importancia (e invisibilidad) del cuidado familiar fue la llegada el sábado por la tarde del paciente que iba a ser el compañero de habitación de mi abuelo.

Llegó en una camilla. Desorientado. No recordaba ni su nombre. Solo. Sin nadie que le acariciara la cabeza. Que le dijera que todo iba a ir bien. Al rato llegaron unas sobrinas lejanas que, durante el breve rato que estuvieron allí, nos explicaron que aquel señor, Antonio se llamaba, era soltero y nunca tuvo hijos. En su caso, no existía un mini-ejército invisible dispuesto a movilizarse cuando las cosas se pusieron difíciles. Me entristeció ver como Antonio le pedía a la enfermera que le trajera una botella para orinar y oír cómo ésta le respondía que como no había familiares para ayudarle tendría que orinar en el pañal que le habían puesto, ya que ella no tenía tiempo de acudir a la habitación cada vez que él lo necesitara. Me entristeció más aún oír cómo las sobrinas lejanas le dijeron a Antonio que si no quería pasar las noches solo, que si quería a alguien que estuviera a su lado mientras estuviera hospitalizado (e incluso cuando le dieran el alta), debería contratar a una señora (no a un señor, evidentemente) para que se quedara con él. Como resultado, mientras que la gestión logística en el caso de mi familia se centró en organizar quién estaría allí y cuándo, en el caso de Antonio se redujo a gestionar la autorización bancaria para sacar dinero de su cuenta y pagar a una cuidadora para que, entre otras cosas, hubiera alguien para acercarle la puta botella y que no tuviera que mear en un pañal como si tuviera dos años.

Con este contraste de viñetas no intento inferir que mi familia sea mejor que la de Antonio. Simplemente la mía existe y la suya no. Y eso hará que alguien le acerque la botella a mi abuelo y la vuelva a dejar en su sitio cuando acabe, que alguien le acaricie la cabeza, que alguien le diga que todo va a ir bien. También hará que Antonio tenga que comprar su dignidad, las manos que le pasen la botella, que le afeiten, que le den un vaso de agua cuando tenga sed. Si bien es cierto que el cariño que proviene de la familia ha de ser incondicional, sin retribuciones, automático, el hecho de que la ausencia de ésta deje un vacío tan grande muestra la cojera de un estado del bienestar que descansa sobre las espaldas de los lazos familiares para suplir sus carencias. No sé si mi abuelo y Antonio son conscientes de los entresijos de fondo que marcan la distinción. Pero estoy segura de que cuando se miran o se escuchan, de cama a cama, a dos metros de distancia, intuyen que no son iguales.

Tampoco pretendo reivindicar con estas líneas la centralidad de la familia como aprovisionadora de cuidado. Obviamente, los lazos afectivos son fundamentales para concebir y garantizar la atención de las personas en situación de autonomía restringida, pero no dejan de ser problemáticos (ya que históricamente han recaído sobre las mujeres) ni tampoco deberían ser imprescindibles. De hecho, es la ausencia de dichos lazos en casos como el de Antonio lo que nos ayuda a comprender y visibilizar las dimensiones político-económicas del cuidado en la sociedad actual:

¿Debería un estado del bienestar digno de llamarse así confiar en la presencia de una familia con tiempo y con recursos suficientes como para suplir sus carencias e insuficiencias? ¿Qué consecuencias tendría esto para las personas que no cuentan con una familia dispuesta o capaz de actuar de parche? ¿No son acaso las diferencias de clase lo que determinarán que una persona sola como Antonio pueda acceder a comprar el cuidado en el mercado? Ante la disminución de disponibilidad de cuidadorxs tanto remuneradxs como no remuneradas, así como la reducción del gasto público destinado al cuidado ¿cuál es el perfil de trabajadora (porque suelen ser mujeres) que acaba realizando este trabajo para personas como Antonio? ¿No es acaso el trasvase de mujeres de países periféricos a estados como el nuestro lo que ha amortiguado en las últimas décadas el “vacío de cuidado” que provoca un raquítico gasto social? ¿Bajo qué condiciones trabajan estas mujeres¿ ¿Qué estabilidad laboral, qué remuneración, qué compensación, qué reconocimiento reciben? ¿Qué y a quién dejan atrás para ser cuidadx por otrxs cuando dejan sus hogares para compensar las negligencias de “nuestro” estado, un estado cada vez más ausente? ¿No son acaso sus remesas las que acaban supliendo la falta de gasto social en sus países de origen, falta en gran parte creada por programas de ajuste estructural impuestos por un Norte neoimperialista a un Sur empobrecido?

Los vínculos, las conexiones, las intersecciones que se establecen analizando el mundo social tomando el cuidado como punto de partida son múltiples y complejos. Nos recuerdan, una vez más, que la rigidez con la que establecemos los límites entre nuestra vida privada y la pública, aunque aparentemente natural, no es más que una falacia. Nos recuerdan que lo personal, lo afectivo, la intimidad, la soledad… son política también.

Ha valido la pena

candido

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Atrás empiezan a quedar meses de trabajo duro para recoger miles de firmas, para elaborar un programa, para diseñar una campaña electoral y llevarla a cabo. Hoy, 8 de junio, estamos un poco más lejos del inicio del viaje que nos llevó a hacer docenas de actos en todos los rincones del estado, a hablar con cientos de personas sobre la necesidad de una nueva izquierda, a obtener 25.000 votos en las primeras elecciones a las que nos presentamos, a darlo todo para estar a la altura.

 

Y no puedo evitar sentir cierta nostalgia por la ilusión compartida, por la sensación de dirección, por la certeza de estar en el buen camino. Siento satisfacción por todo lo conseguido, pero también cierto vacío y algo parecido al vértigo. Llegó la hora de la verdad que de hecho nunca fue saber los votos obtenidos sino más bien el hacer nuestra lectura y nuestro balance. Balance de cara a fuera y de cara adentro. Y cuando digo adentro no me refiero únicamente a los confines de nuestra organización sino también con nosotros mismos.

Respecto al balance hacia fuera, imagino que todxs estaremos de acuerdo en que estas elecciones las ha ganado la abstención y, de rebote, la derecha neoliberal y la ultraderecha. El conjuro zapaterista de la ambigüedad y las palabras huecas parecen empezar a tocar techo y, como muchos llevamos tiempo previendo, la ausencia de una Izquierda fuerte y creíble ha hecho que mucha gente se quede en casa o encuentre respuestas en discursos demagógicos y xenófobos. Todo ello, combinado con una gran falta de comprensión del papel que la Unión Europea tiene en nuestras vidas, ha impedido que las trabajadoras y los trabajadores, las y los inmigrantes, las mujeres, las personas mayores, los gays, las lesbianas, los trans, y en definitiva todas las personas que sufren algún tipo de explotación, opresión y/o discriminación, acudieran de forma masiva a las urnas para gritar por escrito ¡basta ya! Aunque nosotrxs, desde IA, aspiramos a ser el cortejo, la papeleta, la opción que articule toda esa rabia, somos conscientes de que aún somos demasiado “jóvenes” y pequeños. Sin embargo, el trabajo de estos meses, que culminó ayer, ha abierto una buena brecha en esa dirección, y en ese sentido hay que ser, aunque humildes y pacientes, optimistas.

El balance como organización va en esa línea. Siempre tuvimos claro que estas elecciones nos habían de servir como plataforma o altavoz para plantear un diálogo y un debate sobre la naturaleza de la crisis y sus efectos en todxs nosotrxs. En este sentido, hemos aprovechado la recogida de firmas y la campaña electoral como mecanismos para llegar a gente a la que normalmente no llegamos y plantearles la necesidad, y la urgencia, de empezar a levantar una alternativa política anticapitalista, antipatriarcal y ecologista que sea combativa, que sea irreverente y que sea rupturista. La creación de decenas de comités de apoyos, la implicación de centenares de personas en nuestra iniciativa, personas que esperamos que una vez pasadas las elecciones se queden cerca, y las redes y relaciones que hemos ido tejiendo, corroboran todas ellas que realmente hemos cumplido nuestro objetivo, el de verdad, y que nos encaramos a la siguiente etapa con más manos, con más voces, con más fuerza.

Con todo eso me quedo esta noche. Noche en la que, tras semanas de falta de sueño, de cansancio crónico, de apuesta incondicional, nos quedamos a solas sintiendo cierto miedo. Miedo porque es en este momento en el que nos preguntamos si realmente ha valido la pena: los viajes, las ausencias, los horarios frenéticos, las comidas desordenadas, el forzar la máquina, los malos humores, las noches en vela, la falta de tiempo para la familia, para lxs amigxs, para nosotros mismos… Y los 25.243 votos son sólo una fracción de la respuesta.

Mientras me miro en el espejo leo en mis propios labios que ha valido la pena porque desde ayer, aunque de manera diminuta, nuestro sueño ya aparece en el mapa de lo posible. Ha valido la pena porque hoy hay más gente que hace seis meses que reivindica el derecho a imaginar. Ha valido la pena porque hemos hecho oír nuestras voces y eso siempre anima a seguir alzándolas. Ha valido la pena porque ha sido un proceso de aprendizaje increíble que hará que la próxima vez lo hagamos un poquito mejor. Ha valido la pena porque algo aprenderemos de nuestros errores, de nuestras debilidades y de nuestros aciertos. Ha valido la pena porque hoy finalmente dejamos de preguntarnos qué hubiera pasado si no hubiéramos saltado al vacío, ya que finalmente hemos aterrizado, y el suelo está duro pero seguimos de pie y nos sentimos más fuertes. Ha valido la pena porque hoy, más que nunca, seguimos apostando por denunciar día tras día un sistema que sobrevive a costa de crear muerte: la de las personas, la del planeta, la de la imaginación. Apostamos con más fuerza por denunciarlo y combatirlo y por acercar nuestra denuncia y nuestro combate a las personas que nos rodean: a sus sueños y deseos frustrados, a su dolor, a su soledad, a su esperanza.

Por supuesto que ha valido la pena. Y es por ello que desde la humildad, desde la pasión, desde la ambición, desde la sensatez, seguiremos combatiendo. Hoy nos toca hacer (una merecida) cura de sueño, pero mañana, como alguien dijo hace poco, seguiremos intentando articular la rabia; y conjurar el desencanto. Desde abajo y a la izquierda.